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Sociedad plural

Pluralidad de fines legítimos

Philippe Merlant, Jacques Robin y Patrick Viveret

Publicado en Iniciativa Socialista, nº 59, invierno 2000/2001, con autorización de Transversales science /culture, en cuyo número 65, septiembre-octubre 2000, se publicó el original francés "Face a des contradictions devenues explosives, société, economie et monnaies plurielles".

La reciente crisis de los transportes por carretera ha mostrado la incapacidad del político para tratar un problema complejo, en el que intervienen diferentes escalas de tiempo e intereses plurales. Ilustra también la necesidad, frente a la "sociedad de mercado", de promover una sociedad que admita una "pluralidad de fines legítimos" e instaure el debate democrático entre ellos. En resumen, una sociedad pluralidad, asentada sobre una economía y sobre monedas también plurales.

La crisis de los transportes por carretera ilustra la necesidad, frente a la "sociedad de mercado", de promover una economía y una sociedad plurales. Recordemos que el concepto de "sociedad de mercado" fue definido por el gran antropólogo Karl Polanyi como un estado social en el que las demás grandes funciones del intercambio social -los vínculos políticos, familiares y simbólicos en particular- son subordinados o absorbidos por la economía mercantil (1). Eso es lo que ha ocurrido durante los últimos años en el sector de los transportes, en el que opciones políticas, a veces explícitas y frecuentemente implícitas, han privilegiado el transporte por carretera en detrimento del ferrocarril y otras modalidades de envío que tendrían necesidad de fuertes inversiones públicas.

El gran inconveniente del mercado, reverso de su cualidad de retroactividad y flexibilidad, es su incapacidad para gestionar el largo plazo. Esa es precisamente una de las tareas del político, tanto para mantener la memoria de una colectividad y de sus valores fundadores como para preparar el porvenir, incluyendo el de generaciones que aún no han nacido. En el significativo ámbito del transporte, pagamos el precio por la no responsabilización de este largo plazo por parte de lo político. No se han tomado las decisiones ni se han hecho las inversiones públicas que habrían permitido desarrollar otros medios de transporte, ni se ha asumido la explicación de los desafíos del porvenir, en particular los relacionados con el recalentamiento climático. Vivimos las consecuencias de la pérdida de sustancia de una sociedad política que ha olvidado mirar a lo lejos, y las contradicciones de una opinión pública que, aunque tenga sensibilidad ecológica, se inquieta por los efectos de la contaminación sin querer actuar sobre una de sus principales causas (2). En estas condiciones, no es extraño que los gobiernos queden atenazados entre la gestión urgente de una crisis social provocada por los errores del pasado y la necesidad de actuar, de cara al futuro, sobre cuatro grandes desafíos que la lógica de la economía mercantil no puede solucionar por sí sola. En efecto, la cuestión del transporte por carretera se encuentra en la encrucijada de problemas tan decisivos como son los del clima, la salud, la seguridad y el modo de vida.

Cuatro desafíos principales

- El clima. En el seno de la comunidad científica hay un amplio acuerdo sobre dos grandes puntos: hay un proceso de recalentamiento climático, y éste es consecuencia, en gran medida, resultado de actividades humanas, o, en la jerga de los especialistas, debido a "las causas antrópicas". Una de las causas principales es la utilización masiva y desordenada de los recursos petrolíferos acumulados durante milenios y destruidos en unos pocos siglos. Las consecuencias del recalentamiento se hacen sentir por fenómenos desconocidos o rarísimos en las regiones templadas, como la gran tempestad de diciembre de 1999. Para el futuro, basta con tomar en consideración los mapas simulando una elevación entre 45 y 95 cm. del nivel de los mares, para así comprender su amplitud. No sólo estarían amenazadas algunas islas, sino la mayor parte de las regiones costeras de todos los continentes, y algún país inmenso, como Bengladesh, también estaría implicado. En cuanto a Francia, sus tecnócratas no podrían parar la subida de las aguas, al igual que no pudieron bloquear las nubes radioactivas de Chernobil sobre el Rin. Quedaría sumergida una buena parte de Normandía y de la costa atlántica. Finalmente, esto implicaría gigantescos desplazamientos de población, ante los que los actuales problemas migratorias parecerían mínimos.

- La salud. Según Lancet, revista médica y científica británica conocida por el rigor de sus análisis, la polución del aire provocará más de 40.000 muertes "anticipadas" en tres países europeos: Francia, Austria y Suiza, cerca de 32.000 en Francia. El coste económico sería de 170.000 millones de francos. La contaminación provocada por los automóviles inducirá cada año 25.000 nuevos casos de bronquitis crónica y 500.000 crisis de asma.

- La seguridad. Sus aspectos más significativos son conocidos, desde el incendio del túnel del Mont Blanc hasta la hecatombe de los accidentes en carretera. El ejemplo de los accidentes aéreos debidos a la escasez de controles antes del vuelo, o el de la obsesión de la productividad que lleva a los camioneros más allá de los límites físicos razonables, demuestran que la sociedad de mercado, en su búsqueda incesante de beneficio y rentabilidad, no duda en poner en juego la seguridad de las personas.

- El modo de vida. Aunque suele hacerse menos hincapié en este desafío, la velocidad, palabra clave de nuestras sociedades competitivas, es sinónimo de estrés, de fatiga, de todo tipo de tensiones en las relaciones sociales y, claro está, de graves accidentes. No se debe al azar el que cada vez se hagan más fuertes las aspiraciones a la belleza, a la serenidad, a la lentitud, de lo que da testimonio el éxito de libros como L'éloge de la lenteur. Al respecto, nuestros lectores saben de la calidad de las investigaciones de nuestros amigos Paul Virilio y Jean Chesneaux.(3).

Sobre la primera contradicción, el desafío planteado por el recalentamiento climático, la incoherencia entre la gestión a corto plazo y los retos a largo plazo se ha expresado con más claridad gracias a la inauguración, durante la crisis de los transportes por carretera, de la conferencia internacional de Lyon, preparatoria de la gran cita de noviembre en La Haya, que debe recapitular sobre el compromiso de Kioto para reducir las emisiones de gases causantes del efecto invernadero. El Primer ministro francés lo ha notado, ya que, al abrir la reunión, hizo una declaración preliminar: "las medidas coyunturales que mi Gobierno ha tomado para los años 2000 y 2001 con el propósito de atenuar los efectos del alza de los precios del petróleo sobre las empresas y los hogares, no cuestionan nuestro programa de lucha contra el efecto invernadero. El objetivo de los impuestos sobre los productos petrolíferos es que el precio pagado por los usuarios tome en consideración el coste que para la colectividad tiene el consumo de energías fósiles". No ponemos en duda su sinceridad, pero nos preguntamos sobre las condiciones estructurales que, precisamente, evitarían a los gobernantes el gestionar coyunturalmente las crisis de forma opuesta a los objetivos declarados.

Pues la esencia y la nobleza de la política residen precisamente en articular problemas que se sitúan en el punto de encuentro de varias escalas temporales (corto, medio y largo plazo), de varios territorios (local y mundial), de retos sectoriales (intereses económicos, aspiraciones sociales, vínculos políticos y simbólicos). En la presente crisis, constatamos que es necesario renovar en profundidad la democracia y sus herramientas para afrontar problemas transversales por naturaleza, dos de los cuales han salido a la luz de forma particular en las última semanas: el de los indicadores y el de la fiscalidad.

Indicadores cualitativos y naturaleza de la riqueza

El problema de la evaluación y de indicadores de destrucción ecológica y social ha sido ya abordado varias veces en TSC, y hoy se ve muy bien su necesidad. Es indispensable construir y publicitar indicadores que permitan establecer una relación entre los diferentes tipos de daños globales inducidos por los derivados del petróleo (contaminación, efectos sobre la salud, gases con efecto invernadero) y sus costes. Pero también debemos redefinir la naturaleza de la fiscalidad. Mientras se razona en términos de impuesto o de tasas, se sigue dentro de la subordinación a los criterios económicos que rigen nuestra sociedad: si la riqueza sólo es producida por las empresas y si aquella consiste únicamente en la contabilización de los flujos monetarios, entonces cualquier otro actor agente es un simple "chupasangre" y no un creador de riqueza, ya se trate de las familias, del Estado, de las asociaciones o de los agentes educativos y sanitarios, por no citar otros (4). Inversamente, los daños producidos por la actividad económica no entran en la cuenta, y deben ser financiados por otros agentes, especialmente por el sistema sanitario.

El artículo 14 de la declaración de los "Derechos del hombre y del ciudadano" había abierto una pista mucho más fecunda no hablando de impuesto, sino de contribución pública y de su vínculo fundamental con la ciudadanía, en términos que fundan la necesidad de una mucho mayor transparencia en lo que nuestros amigos brasileños denominarían la necesidad de desarrollar una democracia presupuestaria participativa: "Todos los ciudadanos tienen el derecho, por sí mismos y por medio de sus representantes, de verificar la necesidad de la contribución pública y de determinar su base tributaria, su calidad, su empleo y su duración"

Replantear el problema de la naturaleza de la riqueza, construir nuevos indicadores y refundar el vínculo entre contribución pública y ciudadanía constituyen condiciones para permitir que las democracias traten de manera articulada los problemas decisivos del presente y del porvenir, aunque la mayor parte de estos problemas son transversales. Sin embargo, la organización del estado, y también la de los partidos políticos y los grandes agentes sindicales, está, esencialmente, sectorializada y verticalizada. Una y otra vez, la regla del juego se reduce a tratar los problemas caso por caso, según la urgencia.. En este juego, los medios de presión quedan reducidos a opciones binarias del tipo "tragar quina o dimitir" para los políticos, y crear situaciones de bloqueo rayando con la violencia o hacer lobbying tras los bastidores, para los agentes sociales. En los dos casos, el espacio de la deliberación democrática se reduce rápidamente a nada.

Una sociedad plural fundada sobre la deliberación democrática

Una sociedad plural es, ante todo, una sociedad en la que la democracia juega plenamente su papel para respetar lo que Michael Waelzer ha descrito acertadamente como "pluralidad de fines legítimos". Y esta democracia necesita, para hacer cara a los desafíos del mundo contemporáneo, renovarse profundamente creando herramientas capaces de asegurar simultáneamente una mejor participación de los ciudadanos y una asunción de la complejidad de los problemas a tratar (articulación entre las escalas de tiempos y territorios). Los "ladrillos" para esa renovación democrática existen ya en parte: conferencias de ciudadanos que permitan integrar de forma pluralista opiniones expertas al servicio de un debate democrático, presupuesto participativo (ver el formidable avance de la experiencia brasileña en Porto Alegre); evaluación de las políticas públicas, en cuanto a los procedimientos; emergencia de movimientos de ciudadanía y de una sociedad civil organizada, en cuanto a los agentes sociales. Se trata de reunir los trozos del puzzle aún dispersos, añadir otros aún por inventar, para construir un nivel superior de democracia que alíe, en vez de oponer, las funciones de representación, de deliberación y de participación. Iniciativas como la jornada del 30 de septiembre, coorganizada por Icare (Iniciativa de ciudadanía activa en redes) y los Estados generales de la ecología política participan de este intento, al igual que los esfuerzos de asociaciones como ATTAC para crear un nuevo tipo de vínculo con los representantes electos políticos y sindicales (5).

Una economía plural para escapar al totalitarismo del mercado

Una sociedad plural es también una sociedad en la que el propio campo económico es pluralista y donde los medios de cambio y las monedas (o cuasimonedas) favorecen esta pluralidad. Karl Polanyi ha demostrado la importancia, más allá del mercado, de otras dos formas de intercambio indispensables a toda sociedad: el vínculo político y el intercambio no mercantil organizado alrededor del espacio de la dádiva y de la reciprocidad (relaciones familiares, amorosas, amistosas, pero también toda organización basada en la libre elección de las personas asociadas). Toda sociedad que no reconoce el carácter irreductible de estos tres tipos de intercambio está gravemente desequilibrada y corre riesgo de implosión o de explosión. Los sistemas totalitarios con base política expresan la subordinación de lo económico y del vínculo social a lo político, mientras que el totalitarismo del sentido (regímenes teocráticos, por ejemplo), subordinan el espacio político y el económico a una forma de vínculo familiar global, donde a cada persona se la supone miembro de una comunidad creyente. Nuestra actual sociedad de mercado ilustra, naturalmente, el totalitarismo de base económica. Para decirlo de otra manera, toda sociedad debe responder a la pregunta: ¿cómo hacer sociedad tanto con personas que no se aman como con personas que se aman? La segunda pregunta, pese a las apariencias, es tan difícil de manejar como la primera, pues la energía emocional ligada a las afinidades electivas, empezando por la energía amorosa o la entrada en una sociedad soldada por valores, puede amenazar, por su intensidad, a los que le resultan extraños o transformarse en odio en su propio seno. En cuanto a la pregunta ¿cómo hacer sociedad con personas que no se aman? (en el sentido de la neutralidad afectiva), corresponde responder al mercado y al vínculo político. El interés del mercado reside precisamente en que permite el intercambio en situaciones de neutralidad afectiva. El vínculo político define una colectividad cuyos participantes no se han escogido mutuamente, salvo en el caso de la petición de nacionalidad. Si es desastroso reducir todo al mercado o a la política, también puede resultar democrático construir un orden en el que las personas estuviesen "obligadas a amarse". La mayor parte de los fracasos comunitarios proceden de ese error antropológico. Nos parece que la verdadera alternativa a la sociedad de mercado es una sociedad plural, y no una sociedad solidaria, pues la solidaridad no es más que una de las formas, por muy respetable e indispensable que sea, del vínculo social.

Esta alternativa a la forma particular de "totalitarismo con base económica" del que es ejemplo la sociedad de mercado, constituye para nuestras sociedades occidentales la cuestión prioritaria. Polanyi ha demostrado como la precedente experiencia de este tipo durante el siglo XIX, en la que el mundo de los negocios había logrado subordinar el vínculo político, preparó un fuerte retorno de lo político, pero bajo la forma regresiva de la guerra y del totalitarismo. Dado que estas tres funciones de intercambio son esenciales a todo vínculo social, su desaparición o subordinación es siempre provisional. Recíprocamente, su reaparición puede tomar a su vez formas desequilibradas y violentas. Hoy resulta capital evitar para nuestro propio ciclo histórico del "todo económico" un fin tan dramático como las dos guerras mundiales y los dos grandes hechos totalitarios del siglo XX, por lo que hay que oponer el modelo de una sociedad plural al modelo dominante de sociedad de mercado. En este marco, podría desarrollarse una economía plural que articule mercado, economía pública y economía social y solidaria.

Monedas plurales basadas en la confianza

La cuestión moneda no es reducible, en esta perspectiva, al nivel económico. Constituye, según la sugerente expresión de Jean-Michel Servet inspirada por Marcel Mauss, "un hecho social total" (6). Se puede incluso que decir que es una cuestión religiosa y política, antes que económica, como han demostrado los autores del bello libro La monnaie souveraine (7). Con la autonomización de lo económico respecto a lo político y lo religioso, parece que la moneda se inscribe, como en nuestras sociedades, solamente en el campo económico. Pero se trata de una pura ilusión óptica. En cuanto hay crisis, se vuelve al lado de la política para garantizar o restablecer el valor de las monedas. Pues las monedas, y todos los sistemas de cambio, se apoya sobre un frágil recurso: la confianza. No se puede intercambiar bienes y servicios a cambio de simples trozos de papel -o meras transferencias informatizadas- si no reina un mínimo de confianza, tanto respecto a los otros cambistas como respecto a la colectividad política que garantiza el valor de la moneda. Recordemos que la palabra "pagar" procede del latín pacare, hacer la paz. Si la desconfianza domina y la fuerza recupera un papel primordial, la moneda pierde su valor.

La paradoja es que, al mismo tiempo que la moneda se estructura en torno al eje confianza/paz teorizado por Montesquieu bajo el nombre de "dulce comercio", también se despliega sobre el eje desconfianza/guerra y se convierte entonces en portadora de la violencia de las relaciones sociales, como han demostrado Michel Aglietta y André Orléan en su libro La violence de la monnaie (8). ¿De dónde procede esta ambivalencia? Principalmente, del carácter abstracto de la moneda. Cuanto más universal se hace, cuanto más capaz de permitir la compra de cualquier bien o servicio en cualquier lugar e incluso en cualquier momento (función de reserva de valor que permite el ahorro), más se "deshumaniza" la moneda y termina por hacer olvidar que no posee ningún valor por sí misma, y que solamente los seres humanos, en su relación entre ellos mismos y con la naturaleza, son fuente de creación de valor. Entonces, la confianza cede su lugar a la desconfianza ante todos los que no poseen moneda: los insolventes, los pobres, en particular. Lejos de compensar la violencia subterránea de las relaciones sociales, la moneda se convierte en su vector: la riqueza va a la riqueza, las desigualdades aumentan, la guerra social amenaza...

Hace falta dar marcha atrás, al menos parcialmente, en la evolución hacia la abstracción y la universalización de la moneda, si se quiere "rehumanizarla". Eso es lo que hacen, a su manera, los sistemas de intercambios locales y todas las formas de cambio sobre la base de tiempos y saberes que tienen como puntos comunes el volver a dar prioridad al vínculo sobre el bien. Pero también es esa la función de las monedas con destino propio (el cheque-comida o los bonos de transporte) que limitan el intercambio en el tiempo (no se puede especular o acular con ellas) y a un tipo de bien particular. Estas monedas son un ejemplo de lo que Jacques Duboin había denominada "monedas de consumo" (9) y podrían tomar una considerable importancia con los soportes electrónicos, como la tarjeta monedero permitiendo especializar funciones monetarias sobre un soporte único de apariencia universal.

Como se ve, el reto de la pluralidad societal, económica y monetaria participa no solamente de decisiones públicas, sino también de la política de civilización" evocada por Edgar Morin.

Esperamos que, en Francia, la izquierda que se ha calificado como "plural" sea capaz de captar la amplitud de estos desafíos.

NOTAS

1. Karl Polanyi, La grande transformation, Gallimard, 1983.

2. Libération, 18/09/00.

3. Jean Chesneaux, Habiter le temps, Bayard, 1996. Paul Virilio, La procédure silence, Galilée, 2000. Vincent Glenn, "Chercer l'or du temps", TSC, nº 65.

4. Dominique Méda, Qu´est-ce que la richesse ?, Flammarion, 2000.

5. Transversales n° 64, textos preparatorios.

6. Jean-Michel Servet, entrevista en Alternatives économiques (especial dedicado a la moneda, hors-série n° 45, 3e trim. 2000).

7. La monnaie souveraine, dirigida por Michel Aglietta y André Orléan, Ed. Odile Jacob, Paris 1998.

8. Michel Aglietta, André Orléan, La violence de la monnaie, PUF, 1982.

9. André Gorz, "Etats-Unis, chronique d'une crise annoncé", TSC, 65.
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