¿Será humana
la
"economía del ser humano"?
Roger Sue
Transversales Science Culture 2002/003
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
Roger Sue, profesor en la facultad de
ciencias humanas y sociales de la Universidad de París V-Sorbonne,
autor de numerosos libros, entre ellos Renuer le lien social (Odile Jacob,
2001).
Lentamente, pero con seguridad, el centro
de gravedad de la economía se desplaza hacia la producción de
capital humano, o, más exactamente, hacia lo que me parece más
justo llamar la “producción del individuo”. Con el capital humano,
el individuo permanece como un factor de producción medido por el rasero
de sus logros en el trabajo. En la “producción del individuo” que
se propone, éste pasa a ser el objeto de la producción, ya
sea su salud, ver la genética, su formación, su información,
sus competencias de toda naturaleza (técnicas, personales o relacionales)
o su medio ambiente. Aquí se produce un salto cualitativo mayor en
el que el individuo pasa a ser tanto el producto como el productor y en donde
el peso creciente de los gastos en salud, formación, información
y ahora en medio ambiente nos da una medida aproximada (1). No solamente esta
“economía del hombre” se ha convertido en un sector completo, en plena
expansión, definiendo una especie de sector cuaternario, sino que
condiciona el nivel de resultados y de productividad de la economía
en su conjunto. Economía en la economía, tiende a convertirse
en la economía de la economía, es decir, la principal fuente
de la riqueza. La economía mixta clásica, que sólo conoce
el Estado y el mercado, no aporta respuestas satisfactorias a esta transformación
de la naturaleza de la producción. Lo que, para muchos, explica la
crisis persistente del régimen de crecimiento capitalista y agrupa
la diversidad lógica de la actividad humana hacia este sector. Efectivamente,
el Estado y los servicios públicos -a los que incumbía principalmente
esta economía social- no pueden ni financiera, ni humana, ni técnicamente
responder a la presión de una demanda social exponencial en formación,
en salud, en servicios sociales, además de bienestar, de relaciones
sociales, etc.
¿Puede producirse una economía
existencial del mismo modo que los bienes materiales?
Nadie sueña en serio en aumentar fuertemente la presión fiscal
o el número de funcionarios, si esa fuera la respuesta adecuada. De
ahí la tendencia que parece hoy irresistible hacia la desreglamentación,
la desregulación, la transferencia al mercado y la privatización
de los servicios públicos, como testimonian las constantes orientaciones
de la OMC o la línea seguida por el actual gobierno. Y si ésta
es la tendencia dominante, hay que delimitar sus límites y consecuencias,
yendo más allá de las opciones ideológicas adoptadas.
La cuestión ética impone un primer límite. ¿Se
puede producir una economía existencial de la misma forma que se producen
los bienes materiales? En otras palabras, ¿se puede mercantilizar,
no ya el trabajo humano, sino lo humano en sí mismo? Esta pregunta,
que podría parecer abstracta, ha impactado recientemente sobre la opinión
pública con el progreso de la genética y el desarrollo de las
biotecnologías. La “producción del individuo” ha tomado así
todo su sentido; su sentido literal de manipulación genética
y de valoración de la vida en sí misma. La apropiación
de los datos de los seres vivos para fines mercantiles supone un mayor riesgo
para la humanidad si se deja libertad absoluta a las fuerzas del mercado.
La orientación del gasto en salud, la calidad de la atención
y su accesibilidad para todos plantea el mismo tipo de problema. Ocurre lo
mismo con la educación, con la formación del juicio, de los
valores y de las competencias que responden de la producción intelectual
y moral del individuo. En esta deriva, la sensibilidad de la opinión
pública mundial hacia los “bienes públicos fundamentales”, sobre
todo alrededor del tema del desarrollo sostenible, es decir, de las condiciones
que lo hacen posible, renovable y aceptable, gana terreno y manifiesta una
resistencia que ni los gobiernos ni los mercados pueden dejar de ignorar.
En consecuencia, cada vez son más las multinacionales que comienzan
a entender que “el ser humano no es una mercancía” y buscan acuerdos
de cooperación y de financiación de estos bienes públicos,
incluso aunque, más allá de las declaraciones de intenciones,
en la reciente cumbre de Johanesburgo estuviesen ausentes las propuestas concretas.
Y lo entienden porque, más allá de la ética y de las
resistencias sociales al imperialismo de los mercados, los “bienes públicos”
como la salud o la educación no son necesariamente mercados rentables.
Entre ocupar un nicho rentable como las tecnologías educativas (Vivendi)
y apoderarse del mercado de la educación, que supone conocimientos
e inversiones considerables de las que hoy pueden beneficiarse a menor costo,
hay un paso de gigante que las empresas no están claramente interesadas
en franquear. Si bien estos mercados no son inmediatamente rentables por
ellos mismos (aunque suponen un acceso para todos, la individualización
de las capacidades, la libre innovación, la creación del vínculo
sociale etc.), su desarrollo es más que nunca indispensable para las
empresas inmersas en una economía inmaterial del saber y de la inteligencia
(2). Los acuerdos de cooperación y de redistribución de la riqueza
en aquellos ámbitos capaces de producir “humanamente” un individuo
libre, competente y creativo, son, por tanto, acordes a los intereses de las
empresas, si éstos son bien entendidos.
La economía social asociativa no
es una economía subsidiaria
Frente a este doble impasse del Estado y del mercado en la “producción
del individuo”, hay que promover un modo de desarrollo alternativo y tomar
en cuenta a las asociaciones que se ocupan de ello desde siempre y cuyo gran
esfuerzo es conocido. Pero no es suficiente decir que las asociaciones, por
sus acciones masivas por la sanidad, la educación, la organización
social o el medioambiente, merecen ser más reconocidas y ayudadas.
Este discurso ritual sobre el lugar y la importancia de las asociaciones,
seguido de pocos efectos, no convence a nadie y no está a la altura
de las circunstancias. Hay que cambiar de marcha y tomar conciencia de que
la economía social asociativa no es una economía subsidiaria
destinada a satisfacer las carencias de la economía pública
o privada, sino una economía original cuyo funcionamiento está
particularmente adaptado a la “producción del individuo”.
En la formación del individuo, por ejemplo, parece bastante evidente
que las condiciones del triunfo pasan por la calidad del intercambio, la individualización,
la implicación personal, el reconocimiento de los saberes de cada
uno, la capacidad de ser actor de su propia formación, la definición
negociada de los objetivos, etc. ¿Quién diría lo contrario?
¿Pero qué estructura, qué tipo de organización
puede realmente llevar a cabo un programa así? ¿La escuela?
No, no cumple, generalmente, ninguna de estas condiciones, excepto algunos
establecimientos experimentales, sobre todo destinados a los niños
ya privilegiados, que tienen, precisamente, un funcionamiento asociativo
aunque se encuentran confinados en los márgenes del sistema. La economía
del individuo implica sus propias condiciones de producción, y es
probable que las asociaciones serán a la producción del individuo
lo que el Estado ha podido ser a la cuestión social en el siglo XIX
(3).
No se trata de remplazar una economía por otra, ni de alabar las
virtudes de una economía social asociativa que no está exenta
de críticas y que debe alzarse a la altura de sus nuevas responsabilidades,
sino de reconsiderar su lugar en vista de la transformación de la
naturaleza de la producción. Cuanto más decisiva se haga la
producción del individuo y de sus diferentes formas de capital (formación,
salud, relaciones...) en el resultado económico global, la economía
social asociativa tomará mayor importancia en el modo de producción
global. No entender aún esto conduce a dejar baldío un potencial
humano considerable y conservar un nivel de paro, de subempleo y de precariedad
insoportable, vista la amplitud de las necesidades no cubiertas en este sector.
Si el incremento de la economía asociativa en el seno de una economía
global permite reequilibrar una economía necesariamente plural y liberar
fuerzas productivas ignoradas, igualmente puede influir sobre su funcionamiento.
Por eso, numerosas empresas acuden a las asociaciones para estimular el potencial
humano de sus asalariados y también para importar los valores del asociacionismo-
el “espíritu de asociación”, diría Tocqueville- al interior
de las empresas (4). Valores como la autonomía, la capacidad de iniciativa,
la creatividad, la responsabilidad, la polivalencia y, por supuesto, el sentido
de la relación social y de la cooperación han pasado a ser
indispensables para las empresas en donde la “plusvalía” humana marca
la diferencia. Más allá de la economía asociativa, lo
que comienza a difundirse en el interior de las estructuras de producción
son los lazos asociativos. Lo que plantea de una forma diferente las
cuestiones de la jerarquía y las diferencias salariales, además
de las del poder en las empresas, del accionariado asalariado y, finalmente,
de la relación entre el trabajo y el capital (siendo hoy el capital
humano un componente mayor).
El cerco progresivo de los mercados
Un nuevo modo de regulación se está poniendo de manifiesto.
En la medida en que los Estados no tienen los mismos medios para ceñir
los mercados mundializados que, a falta de regulación, pueden autodestruirse
(burbuja financiera, pobreza, etc...), es necesario que los individuos y las
organizaciones locales, nacionales o transnacionales que los representan (asociaciones,
movimientos ciudadanos, sindicatos...) se impliquen. Tal es el caso de grandes
multinacionales como Monsanto o Ford que han tenido que recular frente a
las presiones de estas organizaciones, cuyo funcionamiento en red multiplica
sus fuerzas. Esta nueva regulación de los mercados no es imposible
si se toma en cuenta el “cerco” progresivo de los mercados en todas las dimensiones.
La producción del individuo en el seno de asociaciones es implícitamente
portadora de ciudadanía, de valores democráticos, ecológicos,
de información sobre el consumo, etc., lo que representa, desde el
principio, una salvaguardia contra los desbordamientos o la locura de los
mercados. La participación creciente de los jóvenes en las asociaciones,
la creación de sus propias “asociaciones juveniles”, la constatación
de su protagonismo en los cursos escolares y universitarios anuncian una
buena dirección. Este espíritu, así como la cooperación
sostenida entre asociaciones y empresas, incide en el interior de estas últimas.
Con mayor o menor agrado, las empresas tienen forzosamente que integrar a
los “trabajadores intelectuales” en la definición de sus objetivos
y adoptar normas sociales y éticas si quieren asegurarse la implicación
real de sus asalariados y dar una imagen positiva tanto en el interior como
en el exterior, sobre todo a las agencias de evaluación. Toda la corriente
sobre la inversión ética y la publicación de balances
sociales y societarios traduce esta tendencia, todavía balbuciente,
pero real (5).
Por otro lado, la regulación puede también efectuarse como
aval del proceso de producción mediante el papel cada vez más
claramente afirmado de las asociaciones de consumidores, que tienden a convertirse,
más que en censores, en agentes económicos plenos. Es un hecho
significativo que haya empresas que quieren asegurarse la colaboración
de estas asociaciones o, al menos, su neutralidad, antes de lanzar un nuevo
producto. A las empresas les mueve un doble interés: ante la pérdida
de consumidores o el fracaso de las técnicas de marketing, cada vez
menos capaces de hacer predicciones acertadas, estas asociaciones representan
una especie de gran test extremadamente útil antes de la salida al
mercado; por otra parte, no ha quedado desmentido el éxito de los productos
“con marca”, sea esta marca “verde” o “humanitaria”, sobre todo cuando grandes
empresas de distribución deciden asociarse activamente a campañas
del tipo “ética en la etiqueta” llevadas a cabo por iniciativa de
asociaciones y sindicatos. He ahí el inicio de un control del sistema
productivo por los consumidores-actores.
Esta forma de regulación se encuentra, naturalmente, en fase embrionaria.
Define más un camino y un horizonte que la realidad del momento. Por
tanto, arrastrar este tipo de círculo virtuoso a los mercados no tiene
nada de utópico cuando su propio futuro depende, en gran medida, de
la calidad de la “producción del individuo”, inscrita en la lógica
de la evolución de la economía. Es estéril oponer, como
se hace sin cesar, lo social a lo económico, cuando lo social ha pasado
a ser la principal fuente económica. Al contrario, vivimos un periodo
crítico donde al fin es posible “reencajar” la economía en la
sociedad, ya que se trata fundamentalmente de desarrollar una economía
del ser humano y de su entorno. Todavía los obstáculos son numerosos,
y el primero reside en las mentalidades y en la concepción restrictiva
y superada de una economía material basada únicamente en el
mercado y en la producción de signos monetarios. Esto oculta la contribución
de otras formas tipo de producción -vistas como costes y no como recursos-
y bloquea su desarrollo. La economía dominante ha pasado a ser una
“ciencia” inmutable, fosilizada, incapaz de reflexionar y, sobre todo, de
reflexionar sobre ella misma a lo largo de la historia.
El segundo obstáculo se basa en las situaciones de poder de aquellos
que, para preservar sus posiciones, sólo saben hablar de crecimiento
y perpetúan, de hecho, una forma moderna de subdesarrollo. Tampoco
hay que minimizar el obstáculo que compete a la economía social
asociativa. Las asociaciones están muy lejos aún de agrupar
a todos aquellos que tienen una opinión favorable sobre ellas y se
dicen dispuestos a apoyar sus acciones: más de ocho franceses sobre
diez, mientras que la adhesión asociativa está limitada a cerca
del 50% de la población. Tardan en unirse, sobre todo entre asociaciones
contestatarias y asociaciones de gestión, para crear “movimiento”.
Permanecen bajo la tutela de los poderes públicos y bajo su dependencia
financiera. El año 2001, que marca el centenario de la ley de 1901,
ha permitido registrar algunos avances sobre la fiscalidad, el papel de la
coordinación en la coordinaciones asociativas (CPCA) (6) o con la firma
de una carta de compromisos recíprocos con el Estado. Pero el sector
asociativo no constituye todavía ese actor principal que espera la
sociedad civil, sobre todo para responder al salto cualitativo de una economía
centrada sobre la “producción del individuo”.
Progresar en cuanto a estatutos y financiaciones
Por esto, habría que avanzar rápidamente sobre dos asuntos
esenciales: los estatutos y la financiación. El lugar del estatuto
es doble: se trata, por un lado, de las organizaciones y, por otro, de sus
participantes regulares. Las organizaciones abiertas que se reclaman de interés
general deben poder beneficiarse de un estatuto de utilidad económica
y social basado en el respeto de criterios precisos, otorgado por una instancia
autónoma, que les confiera una serie de deberes hacia las colectividades,
pero también derechos nuevos (sociales, financieros, etc.). Tal estatuto,
buscado desde hace tiempo, sustituiría ventajosamente al actual reconocimiento
de utilidad pública acordado de manera discrecional por el prefecto.
Por el lado de los participantes, hay que promover un verdadero estatuto del
voluntariado, con una figura intermedia entre el asalariado y el colaborador
no retribuido, que permita a los que se impliquen con un mínimo de
asiduidad obtener un reconocimiento real, bien sea simbólico, financiero
o en términos de derechos sociales. Este voluntariado, accesible a
todos, compatible con un trabajo asalariado, supondría para los trabajadores
en precario o los parados un salario base, una formación y una inserción
social. Los trabajos de utilidad social, además de los contratos de
empleo-solidaridad y los empleos para jóvenes ofrecen una primera aproximación.
Su supresión no solamente resulta hoy dramática para los interesados,
sino que denota una grave incomprensión de la evolución del
sistema productivo, tanto en los contenidos como en los medios de hacerle
frente. La objeción de la carga financiera precisa para hacer funcionar
una economía social asociativa en pleno ejercicio es completamente
salvable con una presión fiscal constante. Es perfectamente posible
actuar sobre tres palancas. En principio, por una mejor asignación
del gasto público, sobre todo por la activación de los gastos
pasivos, de la reorientación de los fondos de la formación profesional
y de los fondos sociales, de una mayor sinergia entre colectividades públicas.
La segunda palanca es la del desarrollo de grandes fundaciones temáticas
sobre la base de financiación cruzada (empresas, colectividades públicas,
particulares...). Estas fundaciones con múltiples agentes, como ya
existen en otros países europeos o en los Estados Unidos, podrían
sostener a gran escala la acción asociativa. Y, la tercera palanca,
una moneda asociada del tipo SEL o time dollar podría completar las
financiaciones y facilitar los intercambios internos a ese sector, funcionando
sobre la reciprocidad y el valor del tiempo. ¿Hay que añadir
que tal economía asociativa permitiría a cada uno situar en
un marco democrático esta producción del individuo, economía
del ser humano por excelencia, que no quedaría en las únicas
manos de “decididores” públicos o privados?
NOTAS
1. Sólo los gastos en salud representan más del 10% del PIB
en un país como Francia, con una progresión del 5,2% entre 2000
y 2001.
2. Vers un capitalisme cognitif, Collectif, L’Harmattan, 2001
3. Jacques Donzelot, L’Invention du social, Fayard, 1984.
4. En principio, para las empresas como Schneider, Timberland o la Shell
por ejemplo, la valorización de la imagen de marque era la motivación
esencial de su acercamiento a las asociaciones. Después, estas empresas
se sorprendieron por el “beneficio” sustancial que obtenían (clima
en las empresas, implicación de los asalariados, resultados de explotación,
etc.).
5. “Lo socialmente responsable se impone a la empresa” rezaba el último
número de Liaisons sociales (nº 34, septiembre 2002). Según
un sondeo Novethic, una tercera parte de las empresas estarían pasando
a la acción.
6. Conferencia permanente de las coordinaciones asociativas: 14, pasaje
Dubail, 75010 París (www.cpca.asso.fr).