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Las tradiciones de la izquierda

Luis M. Sáenz


texto publicado en Iniciativa Socialista, número 49, verano 1998

I

Durante los meses de marzo, abril y mayo, varios miembros del consejo editorial de Iniciativa Socialista hemos tenido la oportunidad de reflexionar en común con más de 300 amigas y amigos de Madrid, Valencia y Barcelona, reunidos en los actos de presentación del libro La izquierda a la intemperie. Allí, nos hicimos y nos hicieron preguntas. Algunas de ellas, interrogaban por nuestra identidad, por nuestras tradiciones y por nuestras relaciones con el marxismo, en algunos casos a la luz de los debates inicitados por el 150 aniversario del Manifiesto Comunista y por la aparición del Libro negro del comunismo.

Pudimos constatar, una vez más, la dificultad existente para catalogar al magma plural y mutante que se expresa a través de esta revista. Esa "crisis de identidad" está relacionada con los propósitos explícitos de un proyecto en el que no nos preocupa qué somos, sino qué hacer. Sin pretender hilar demasiado fino, guiados por unos pocos principios y por nuestra intuición política, hemos seguido el consejo que Immanuel Wallerstein da a quienes se encuentran en medio del torbellino: "primero, asegúrense de hacia qué orilla quieren nadar. Y después, traten de lograr que todos sus esfuerzos inmediatos les conduzcan hacia ella. Si quieren una mayor precisión, podrían no encontrarla y ahogarse mientras la buscan".

Liberados del peso de ortodoxias y utopías, hemos querido situarnos en el terreno de la política, de la acción transformadora, de la toma de partido ante cada conflicto político y social.

Paradójicamente, en este proceso nos hemos hecho más respetuosos con las mejores tradiciones plurales de la izquierda. No hay revolución sin conservación, no hay izquierda sin tradiciones o sin historia. Sin memoria, podemos quedar atrapados en tradiciones ajenas o en simples mitos creados desde aparatos políticos pero muy alejados de la verdadera historia del movimiento obrero y socialista, llegando a anteponer personajes que vivieron la mayor parte de su vida política al calor de poderes totalitarios y como parte de su casta privilegiada sobre figuras verdaderamente relevantes como Durruti, Largo, Besteiro o Nin.

La tradición no es algo dado, procedente sin más del pasado, heredado sin remedio. Tener una tradición es también optar y crear una nueva relación con ese pasado. Pero para que esa relación creadora sea fructífera, y no tergiversación al servicio de los aparatos de turno, es imprescidible asumir que la tradición de la izquierda no debe ser orgánica o ideológica, sino, ante todo, la tradición de las luchas emancipadoras.

Eso implica, sin duda, una aproximación más compleja a la realidad. Pero permite superar algunas perplejidades y liberar el pensamiento. Podemos simpatizar con los obreros bolcheviques que en 1917 se alzaron contra la guerra y por el poder de los Soviets, y con los obreros mencheviques o anarquistas que encabezaron las huelgas de 1921 en Moscú y Petrogrado. Podemos estar con la revolución cubana de 1959 y junto a la oposición democrática a la satrapía castrista, a la vez que ser contrarios al embargo. Podemos estar junto a la población insurrecta que puso fin a la monarquía del Sha en Irán y con las mujeres y con todos los democrátas sojuzgados abyectamente por los ayatolas. Podemos condenar los propósitos bélicos contra la población iraquí y podemos rechazar toda colaboración con los funcionarios del sanguinario régimen de Sadam. Podemos estar con el movimiento proletario de Solidarnosc que combatió al estalinismo polaco, y podemos estar contra su fantasma convertido en instrumento del clericalismo reaccionario en la Polonia actual.

Nuestra tradición debe ser, pues, la tradición de quienes lucharon y luchan contra la barbarie. Una lucha en la que los actores son cambiantes, y muchas personas y fuerzas políticas cambian de lado frecuentemente. Una lucha en la ni siquiera puede decirse que existan bandos claramente determinados que se oponen en bloque en cada conflicto social y político. Pero una lucha que no cesa.

Hagamos nuestra la tradición de las luchas libertarias de los de abajo, la gran tradición anticapitalista y democrática del movimiento obrero y la tradición de las luchas de las mujeres por poner fin a una dominación milenaria. Rechacemos toda opresión. La tradición de la izquierda no puede ser una tradición de Poder, sino una tradición de Rebelión.

II

Cuando esta revista nació, hace nueve años, todos sus editores nos habríamos autodenominado marxistas. De hecho, según la presentación del número uno, "Iniciativa Socialista se situa(ba) sin ambigüedades en el marco del marxismo". No sé cual es la opinión de los demás editores, pero si hoy me preguntasen si soy marxista, no sería ya capaz de responder tan contundentemente. Mejor dicho, consideraría intelectualmente equívoca e teóricamente irrelevante la pregunta, pese a que, en realidad, creo tener más estima al pensamiento de Marx que cuando paseaba su etiqueta.

Hoy, fuera de círculos muy reducidos y limitados a una reflexión teórica, es imposible hablar de marxismo pensando exclusivamente en una relación directa con el pensamiento de Marx. Un calificativo de ese tipo sólo resulta relevante si dice algo en nuestro diálogo con los demás, si resume, aunque sea con brocha gorda, una identidad. Pero ninguna "lectura" de Marx puede disolver los problemas políticos planteados por la historia real, que impiden una interpretación coherente de lo que significa ser "marxista": el primero y principal, reside en que las versiones más crueles y reaccionarias del marxismo han sido precisamente las dominantes, las que han gozado de popularidad y poder, las que han gobernado en gran parte del mundo, y aún lo hacen en China, Corea del Norte o, en menor medida, pero también de forma autocrática, Cuba; el segundo, es que incluso dentro de las versiones críticas, opuestas al totalitarismo, ha existido siempre una tenaz lucha denegatoria del marxismo del otro. "Yo soy marxista, tú no eres un verdadero marxista".

Dejemos de lado polémicas estériles, aparquemos pues dicho término y que cada cual se identifique por lo que hace.

Sin embargo, en este 150 aniversario del Manifiesto Comunista, Marx nos resulta imprescindible y es de rabiosa actualidad. Sin Marx no podemos entender el mundo de hoy. Aunque, claro está, tampoco podemos entenderlo sólo con Marx o con todo Marx. Desde él han corrido ríos de tinta... y de sangre.

Lo que en Marx pudiera implicar una teoría general de la historia, todo lo que implicaba determinismo tecnológico o productivo, todo lo que de teleológico hay en su obra, todo lo que estaba demasiado marcado por el mito capitalista del progreso inelectuble, nos resulta inservible y contraproducente, y mucho más inservible es toda la basura totalitaria que se le ha atribuido injustamente.

¿Qué nos queda pues de Marx? Lo principal.

Nos queda su lúcido des-cubrimiento de la naturaleza íntima de la sociedad moderna, capitalista, dominada por la mercancía, la búsqueda del beneficio y la sumisión del trabajo al capital. Entendido en su justo lugar -esto es, como filosofía del ser social en el mundo capitalista, no como teoría económica- El Capital es obra de rabiosa actualidad y riqueza.

La ofensiva liberista contra las conquistas sociales ha puesto de relieve falacias alentadas durante muchos años tanto desde la derecha como desde sectores de la izquierda: hoy resulta obvio que la lógica del capitalismo es, en verdad, la descubierta por Marx, aunque esa lógica no pueda desplegarse plenamente en todas las sociedades capitalistas ni en cualquier epoca, pues cabe limitarla por medio de la democracia política y del poder organizado de las clases subalternas.

Las más sutiles ideas de El Capital están llenas de sugerencias críticas plenamente vigentes. Así, por ejemplo, si la condición asalariada no se basa en el intercambio equivalente de salario por trabajo o por producto del trabajo, sino en el trueque entre salario y fuerza de trabajo o capacidad de trabajar, ¿no implica eso que la relación social entre capital y trabajo no es tanto una relación económica determinada exclusivamente por la propiedad, sino que es, ante todo, una relación de mando, una relación política establecida bajo coerción económica, lo que permite pensar y comprender la permanencia de la condición asalariada bajo diferentes sistemas de propiedad y la esencia antidemocrática del tipo de empresa -privada o pública- que hoy está vigente?

Nos queda su internacionalismo y su comprensión de que los grandes problemas no podrían resolverse en marcos nacionales. Conservar algo más de su legado nos libraría de penosos espectáculos como el de observar, en una manifestación realizada en Madrid el 21 de abril, a numerosos sindicalistas portando reaccionarios cartelillos repartidos por un espontáeno y que, frente al paro, proponían "compra español".

Nadie como él ha descrito las tendencias a la mundialización de la economía que hoy parecen muchos descubrir. En cierta forma, parte de sus errores podrían derivar de haberse adelantado a su propio tiempo.

Nos queda su impulso antiutópico, contra sectas de todo tipo, por un socialismo centrado en los movientos capaces de cambiar el viejo mundo y no en diseños de ingeniería social sobre cómo debería ser el nuevo mundo. El Marx que prefería un paso práctico a 100 programas. El Marx materialista, espinozista y "maquiavélico" consciente de que la clave de todo no residía en modelos o programas, ni en filántropos ni en tribunos, ni en "las leyes de la historia", sino en la organización práctica del poder de la clase obrera y de todos los grupos sociales perjudicados por las relaciones de dominación existentes.

Nos queda el Marx libertario, rebelde contra toda jerarquía y escéptico ante todo partido. El Marx que, contrariando todo lo que después se ha llamado "teoría marxista de la organización," escribía: "Cualquier partido político, sea cual sea su naturaleza y sin excepción, solamente puede conservar el entusiasmo de los trabajadores durante un corto período de tiempo. Los sindicatos, por su parte, son los únicos capaces de agrupar a las masas de forma más duradera; solamente ellos son capaces de representar un verdadero partido de la clase trabajadora".

Nos queda su radical aspiración democrática, la del incansable defensor de la libertad de expresión, del sufragio universal, de la libre asociación, de la república democrática como forma política de la emancipación proletaria.

Mucho nos queda de Marx, pero sólo lo aprovecharemos si no nos acercamos a él como marxistas, sino siguiendo el consejo de Wallerstein, con el respeto debido a "un compañero de lucha que sabe tanto como el sabía".

Por ello hoy, cuando la frase "no olvidemos la utopía" se ha convertido en muletilla obligada en casi toda la izquierda, desde la más extremista hasta la más descafeinada, a mi me gustaría contestar a la pregunta "¿qué sois los de Iniciativa Socialista?" diciendo simplemente: somos radicales sin utopía, somos socialistas libertarios. Claro está es que ésa es mi respuesta, y que otros amigos y amigas de Iniciativa Socialista podrían dar otra distinta, pues la diversidad también es rasgo fundamental de nuestra identidad como colectivo editor.


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