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IZQUIERDA Y GLOBALIZACIÓN

 Trinidad Jiménez

 
Conferencia, en el Ateneo de Málaga, 6/4/2001, de Trinidad Jiménez, Secretaria de Internacional del PSOE

 
“No tenemos más derecho a consumir felicidad sin producirla, que a consumir riqueza sin producir”. Esta frase de George Bernard Shaw podría servir de punto de partida para hablar sobre la izquierda y la globalización, sobre todo porque, hasta el momento, la globalización ha tenido un marcado carácter económico, que ha producido algunos efectos indeseados e indeseables, y que ha provocado muchos rechazos que necesitan ser explicados.

Pero la globalización no es una ideología, no es una posición que nos permita manifestarnos a favor o en contra, es un hecho, una realidad y, como tal, con ella hemos de convivir. La globalización no es mala o buena per se. La globalización produce efectos positivos o negativos, según seamos capaces – o no– de dotarnos de las reglas necesarias para ordenar esta nueva situación denominada globalización. Me van a permitir que me pronuncie desde el principio sobre este fenómeno: personalmente no creo que debamos rechazar la globalización, lo que debemos hacer es gobernarla. Es ahí, en el gobierno, en el control, en el orden, donde yo situaría la respuesta que requiere la globalización, pues la ley protege al débil y la anomia provoca indefensión.

Hasta ahora, es cierto, no hemos tenido ocasión de ver los efectos positivos de la globalización. Lo que todos observamos son los problemas derivados de la globalización de la actividad económica, lo que vemos es cómo se han acentuado las desigualdades ya existentes entre los países más avanzados y los que pugnan por salir de la miseria. El único efecto visible que ha provocado la globalización han sido distintas crisis financieras internacionales que han asolado las economías de varios países. Así ocurrió, por ejemplo, con el llamado “tequilazo” mejicano de 1994. Así volvió a ocurrir en el sudeste asiático en 1997, en 1998 en Rusia, en 1999 en Brasil, en 2000 en Turquía, etc. En cada una de las crisis han existido componentes específicos, diferentes situaciones de partida y distintos comportamientos posteriores. En todas ellas se han dado, sin embargo, algunos elementos comunes, que son inherentes a las características que hoy tiene la globalización del sistema financiero internacional.

Voy a dar datos: cada día más de dos billones de dólares se mueven en los mercados financieros internacionales. Una buena parte de esos movimientos nada tienen que ver con el intercambio comercial, sino que constituyen movimientos especulativos. Su volumen ha alcanzado tal magnitud que se calcula que más del 85% de estas transacciones tienen naturaleza puramente especulativa y no guardan relación con la producción o el intercambio de bienes y servicios. Y se producen tan a corto plazo, que más del 40% de estas inversiones hacen el recorrido de ida y vuelta en menos de tres días, mientras que alrededor del 80% lo completan en una semana.

No son datos de los llamados “antiglobalización”, son cifras de la comunidad científica que coinciden, por primera vez, con relevantes economistas, responsables políticos y organizaciones sociales de diferente tipo, en atribuir algunos de los problemas de la inestabilidad financiera en este mundo globalizado a la existencia de inmensas cantidades de capital, dispuestas a moverse de un lado al otro del mundo a la menor señal económica, real o imaginada. La realidad para muchos millones de personas es, pues, terrible. La globalización está produciendo una creciente dualización, no sólo entre los países, sino dentro de las sociedades, en las que se está generando una nueva pobreza y una nueva riqueza. Lo trágico es que en esta nueva economía, partes del mundo y partes de las sociedades pueden, simplemente, dejar de interesar como productores o como consumidores. Es la “irrelevancia estructural” de lo que Castells dice que puede ser para estos países y sociedades una amenaza mayor que la dependencia.

Pero el cambio económico también está teniendo efectos positivos de largo alcance. El PNUD considera que en los últimos cincuenta años el bienestar de los hombres ha progresado más que en los quinientos anteriores, y que, además, entre 3000 y 4000 millones de habitantes han experimentado ya una mejora sustancial en su nivel de vida.

Así, pues, la globalización también ofrece oportunidades, nuevas oportunidades. El factor desencadenante que hace de este fenómeno algo distinto –cualitativa y cuantitativamente– a otros procesos históricos que tomamos como referencia, es la revolución tecnológica. En particular, la revolución comunicacional, pero también la biotecnológica y otras. Las barreras del tiempo y la distancia para conectar a los seres humanos en el planeta están reduciéndose hasta casi su desaparición. Es una realidad nueva y diferente que está cambiando nuestras vidas, no sólo la actividad económica. Y lo hace tan rápidamente que nos produce angustia y rechazo. La globalización está haciendo que el mundo sea cada vez más pequeño, que se reduzcan las dimensiones de nuestro planeta, que las comunicaciones sean cada vez más rápidas que, de hecho, se transmita instantáneamente la información, que todos estemos conectados. Sanguinetti, el ex Presidente de Uruguay definió la situación de una manera muy gráfica al decir que estamos en una época en que “se corre tan deprisa y se piensa tan rápido”.

Es cierto, pero aún así debemos buscar el lado positivo de la globalización, al menos debemos buscarlo desde la política. La gran ventaja de nuestro tiempo es que si conseguimos controlar a la globalización, conseguiremos ponerla al servicio de todos. Nada de lo que ocurre en el mundo nos será ajeno, todas las políticas adquirirán una dimensión global, una trascendencia internacional, por lo que la coordinación, la cooperación y la colaboración serán palabras que formarán parte inseparable de cualquier proyecto político. Es cierto que la política sigue siendo, en gran medida, local, pero también es cierto que los nuevos desafíos globales, sólo permitirán respuestas globales. Camdessus solía decir que la globalización como espacio de oportunidad debería avanzar en el camino de un nuevo paradigma que permitiera la sostenibilidad del modelo emergente, tanto económicamente, como desde el punto de vista social y medioambiental. Sin lugar a dudas, nuestro reto está en encontrar ese nuevo paradigma.

El mundo ha cambiado mucho, y son muchos los cambios que se producen de forma casi cotidiana. El mundo ha cambiado mucho pero, sobre todo, está lleno de contradicciones; el mejor ejemplo lo tenemos en que la globalización puede ser, al mismo tiempo, un riesgo y una oportunidad. Los políticos tenemos que entender los cambios y estudiar qué podemos ofrecer como respuesta porque hoy tenemos la certeza de que ya nada será igual. Los gobiernos deberán ser conscientes de cual es el nuevo escenario en que nos veremos obligados a actuar y cuales serán las necesidades de los ciudadanos en los próximos años. De lo contrario, los cambios se producirán al margen de la política, con el efecto negativo que conlleva la falta de control y la ausencia de reglas que protejan los valores y los derechos de las personas. Desde el pensamiento progresista debemos sostener, apoyar al Estado, a ese Estado también en cambio, pero indispensable en su papel de garante de los derechos y libertades de los individuos. Para también debemos reforzar a la sociedad, para que no quede oscilante y desprotegida ante los vaivenes producidos por la globalización. Hay que redefinir los nuevos valores por encima de los fines o utilidades. Para este nuevo desafío los políticos tenemos que recuperar el poder público perdido a favor de los mercados, definiendo una nueva política que gire en torno al ciudadano.

Antes hablaba de la interdependencia y de la cooperación a nivel internacional. Desde mi punto de vista es imprescindible la coordinación internacional, pues es la única garantía de que los asuntos más importantes, los que nos conciernen a todos, tengan una respuesta eficaz. Se hace necesaria, pues la colaboración de los Estados entre si, de los Estados con organizaciones internacionales, pero también se hace necesaria la colaboración y la implicación de una sociedad civil responsable. Me estoy refiriendo a todo tipo de movimiento ciudadano, de la necesidad de estimular la participación y de crear una nueva sociedad con la ayuda de todos. Los cambios que se están produciendo en la actividad económica, financiera, social, cultural y política en el ámbito global, están provocando y haciendo posible el surgimiento de una nueva ciudadanía y de nuevas sociedades civiles globales. El proceso político de la globalización ha traído también, como consecuencia, otros movimientos sociales, que están reaccionando también ante este fenómeno. Buscar respuestas globales a problemas globales. Aunque son procesos en construcción, la lenta ampliación de los derechos ciudadanos frente a los retos globales se está dando, no sólo desde la institucionalidad supraestatal emergente, sino desde los movimientos sociales de perspectiva crecientemente global. Estos movimientos han asumido el “derecho a tener derechos”, también en el espacio globalizado.

El nacimiento de sociedades civiles globales refleja, por un lado, el creciente impacto de estos procesos globales y, especialmente, de los movimientos sociales que actúan a nivel internacional, removiendo los límites de las dinámicas de exclusión e inclusión. Indudablemente, no todas las incursiones y presencias en estas dinámicas globales son de corte democrático, lo global también está plagado de conservadurismo. De ahí la necesidad que tienen estos movimientos de avanzar por los cauces democráticos.

Los movimientos sociales que actúan en el espacio global tienen una agenda política específica, relacionadas con discriminaciones históricas: de género, etnia, opción sexual y con problemas cada vez más globales: medio ambiente, paz, derechos humanos, pobreza, etc... Pero, además, están tratando de definir un nuevo diseño de las políticas internacionales, para que la globalización no se convierta en un proceso sin ningún tipo de control político y ciudadano y genere más exclusión.

En Porto Alegre se reunieron del 25 al 30 de Enero de este año todas aquellas personas y organizaciones que, de una forma u otra, cuestionan o critican el modelo de globalización existente, en un intento de aproximar un marco teórico constructivo y práctico que permitiera corregir las disfunciones de la actual globalización. Al mismo tiempo, se reunía en la ciudad suiza de Davos el Forum Económico Mundial, con responsables de los que “gobiernan el mundo” (OMC, FMI, BM, OCDE, G-7...), pero lo cierto es que Davos ya no es lo que era, ya no producía el mismo atractivo que produjo en otros años. Ahora, también Porto Alegre era un lugar a tener en cuenta y, sobre todo, un lugar con futuro, donde se discutió con seriedad el nuevo modelo en el marco de la globalización. Los reunidos en Porto Alegre, conscientes del déficit democrático de algunas decisiones en el ámbito mundial, reclamaron normas y procedimientos democráticos en el funcionamiento de la globalización. Los ciudadanos, los allí reunidos, empiezan a comprender que las políticas nacionales están predeterminadas por orientaciones decididas a escala internacional, por lo que se hace necesario que la propuesta, la respuesta y la protesta se den en la misma escala.

La globalización ha cambiado las funciones de la política; cambia el papel del Estado y cambia el concepto de soberanía, se desdibujan nuestras fronteras, se crean nuevas instituciones y, sobre todo, se empieza a perfilar un orden en el que, insisto, no cabe la mera respuesta nacional. La política medioambiental y la ratificación del Protocolo de Kyoto es un ejemplo claro de la necesidad de coordinar las políticas en el escenario internacional. El coste de la no ratificación para Estados Unidos será muy grande, tanto que, creo, acabará firmando, no hay otra solución. También el Tribunal Penal Internacional es una buena muestra de cooperación internacional y de la conciencia compartida de evitar la impunidad de los criminales. ¿A alguien le quedan dudas de que Milosevic será juzgado por el Tribunal de la Haya? A mí, no. Esa es la tendencia internacional imparable y a la que cada vez será más difícil sustraerse. La seguridad internacional, la paz mundial, la seguridad alimentaria, etc. son sólo algunos ejemplos más de la relevancia internacional que todo tiene en la actualidad. La globalización requiere respuestas globales si se pretende evitar los efectos negativos que esta produce. Si alguien me preguntara cuál sería la solución que yo ofrecería ante la globalización, diría que el gobierno de la misma, convirtiendo la educación en el eje central de la política, educar para el desarrollo de las capacidades del individuo, educar para salir de la exclusión, educar para tener la posibilidad de elegir. Sergio Ramírez, el escritor nicaragüense lo expresó de forma muy gráfica: el mundo ya nunca más estará dividido entre los que tienen y los que no tienen, sino entre los que saben y los que no saben. Pero se le olvidó añadir entre los que estén y los que no estén conectados a la red, pues, sin ninguna duda, un elemento de corrección de las desigualdades serán las nuevas tecnologías y, en particular, Internet.

John Kennedy decía que “si una sociedad libre no puede ayudar a los muchos que son pobres no podrá salvar a los pocos que son ricos”. No se trata de un juego de suma cero, en el que lo que gana uno lo pierde el otro, sino de una situación en la que todos pueden, deben ganar algo. Es responsabilidad de todos conseguir que esto llegue a ser una realidad.
 
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