Iniciativa Socialista (portada) El deseo de aprender
Armen Tarpinian

Armen Tarpinian es psicoterapeuta, director de la Revue de Psychologie de la Motivation. Publicado en TSC, nueva serie, nº 2, segundo trimestre 2002, y en Iniciativa Socialista, 66, otoño 2002.

“El enseñante no debe dejar de ser un transmisor. Pero lo más importante a transmitir es un deseo, una pasión, la pasión de aprender”
André Giordan
(en Collectif, L’École contre l’exclusion, Nathan, 19981)

Interrogarse sobre la escuela, sobre sus finalidades, sus resultados, sobre su capacidad de despertar y de satisfacer el deseo de aprender del niño, interrogarse además sobre la capacidad de socialización de la escuela o, al contrario, sobre la violencia implícita de su funcionamiento elitista y las inadaptaciones a menudo graves que, incluso sin comprenderlo, provoca, significa interrogarse sobre sus valores intrínsecos. En este punto, podemos decir que, en términos de cultura, es decir, de valores consciente o inconscientemente transmitidos, la escuela es el producto de la sociedad en su conjunto y la sociedad el producto de la escuela. El niño, impregnado de los valores transmitidos por su medio, introduce en la escuela los gérmenes de sociabilidad y de rivalidad desarrollados y cultivados en el círculo familiar. Hay enseñantes, padres la mayoría de ellos, que jamás han abandonado el medio escolar... Tratando bien o mal la necesidad esencial del niño -de estima y de confianza en sí mismo-, la escuela fortifica la sociabilidad o la rivalidad, la confianza o la desconfianza hacia sí mismo y hacia los otros, según los comportamientos variables de los principales actores -padres, enseñantes, compañeros...- y según los modos de funcionamiento de la institución escolar en general y de cada escuela en particular (hay una cultura de la escuela como hay una cultura de la empresa). Desgraciadamente, la clasificación cualitativa de las escuelas se hace en función de la cantidad de títulos que entrega, aunque no signifiquen forzosamente una garantía de desarrollo personal; esta clasificación no incluye las cualidades fundamentales que hacen de un individuo una persona: autonomía, sentido de la responsabilidad, espíritu crítico, confianza en sus propias potencialidades, capacidad de cooperación, etc. Estas cualidades constituyen, sin embargo, la mejor condición para una fecunda apropiación de los saberes. Cualidades que ni los adultos ni los alumnos han recibido y que la institución, por sus métodos de funcionamiento poco democráticos, no genera [Claire Rueff-Escoubès, “Pour une socialisation plus démocratique à l’école”, Revue de Psychologie de la Motivation, nº 31, 2001].
Teniendo en cuenta la continuidad cultural entre la sociedad, la familia y la escuela, es ocioso, a pesar de sus campos de acción diferentes, oponerlos. Los enseñantes se angustian o “se cabrean” con razón, cuando quieren hacer de ellos los “remediadores” de las dificultades de vida como de carencias educativas de ciertas familias, pero se equivocan si creen que su tarea sólo consiste en transmitir los conocimientos.
Este rechazo a tomar en cuenta el aspecto relacional y educativo de su profesión no es neutral, pues hace que el enseñante desconozca los sentimientos y las intenciones que determinan sus juicios de valor y sus comportamientos hacia los alumnos. Es una negligencia, a veces grave, sobre la repercusión de la relación afectiva maestro-alumno sobre los procesos de aprendizaje cognitivos.
Ionesco muestra, en su célebre farsa, La Leçon, el absurdo al que puede llevar simbólicamente la actitud extrema de que el enseñante sea sólo el transmisor de los saberes cara al alumno-tragadera. El profesor de La Leçon se enorgullecía cuando preparaba para un “doctorado total” a un alumno que, identificado con el espíritu de competición exacerbado del sistema escolar, se imponía ciegamente conseguirlo (la oferta y la demanda narcisistas se alimentan mutuamente).
A pesar de los consejos dados al profesor contra la violencia pedagógica, éste, inmerso en su rabia por la impotencia de no poder transmitir los conocimientos más elementales, acaba por asfixiar, como a muchos otros, al estudiante atontado...
Podemos decir, esquemáticamente, que la sociedad y, por tanto, la familia y la escuela, basculan entre dos tipos de motivaciones y valores organizados en torno a:
- una idea de rendimiento (de eficacia) estimulada o inhibida por el individualismo excesivo y el espíritu de competición, idea que conduce a un trabajo más de condicionamiento que de educación;
- una idea de desarrollo (de eficiencia) de las potencialidades individuales, que asocia autonomización y cooperación, cultivando el campo de la responsabilidad del ser íntimo y del ser social.
La polarización del primer tipo se origina por perseguir una necesaria inserción social. Esta meta, en el espíritu de los padres y en la tarea de los maestros, está fundada sobre la excelencia del rendimiento escolar (títulos) y sobre el predominio de uno mismo sobre el otro erigido en prueba de valor personal y social.
Es cierto que esta política de prestigio (Adler) se encuentra todavía hoy cortocircuitada, aunque cada vez menos, por el discurso moralizador tradicional ligado a un doble lenguaje (“Tienes que ser el primero” y “Sé bueno, ama a tu prójimo como a ti mismo...”) que es causa de desorientación interior, de desconcierto en relación a los valores. Además, si la idea de rendimiento, que es un valor, pasa a predominar, ¿qué pasa con el valor del que fracasa?
Aunque aparezcan como más espectaculares, no es en las barriadas periféricas desfavorecidas donde más se observan las consecuencias nefastas.
En la crisis actual del empleo el primer tipo de motivaciones, en cuanto al rendimiento, se encuentra bastante desestabilizado; el título no es ya el pasaporte asegurado para el futuro profesional, aunque siga siendo el pequeño arco del triunfo por el que siempre se quiere pasar. Esta crisis, donde se puede leer, en parte, la crisis económica mundial, nos remite, en cierta forma, a la misma problemática: ¿cómo actuar para que los valores de rendimiento se subordinen a los valores de desarrollo, de equilibrio económico y ecológico, lo que incluye el rendimiento regulándolo a su vez? En realidad, la situación conduce cada vez más a los padres, a los enseñantes y a los alumnos, a los responsables sindicales y políticos, a interrogarse sobre los valores y las finalidades de la escuela. O, más en profundidad, sobre el sentido de la vida.

El efecto Pigmalión
En el caso en que la necesidad de amor y de autoestima -de confianza en sus capacidades- no haya sido suficientemente satisfecha en la familia, el niño, según su temperamento y sus propias experiencias, entra a la escuela hipersensibilizado y vulnerable o, a la inversa, agresivo y dominador. Se ve lanzado hacia una aventura de la que muchos padres esperan ansiosamente resultados. La necesidad de estima tiende entonces a transformarse en una carrera por la estima, por la obsesión de triunfar sobre los otros, so pena de verse relegado. Se crean temores fóbicos y preferencias sobrecompensatorias en relación a tal o cual materia (lengua, matemáticas, etc.) que desorganizan la coherencia de los aprendizajes elementales y contribuyen a la aparición de síntomas típicos (dislexia, mala ortografía ...).
En lugar del placer de aprender, se crea una obsesión del trabajo escolar, a menudo convertido en algo muy pesado por la frustración-sanción que atenta contra la libertad de lo lúdico. Hay que advertir que la carrera obsesiva por el éxito, que puede convertirse en neurosis del éxito, conlleva la neurosis del fracaso en la medida en que los valores comunes de dominio (Laborit), reforzados por la preocupación de seguridad por el futuro del niño, tiñen tremendamente el clima de la familia y de la escuela.
En general, el éxito escolar pasa a ser el espejo deformante en el cual cada niño o adolescente, así como los adultos que los rodean, se juzga, juzga a los otros, se compara y se siente juzgado. De esta forma, se crea un nudo afectivo que aprieta o afloja la mirada reprobadora o confiada del otro.
En este sentido, todo enseñante sufre, no necesariamente de forma consciente y sin extraer lecciones, el efecto Pigmalión. Este efecto, ampliamente sometido a experimentación, prueba que el niño llega ser mejor de lo que realmente es y de lo que los adultos creen de sus potencialidades. De esta forma, después de los resultados ficticios de los tests hechos en una misma clase, los “malos alumnos” cuya imagen, el coeficiente intelectual, es arbitrariamente sobrevalorada ven sus resultados escolares mejorados, contrariamente a los “malos alumnos” que no han sido valorados de la misma manera.
No es etiquetando al torpe de “¡torpe!” como se le ayuda a despertar su potencial de destreza. La experiencia, metódicamente dirigida, ha probado que la ausencia de “rendimiento escolar”, con todos los riesgos de inadaptación y de comportamientos asociales que genera, no es una prueba de ausencia de capacidades. El enseñante sagaz sabe que el embotamiento no significa necedad; sabe también que la pereza es un desvío de energías debido a la angustia del fracaso, a la pérdida de estima y al aburrimiento, a la desgana por aprender. Es el efecto de la falta de concentración y de la evasión hacia otras fuentes de satisfacción que compensen aquellas que el niño no llega a encontrar en la escuela.
A estas evasiones, estas ensoñaciones que le desconcentran o a los comportamientos exageradamente lúdicos (payasadas) o agresivos, el niño con problemas escolares sabe aportar falsas justificaciones tremendamente sutiles y autosugestivas. Esta tendencia a la falsa racionalización, a la falsa motivación, ya esbozada en la familia, se refuerza y se complica con la mala adaptación del niño a la escuela y de la escuela al niño. De este modo, como escribe Diel, “a la edad en donde el intelecto tiende a disciplinarse, es la indisciplina la que se intelectualiza...” [Paul Diel, Éducation et Rééducation, Payot, 1989].
Añadamos de paso que no se ayuda al niño a abandonar las máscaras con las que cubre su desarrollo tratándole como víctima. Más allá de la responsabilidad del medio familiar o escolar, el niño sabe, en lo más profundo de sí mismo, que él es corresponsable de lo que está viviendo. Una sincera empatía por parte del adulto, mucho tacto y un pizca de humor despiertan, casi siempre, su capacidad para la autocrítica y su esperanza en un cambio: si él es responsable en algo de lo que le sucede, también puede modificarlo. “Yo sé porqué mi padre muestra tanta rabia contra mí, decía un niño de ocho años: es porque me enfrento a él ...”
El temor al menosprecio es tan fuerte en los niños que prefieren, como confesaba un muchacho de 14 años, pasar por perezoso que por tonto cuando su padre ve las notas, pues éste “de todos modos, nunca estará contento”. En consecuencia, trabajaba más de lo que su padre pensaba, pero a escondidas.
Cuando la escuela capta a tal punto la búsqueda de identidad y de estima, no hay que extrañarse de que el fracaso escolar, asociado a otras frustraciones familiares, sociales y culturales, conduzca a ciertos sujetos hacia las manifestaciones de autodecepción o de agresividad que observamos; rechazo de la escuela, actos incívicos y violencias cotidianas, además de drogas, delincuencia, depresiones, neurosis, suicidios...
Cuando la situación social o familiar contribuye a ello, algunos encuentran hermanos y hermanas en exclusión y humillación con los cuales forman un clan donde la hazaña, lícita o ilícita, alimenta la estima mutua, consoladora. Pasan a convertirse en “a-escolares”, tiranizando a sus compañeros, chantajeándolos y descorazonando a los maestros. Desesperantes, sus casos no son, necesariamente, desesperados (cf. “L’auto-école” de Marie-Danielle Pierrelée y otros muchos ejemplos positivos). Para ir al fondo de la cuestión, digamos que la humillación y la marginalidad que conlleva el fracaso escolar, más que un caso de justicia es un asunto de salud pública.
Subrayemos que la realidad del efecto Pigmalión se aplica también al enseñante que cuanto más cerca está de sus alumnos, más confianza genera en ellos.
Unidos por una misma necesidad de estima, el maestro vive bajo la mirada de los alumnos que, a su vez, viven bajo la mirada del maestro... Saber crear vínculos y a la vez llegar a ser independientes es la condición y la señal de una buena madurez que, naturalmente y ayudados por la experiencia, cierto número de maestros saben transmitir con su ejemplo.

El efecto Perseo
No es ni más ni menos fácil ejercer el oficio de enseñante que el “oficio” de padres; la tradición, las convenciones y las recomendaciones pedagógicas o educativas, incluso aquellas apoyadas por el sentido común, no son siempre suficientes. El efecto Pigmalión invita a los pedagogos a cuestionarse sobre las relaciones que se establecen en su vida profesional; a estar más atentos sobre sus motivaciones, conscientes o no, y a los juicios de valor -a la mirada- que tienen sobre sí mismos y sobre sus alumnos. El espejo que nos brindan las ciencias humanas, tanto la psicología introspectiva como la psicología social, puede permitirnos observar mejor nuestras motivaciones y comprender que lo que transmitimos es lo que somos. Lo que conduce a Perseo (el introspector), otro héroe del mito griego, portador del espejo que permite una buena comunicación consigo mismo y con los otros, sin sentirse inhibido, estupefacto,  por la dificultad de ser; de pensar y de actuar, de enseñar y aprender.
Para continuar con el juego de las metáforas, subrayemos que el trabajo con los enseñantes aporta la prueba de la eficiencia del efecto Perseo: a una misma situación de dificultad concreta (clases sobrecargadas, heterogéneas, socialmente desfavorecidas, etc.), el enseñante que toma en cuenta sus propias motivaciones y la empatía hacia sus alumnos se encuentra mucho más fortalecido psicológicamente porque es más comprensivo. Sufre cada vez menos ese agotamiento del que tanto se quejan los enseñantes, y su crítica al medio profesional y a sus alumnos deja de ser obsesiva. Aprende a sacar fuerzas de las panoplias pedagógicas que le proponen, se muestra inventivo, abre nuevos caminos al deseo de aprender del niño y ofrece el diálogo cuando se produce un enfrentamiento. Evidentemente, no se trata de una poción mágica y no sirve para justificar el hecho ilógico de confiar las clases más difíciles a los enseñantes más jóvenes, ni a la insuficiencia de medidas concretas en relación al marco, al ritmo y a la organización de los programas escolares. Tampoco debe servir para justificar la insuficiencia de la otra relación, aquella entre las disciplinas que cambiarían el aspecto de los conocimientos, haciéndolos más coherentes y atractivos, lo que significaría “una reforma del pensamiento” (Morin).
Pero es de esperar que la constatación de estas insuficiencias reales no impida hacer al enseñante lo que está en sus manos: su capacidad para actuar en el aquí y ahora, de evolucionar en y para su clase, para que sea posible despertar la alegría de aprender... Lo que puede ser entendido por el enseñante en sus dos sentidos: la alegría de enseñar al niño y la alegría de aprender del niño.
Los directores de colegio y los enseñantes confiesan que la agresividad de los jóvenes con dificultad escolar y trasladados de un establecimiento a otro por indisciplina, disminuye en proporción de la acogida y de la disponibilidad -y del sostén pedagógico- que encuentran. Pues, recordémoslo, detrás de la pereza se encuentra un sediento de éxito; detrás de la oposición a tope o detrás de la bravata, se encuentra el despecho; y, a menudo, el puño cerrado significa una mano que sufre por no ser tomada, comprendida.
Este cambio, claro está, no se opera en todos los casos, pueden necesitarse otras medidas, pero la complejidad de ciertas situaciones no debe hacer perder de vista la eficiencia de ciertas nociones simples y universales como la confianza dada al sujeto, como la capacidad de dar y de recibir la estima. La autoridad necesaria y el sentimiento cívico encuentran allí su mejor soporte [Cyrille Cahen, Thérapie de l’échec scolaire, Nathan, 1996].
Está claro que la escuela no podrá resolver su “crisis” sino basándose sobre las necesidades mejor comprendidas de los niños, que son también la de los enseñantes, de las familias y de la sociedad, y subordinando la idea de rendimiento a la de desarrollo, que necesariamente la desborda y la engloba. Esto no implica amputar el programa de humanidades o de ciencias, sino hacerlos atractivos. Lo que invita a ir más allá de una concepción pasiva o reductora del aprendizaje y a reconocer como inseparables la instrucción y la educación. Generalmente muy formados en una de ellas, muchos de los enseñantes reconocen estar poco formados en la otra. Sin embargo, los conocimientos, las técnicas y las herramientas de formación existen. La mayor parte ha sido evaluada y experimentada, a veces de forma exhaustiva y oficial como en Québec. Considerando los dos polos de desarrollo, autorresponsabilidad y capacidad de diálogo, éstos son objeto de estudio ministerial también en Francia, aunque en realidad existen muy pocas aplicaciones reales. En realidad existen horarios (horas de “convivencia en clase” o de “educación cívica y social”) que permitirían, sin necesidad de sobrecargar los programas, la generalización de lo que se ha dado en llamar de una forma directa y concisa, educación psíquica o educación para la vida [“Éducation et humanisation. Vers une nouvelle discipline: la psychique”, Revue de Psychologie de la Motivation, nº 31, 2001].
“En esta época de preguntas inquietantes sobre el malestar en la escuela y el fracaso escolar, origen central de conductas conflictivas, existe esta vía por donde iniciar un camino” escribe Bruno Mattèi [“Éducation et humanisation. Vers une nouvelle discipline: la psychique”, Revue de Psychologie de la Motivation, nº 31, 2001].