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En este momento, millones de hombres y mujeres enterados de todo el planeta nos escuchan y nos miran. Son caras cansadas e insatisfechas, perplejas frente a un mundo que se integra y, al mismo tempo, se desintegra.
Millones de hombres y mujeres enterados nos observan en este momento y se preguntan cómo es que, en un mundo así de grande y rico, coexistan, en realidad, dos Humanidades: una que vive a la sombra de la ley y del derecho, que heredó luces y conquistas del género humano hasta ahora; y la otra, que heredó las sombras de la exclusión, del oscuro mundo de la violación de derechos, de la falta de los bienes mínimos necesarios para la reproducción de la vida.
En realidad sabemos que la compasión tiene que despertar de la lucha, sabemos que todo lo que fue construido fue quitado con el sacrificio de muchos que nos precedieron. Hoy dos globalizaciones van hacia delante paralelamente. La globalización del miedo y de la guerra, che da las herramientas a los humanos para reproducir el poder y el dinero, y la globalización de la solidaridad activa, que exige una Humanidad para todos.
¿Es posible construirla?
Si el pensamiento democrático hasta ahora no fue suficiente para construir la democracia como practica histórica, se tiene que trabajar para que sea así. Si las experiencias de la emancipación no permitieron que el derecho a una vida digna para todos fuera construido como historia, es por que las experiencias tienen que ser revitalizadas, y nunca abandonadas como quien entrega el futuro al sacrificio inútil.
Podemos decir que este es un tiempo en el que se juega el destino de la Humanidad, por que hoy, más que nunca, el destino de un individuo es el destino de todos, y la elección del destino puede ser justa solamente si es la elección de todos. Lo que pedimos en todos los congresos mundiales, donde la palabra puede ser compartida así como deseamos compartir el pan y el futuro, es la construcción de una sociedad y también de una manera de vivir compartida, consciente, en armonía con la naturaleza.
Millones de personas nos escuchan y nos miran en este momento.
Esta misma idea sintética del mundo, representada por esta comunicación inmediata, es la idea fundadora de un nuevo estatuto democrático. Un mundo que se escuche y se mire a cada momento, para decir lo que quiere, a partir de su experiencia local, en el cual se desarrolla la historia de cada uno y de todos.
Unidos y ligados por la ciencia y por la técnica, no estamos, sin embargo, acomunados por la idea de igualdad de derechos y por la fuerza central de la idea de democracia, que es la posibilidad real de construir la propia vida en condición de igualdad: la Humanidad, actual comunidad de destinos, forzada por las leyes de la economía y por la fuerza de la tecnología, es carente, en realidad, de un destino común con características democráticas y solidarias.
La solidariedad no nace espontáneamente de las leyes de la economía, la solidariedad no nace espontáneamente de la integración financiaria del mundo, la solidariedad no nace del cálculo de los jefes de gobierno, la solidariedad nace únicamente del deseo de igualdad transformada en un proyecto político democrático. La solidariedad nace únicamente de un contenido libertario, el único en grado de ser producido por conciencias libres de miedos.
Los siglos de la modernidad son cada vez más heridos por la contradicción entre la idea de libertad y justicia, construida de la conciencia, y la realidad del mundo, organizado por la irracionalidad del mercado como valor superior al ser humano.
El siglo de las luces vio millares de naves negreras surcar los océanos y dibujar la dimensión de nuestra vergüenza. El siglo de la industria moderna abandonó el ciudadano a las puertas de las fábricas, convirtiéndolo en solo un pedazo del engranaje del trabajo. El siglo veinte construyó y destruyó las utopías de la absoluta igualdad a través del uso de la fuerza. Ahora estamos abriendo el milenio, ciertos que la tierra sea solo una y más que nunca que la tierra tenga que ser de todos los hijos de la tierra. El capital la unificó pero solo la conciencia humana, transformada en un movimiento histórico podrá realzarla para que ella defienda una nueva condición humana.
La fuerza de nuestras manifestaciones tiene dos grandes puntos de apoyo: la superioridad, moral de nuestra causa y el contenido democrático y pacífico de nuestra lucha contra la exclusión y la violencia de la guerra.
Es necesario que millares de movimientos, como el de Génova y el de Porto Alegre, muestren que la humanidad es exhausta, pero quiere redibujar una utopía; es humillada pero orgullosa de aspirar a retomar el destino por la conciencia de millones.
Es necesario que el movimiento de
cada ciudad reúna los más, para poder ser una inmensa red
de resistencia. Resistencia a la mercantilización absoluta de la
vida y construir nuevas relaciones humanas y sociales, que globalicen el
derecho a la vida, a la libertad, a la democracia.
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