Daniel Spoel

Estrategia de Lisboa y Tratado constitucional

Daniel Spoel es uno de los principales impulsores del Foro Permanente de la Sociedad Civil Europea. El artículo ha sido traducido para Iniciativa Socialista por Margarita Díaz, con autorización del autor. Publicado en Iniciativa Socialista nº 75, primavera 2005

Me sorprende el acento puesto por la Comisión Barroso sobre la competitividad. Para ésta, la estrategia del crecimiento es el problema central, uno de los pilares de Lisboa, pero no el único. Por el momento, nos preguntamos dónde se encuentran las estrategias para el desarrollo sostenible y la cohesión social. Es indispensable preocuparse de las tres estrategias para resolver los grandes problemas, urgente, por haber sido descuidados desde hace uno o dos decenios en la Europa de los 15, y no creemos que se resuelvan en una de 25 si se carece de estrategias o si éstas están desequilibradas, que es lo que ocurre tal y como se presentan en la Comisión Barroso. Los gobiernos de los países más antiguos de la Unión son conscientes de la falta de ambición de la Comisión. María Joao Rodrigues declaró, durante un coloquio el 15 de febrero de 2005, que la estrategia de Lisboa se había desviado, instrumentalizado. También es éste mi análisis; ella fue la precursora, yo sólo soy un observador.

Una de las cuestiones fundamentales es la circulación de la información de abajo a arriba y de arriba abajo y la participación de todos los niveles, incluyendo a la Comisión, los Estados, las regiones, los poderes locales, los municipios de forma acorde a su tamaño, los interlocutores sociales, pero no sólo ellos; también los ciudadanos a través de sus asociaciones más o menos organizadas, sin olvidar que éstos no son sólo consumidores, sino, en primer lugar, “seres con deseos”. Cuanto más nos alejamos de la base y más nos acercamos a las esferas tecnocrático-políticas, menos son tomadas en cuentas las “estrategias del deseo” (volveré sobre esto). Utilizo con intención manifiesta el término técnico-político porque el funcionamiento de la Unión es todavía técnico-político. Grande es la confusión entre el orden de las cosas, y la esfera técnico-política mantiene estas confusiones para manipular a las opiniones públicas.
Esta confusión reside entre lo que pertenece al orden de la ciencia y de la técnica (sin querer entrar en el debate sobre la diferencia entre ciencia y técnica) y el orden de las reglas y de las decisiones políticas, que concierne al político y al ciudadano. La presentación actual de la estrategia de Lisboa pretende dotarse de un barniz de progreso científico y técnico, como si ese “progreso” debiera imponerse contra cualquier otra consideración. Sin embargo, existen consideraciones morales y también exigencias éticas en la forma en que ha sido inscrita la construcción europea desde hace varios decenios y debe continuarse con el mismo tipo de preocupaciones.

Ni la ciencia, ni la técnica, ni la política, corresponden al orden de la moral y aún menos al orden de la ética.
La ciencia no es moral, la técnica todavía menos; la ciencia económica y las técnicas económicas utilizadas por el poder menos aún (por el capitalismo en particular, y por los otros sistemas también) y la política no es intrínsecamente moral. La ciencia está sola en su universo, la técnica también. Ésta debe ejercer su espíritu crítico y buscar la verdad científica del momento, teniendo en cuenta el estado de los conocimientos.
El objetivo del político es ser elegido (y eventualmente reelegido) y representar a los ciudadanos; no tiene ni tiempo ni ganas de ocuparse de cuestiones científicas y técnicas. El político puede consultar a los especialistas, debe cuidarse de las presiones de los lobbys y de la defensa de intereses particulares, y escuchar a la sociedad civil. Él decide en última instancia, en principio, en función del interés general. La política está en su universo de espectáculo y de puesta en escena en sus relaciones con los medios de comunicación, pero, no obstante, encara otro tipo de incertidumbres diferentes de las de la ciencia. Debería poder distinguir entre tres tipos de incertidumbres: la incertidumbre sobre la verdad, la incertidumbre semántica y la incertidumbre ontológica. Ésta última es particularmente importante en los procesos de innovación, precisamente lo que está en cuestión en la estrategia de Lisboa.
La incertidumbre ontológica tiene implicaciones en los procesos de innovación y en todas las organizaciones de la sociedad, a tres niveles:
- la narración de la acción a llevar a cabo y sus consecuencias previstas, narración hecha por los actores individuales y colectivos (económicos y otros),
- las relaciones generadoras de la acción a nivel medio, resultante de la interacción entre agentes, todos los agentes desde el ámbito local hasta el ámbito comunitario;
- las estructuras en red a nivel macro en los sistemas de mercado, en las infraestructuras, en las redes de distribución y de comunicación.
El trabajo técnico-político no es simple, pero los actores están retribuidos financieramente así como por el reconocimiento de sus cualidades para ejercer su función en total independencia ideológica y en total independencia en relación a los grupos de interés particular. Volveremos sobre esto.
La moral no tiene nada que ver con la política, aunque eso no impide a los políticos tenerla. La moral forma parte del orden privado, principalmente individual, en ocasiones al restringido grupo familiar. Pero para los individuos, que quieren ajustarse a una moral en función de sus propios criterios, se trata, sobre todo, de encontrar su propio equilibrio en función de su estrategia del deseo que les propone opciones que, a menudo, están en oposición unas con otras. Al individuo corresponde elegir en la medida de sus posibilidades. El individuo está frente a sí mismo, con su moral y con los vínculos sociales que sea capaz de construir a partir de su educación. Todos los sistemas educativos funcionan mal, no llegan a trascender la modernidad. Es uno de los desafíos de la sociedad europea para llevar a cabo la estrategia de Lisboa.
Bajo todo esto se encuentra la ética, que es del orden del universal humano o debería serlo; la ética absoluta del amor y de la participación en la condición común, reglas comunes de existencia, del nacimiento y de la muerte, inesquivables y que debieran posibilitar a los humanos reglas comunes de empatía a partir de su condición común. Obligado es constatar que las religiones, las religiones monoteístas incluidas, no han logrado desarrollar, tampoco ente ellas, esta empatía absolutamente necesaria para una vida común en un espacio limitado pero extendido a la superficie de la tierra.

Las concepciones de este espacio limitado, y, por lo tanto, del medio en el que vivimos, han evolucionado a lo largo de los siglos.
La humanidad ha pasado, en función de su ciencia y de su representación del universo, de un universo limitado a un pueblo, a una tribu, a un universo plano, después a la  redondez de la Tierra, y luego a la ínfima presencia de la Tierra en un espacio interestelar infinito. Sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX se ha ido instalando la representación de una vida humana, animal y vegetal sobre la Tierra inmersa en el fluido indispensable: el aire que respiramos. Cuando hemos tomado consciencia de que los peces y mamíferos u otros seres vivos en el medio marino o acuático tenían necesidad de su medio para subsistir, han sido necesarios los satélites y los viajes a la órbita terrestre para que el ser humano tomara distancia en relación a sus representaciones anteriores y relativizara de nuevo su condición y la representación de lo que es para tomar consciencia de que es como el pez y que el fluido que le rodea es importante. En síntesis: Kyoto.
Sin embargo, la esfera político-científico-técnico-política (sobre todo económica) no siempre ha comprendido las consecuencias de lo que está en juego o finge hacerlo: la técnica es débil, la política todavía más (y corruptible), no queda más que la fuerza de la ciudadanía y de la sociedad civil participativa.
La sociedad de deseos debe rechazar las opciones propuestas, como el Trade-off, como bien ha señalado Maria Joao Rodrigues. No hay que elegir entre el empleo y la protección social, ni entre el crecimiento y el paro, ni entre la buena gobernanza y el diálogo y el consenso. Europa es, precisamente, ese espacio donde los humanos ya rechazaron elegir entre la guerra y la paz. La paz es la regla. Han elegido entre la violencia y la negociación alrededor de un tapete verde, y es la negociación la que ha salido plebiscitada. Han elegido entre la unicidad y la diversidad, y es la diversidad la que ha sido elegida y, por lo tanto, también el respeto al otro.

¿Qué es lo que puede crear la unidad en la diversidad sino la empatía resultante de una condición común? Me gustaría volver ampliamente sobre esta condición común que es la vida, el nacimiento y la muerte, la exposición a lo aleatorio y al riesgo, riesgo que puede ser moderado por los comportamientos individuales y sociales. Todos estos riesgos se extienden cada vez más al conjunto del mundo. De nada sirve acusar a la mundialización, la mundialización existe porque la Tierra es nuestro universo común sobre el cual compartimos nuestro destino común en total interdependencia.
Parecería que sufriéramos y que nos alegráramos al mismo tiempo, lo que en sí es una dimensión esencial de nuestra existencia (si no la dimensión esencial) y de las contradicciones ante las que nos sitúa. Sí, el ser humano es un ser en sufrimiento, las religiones comprendieron bien esta dimensión, pero cuando en sus prácticas seculares lo olvidaron fueron siempre sancionadas por la historia y por las guerras (de religión u otras); la humanidad “sabe” cuándo es maltratada y se venga violentamente. Pero, paradójicamente, la humanidad “no sabe” cómo no maltratarse, porque no se trata de “ser maltratada” sino de “maltratarse” y antes que nada a título individual.
Es importante, pues, reflexionar en el origen del maltrato y de las violencias para comprender las violencias actuales, no utilizando funciones instrumentales como el Islam o el capitalismo como víctimas propiciatorias, sino retomando los valores ligados a la condición humana. Lo veremos con más claridad.
Pero independientemente del sufrimiento, que es una dimensión ineludible, teniendo en cuenta los múltiples impulsos de nuestra estructura deseante, ¿no es precisamente esta templanza relativa lo que constituye la belleza de un disfrute más largo y más creativo de nuestra condición?
Volvamos a la ontología para intentar reflexionar sobre la hominicencia [NT: traducimos así el neologismo hominescence introducido en el idioma francés por Michel Serres para designar el proceso de emergencia de un nuevo tipo de ser humano con un nuevo control sobre su propia evolución].
A escala del tiempo y de la evolución, el hombre llegó a pre-hombre cuando abandonó su condición animal. Para algunos, el crecimiento del cráneo, el nacimiento y desarrollo del neocortex, la hipertrofia del cerebro, produjeron en el pre-homínido el nacimiento prematuro (la neotenia) y una inmadurez animal crónica. Podría considerarse que el ser humano es una criatura que fracasó en su ser-animal y en su permanecer-animal. El nacimiento prematuro le ha precipitado demasiado pronto fuera del medio fetal para expulsarlo al entorno y venir-al-mundo. Ha creído y cree todavía que porque ha venido-al-mundo ha recibido el mundo en herencia y puede conquistarlo y dominarlo. Esta violencia de antes de ser-animal acabado y la violencia que el entorno hostil ejerce sobre él, le fuerzan a volverla contra el mundo, a menudo contra su especie biológica (los otros seres humanos), inconscientemente contra su propio ser y a veces incluso conscientemente contra él mismo cuando las tensiones se vuelven insoportables: cuando la pulsión de muerte (tánatos) puede más que la pulsión de vida (éros).Solamente el lenguaje, la educación, la cultura son capaces de construir el equilibrio entre inhibición y deshinibición. Los valores inhibidores de la paz querida y construida acaban con la barbarie. Las prohibiciones y las reglas son al mismo tiempo los valores inhibidores del respeto de la alteridad y los valores deshinibidores que garantizan la libertad.

En una sociedad post-moderna hay quien cree todavía que los valores del siglo XIX, el humanismo y la democracia fundada sobre el Estado nacional, pueden dar respuesta a la necesidad de construir el equilibrio entre la inhibición y la deshinibición del estado central fluctuante de lo humano. Se equivocan. Esta sociedad post-moderna no llegará a canalizar la violencia antropocéntrica si no cambia de paradigma. Y la nueva tentativa de dominar el mundo adornándose de democracia y de humanismo, el americanismo, tal y como es practicado por la administración de Georges W. Bush (y que empapa profundamente a la sociedad estadounidense) no es más que una tercera tentativa de la que se debería prescindir. En efecto, después del bolchevismo y del fascismo, esta nueva tentativa de conducir el mundo sobre una base desinhibidora de la guerra produce violencia inútil e injustificada, mientras que sólo la paz querida y construida constituye el valor inhibidor del que tiene necesidad imperiosa la humanidad, consciente de su esencia ontológica.
El fascismo exponía de forma abierta su desprecio por la paz y la educación libre, soñaba con  hacer la síntesis entre el humanismo y la bestialidad, síntesis imposible dada su paradoja. El bolchevismo (también el maoísmo y los Jémeres rojos) clamaba su odio por la burguesía y sus valores humanistas y ensalzaba la dictadura del proletariado (en realidad la dictadura de la nomenclatura) y el materialismo, otra forma de síntesis entre la bestialidad y un pseudovalor universal de la humanidad llamada en otro tiempo (a veces todavía hoy) “internacionalismo”.
La barbarie de una sociedad se mide también por la forma en la que organiza a sus medios de masas: la América de la imagen televisiva y cinematográfica pone en escena la violencia cotidianamente. La bestialidad y su representación fascinan a una parte de la humanidad poco educada. Hollywood  ha abierto la vía, y la producción americana de series de TV ha hecho adeptos en todas partes del mundo. Los humanos bajo su influencia han vuelto a ser animales, asedian las escuelas y las calles de las ciudades, incluso en Europa. Para el poder, representan la doble ventaja de crear inseguridad y permitir, bajo la excusa de la lucha contra ella, el control intensivo de toda la sociedad.
El americanismo, que Daniel Cohn-Bendit, con su sentido de las fórmulas llama “el nuevo bolchevismo”, expone su derecho a utilizar la violencia preventiva de Estado para proponer una síntesis entre el humanismo y el logro personal basado en la sociedad de mercado; extraña mezcla entre la violencia institucional y colectiva de una super-potencia dominada por su lobby militar-industrial y la violencia social autorizada por la violencia individual contra la alteridad, en nombre de la eficacia de la tecnología y de la economía de mercado. Y todo esto en nombre de “la lucha del Bien contra el Mal”, de una voz que Georges W. Bush escucharía venir “de detrás de las estrellas”.
Afortunadamente todos los americanos no practican el americanismo primario. Jeremy Rifkin, por el contrario, defiende que el sueño europeo es portador de más esperanza para la humanidad que el sueño americano.
Jeremy Rifkin, por mucho que sea estadounidense de nacimiento y de educación, nos dice que la Unión Europea construye “otra ciudadanía” (diferente de la ciudadanía estadounidense) basada sobre la cualidad de la relación (respeto de la alteridad más allá de los Estados-nación), la diversidad de las opciones, la calidad de la vida (respeto a sí mismo y al medio ambiente), el sueño colectivo de poder y querer construir una “consciencia global” basada en objetivos, valores y derechos fundamentales. En resumen, todo lo que se prevé en el tratado constitucional y que significa el inicio de una consciencia humana de carácter universal, fundada en el conocimiento, la ciudadanía (el vínculo social) y el desarrollo sostenible. Todo el problema reside pues en el terreno cubierto por el conocimiento y por los equilibrios entre las libertades, sobre todo la del mercado, la cuestión social y el respeto al medio ambiente.
El conocimiento debe entenderse de una forma amplia y tener en cuenta la condición ontológica de la humanidad así como la espistemología.

Tememos, sin embargo, que la Comisión Barroso haya extraviado la estrategia de Lisboa, reduciendo el terreno cubierto por el conocimiento a causa de su interpretación puramente instrumental de la sociedad del conocimiento. Corresponde a la sociedad civil, solamente a ella, volver a encarrilar a la Comisión.
Por efecto de las dos guerras mundiales (dos guerras civiles europeas que el humanismo no pudo evitar), la sociedad europea tiene consciencia de la desgracia y del sufrimiento, duda de una cierta visión del progreso, no quiere la hegemonía y ha adquirido el sentido de la fragilidad de su condición y de las cosas… y eso, en lo sucesivo, puede hacerla capaz de redefinir las relaciones entre el presente y el futuro y construir un futuro transmoderno y transhumanista para una Europa basada en una Utopía que poseería el sentido de lo trágico, de la relatividad, de la diversidad, de la sociabilidad y de culturas indispensables para la construcción de seres humanos, mediante la inhibición y la deshinibición, factores de control del estado central fluctuante de estos seres-de-deseos.
En relación a esto, Jeremy Rifkin dice lo que sabemos o deberíamos saber:
- que somos todos vulnerables,
- que somos diversos y únicos, equivalentes el uno y la una al otro a falta de ser perfectamente iguales en esta diversidad,
- que nuestra ciudadanía necesita un espacio público global para expresarnos,
- y que el “pegamento” que nos une o nos agrupa es la empatía resultante del conocimiento de nuestra idéntica condición humana: la hominiscencia.
Efectivamente, en primer lugar, somos hombres y mujeres que pueden soñar con una sociedad europea, no idealizada o ideal, sino hombres y mujeres que creen que la sociedad es transformable, que son capaces de cambiarla.
En el fondo, estos hombres y estas mujeres deben querer su emancipación. Tienen acceso a los derechos fundamentales que se definen en el tratado constitucional. No deben confundir las políticas nacionales o supra-nacionales llevadas a cabo todavía sobre la base de las soberanías (por no decir egoísmos) nacionales con las políticas posibles que superen el marco de las fronteras. Es su responsabilidad y su deber de ciudadano europeo superar la ciudadanía nacional, que se ha desarrollado sobre la base del humanismo, de compartir valores y lengua y de una cultura en un marco nacional, para avanzar hacia una ciudadanía de la diversidad y del multiculturalismo (que la nación no puede integrar) y valorar el universalismo embrionario en el proyecto-sueño europeo.

20 febrero 2005



El Foro permanente de la sociedad civil europea

El Foro tiene como objetivos la producción y comunicación de información, la constitución de un espacio de encuentros y convergencias,  y la promoción  y desarrollo de acciones de todo tipo dirigidas a hacer realidad:
- una ciudadanía europea activa;
- una nueva forma de gobernanza favorecedora de mejores sinergias entre las instituciones europeas y la sociedad civil;
- una democracia europea representativa, participativa y paritaria, respetuosa del principio de subsidiaridad.

El Foro alienta la participación activa, a través de sus asociaciones, de las mujeres y los hombres de Europa en la construcción de una Unión Europea fundada en los valores constitucionales compartidos de paz, democracia, respeto de la persona humana, igualdad entre mujeres y hombres, solidaridad y reconocimiento mutuo de las diversidades culturales, preparándose así para afrontar los desafíos del siglo XXI.
El Foro contribuye a la coordinación a escala europea de las acciones locales de la sociedad civil organizada. Se compromete a reforzar la presencia de la sociedad civil en los países de Europa central y oriental, así como en el Mediterráneo.

El Foro definió en septiembre de 2004 su estrategia para los próximos años, muy en particular aquello que defenderá en el seno del grupo de enlace en el seno del Comité Económico y Social europeo. En efecto, el Foro ha sido designado con otras asociaciones para formar parte de este grupo de enlace con la sociedad civil europea y ayudar a la instauración de la democracia participativa, tal y como está prevista en el Tratado constitucional. Las contribuciones que el Foro puede aportar se articulan en torno a cuatro ejes:
- la participación en la campaña de ratificación del proyecto del Tratado constitucional;
- la elaboración de un proyecto de ley marco relativa a la aplicación del principio de democracia participativa tal y como está definida en el artículo 47 de dicho tratado;
- la organización de debates orientados a precisar el contenido de la ciudadanía europea,  proponiendo una reflexión sobre las raíces de la civilización y de la sociedad europea, y a reforzar la identidad europea en el futuro;
- la preparación de un contrato para una sociedad de bienestar a partir de los objetivos de la UE previstos en el artículo 3.1 del proyecto de Tratado constitucional, que dispone que “La Unión tiene como finalidad promover la paz, sus valores y el bienestar de sus pueblos”.