Una bifurcación
peligrosa
Juan Manuel Vera
La guerra contra Irak no era inevitable. La creación de la situación
bélica fue un producto manufacturado por los halcones, los extremistas
que dominan la actual Administración norteamericana. La estrategia
belicista de Bush, con el auxilio entusiasta en Europa de Blair y Aznar, además
de provocar una catástrofe en Irak, ha llevado a una grave crisis
de las instituciones de la ONU y a una dislocación interna de la Unión
Europea.
Los aventureros han tenido éxito. Las condiciones políticas
que lo han hecho posible deben, por tanto, ser objeto de reflexión.
El gobierno norteamericano ha dilapidado en poco tiempo toda la sincera solidaridad
de los habitantes de muchos pueblos del mundo tras el 11-S. La extrema derecha
que gobierna en Estados Unidos está generando la mayor oleada de rechazo,
incluso de antiamericanismo, que se ha conocido. A la vergüenza de Guantánamo,
donde cientos de presos viven sin derechos, a la política de desprecio
a los derechos civiles, se unen ahora los efectos de una guerra absurda, con
numerosas víctimas.
Los gobernantes de los Estados Unidos representan hoy una potencia sin hegemonía
y la brutalidad y la simplificación como únicos recursos intelectuales.
La desmesura de Bush alentará en el futuro, desgraciadamente, otras
desmesuras. Sus excesos alimentarán otros excesos. Entre todos harán
un mundo peor.
Guerra y enajenación
El juego de las malas respuestas a planteamientos equivocados a veces adquiere
tintes siniestros. Ya lo sabemos. Pero también debemos ser conscientes
de que las consecuencias de los actos del presente pueden ser extraordinariamente
graves para el futuro.
No es un pacifismo absoluto e incondicional el que lleva a afirmar la enorme
gravedad de la actual situación. No toda guerra es injusta, ni innecesaria,
ni evitable, ni siempre la guerra es el peor de los males, como dicen los
tópicos. Pero estamos ante una guerra preventiva que no se ha hecho
para defender a una población amenazada de genocidio ni para defenderse
de una agresión.
Las justificaciones no justifican nada. Es cierto que Sadam Husein ha sido
un dictador y que nos gustaría un Irak democrático sin Sadam.
Pero, también, sin protectorados neocoloniales construidos sobre las
ruinas del país. Porque la guerra contra Irak es un ejemplo agresivo
que puede generar secuelas, además de ser un conflicto injusto, innecesario,
evitable. Y realmente parece muy dudoso, desgraciadamente, que tras la guerra
veamos un horizonte de libertad y estabilidad en Irak.
La guerra contra Irak representa, en algún sentido, el intento imposible
de retorno a las condiciones de la etapa imperialista propia del siglo XIX.
Sólo el enloquecimiento de unos mediocres parteros de la historia puede
impedirles percibir que estamos en un mundo radicalmente vivo, donde su actuación
provoca un amplio rechazo de una opinión pública universal
en formación, en la cual muchas conciencias no olvidan las experiencias
trágicas del siglo veinte, causadas por otros individuos (y grupos
de poder) mediocres, igualmente ambiciosos y necios, igualmente visionarios
y carentes de escrúpulos.
Los intereses económicos forman parte de la historia pero no explican
todo. El petróleo no es un argumento suficiente para explicar los comportamientos
políticos de la élite gobernante de Estados Unidos. Hay mucho
más. Hay una construcción ideológica, una visión
donde la religión, el nacionalismo de corte imperial y la fascinación
por la fuerza bruta tienen su propio protagonismo. Sin tener en cuenta esos
componentes fundamentales los hechos carecerían de lógica.
La enajenación es un componente de la alta política, como
nos recuerda la ominosa presencia de personajes como Hitler o Stalin en el
pasado. La opción militarista de los halcones del Pentágono
recuerda las políticas agresivas de la Unión Soviética
durante la guerra fría, aunque sin la existencia de bloques. Pero
una enorme fuerza militar sin una orientación constructiva del orden
internacional está destinada a una creciente y peligrosa impotencia
que puede ser trágica. Además, esa fuerza militar es muy peligrosa
pues su huida hacia delante podría tener consecuencias aún
más dañinas. Imaginemos intervenciones en Siria o Irán,
el desencadenamiento de una guerra entre India y Pakistán incentivada
por la desestabilización de la zona o una nueva guerra de Corea. Todas
esas son posibilidades abiertas actualmente. Por ello, hablar de enajenación
no es una disculpa, es simplemente la expresión de nuestra incomprensión
radical de su forma de ver el mundo y de sus acciones. Sólo unos enajenados
pueden haber diseñado un curso que desembocará inevitablemente
en un mundo peor.
Guerra y movilización
En medio de esta difícil situación la protesta ciudadana ha
alcanzado dimensiones históricas. Por primera vez hemos asistido a
una movilización global contra la guerra donde millones de personas
han expresado pacíficamente su voluntad.
Fueron especialmente importantes las movilizaciones de los días 18
de enero, 15 de febrero y 15 de marzo en Estados Unidos. Cientos de miles
de norteamericanos, a pesar de la inmensa manipulación informativa
de los grandes medios se manifestaron en San Francisco, Washington, Nueva
York y en cientos de ciudades más. Unas movilizaciones que representan
una importante respuesta a Bush en condiciones muy difíciles.
En Europa, la impresionante movilización de los jóvenes, de
los ciudadanos, de los trabajadores, representa un gran acontecimiento en
medio del desastre. Y lo es a pesar de que, como en todo gran movimiento social
existan rasgos contradictorios. La incorporación de una nueva generación
a la lucha contra la guerra es un salto cualitativo, aunque conlleve sus
inevitables dosis de confusión. En España se ha dejado sentir
un poder inédito de la ciudadanía que ha llevado a un enorme
rechazo social de las posiciones del Gobierno Aznar.
Esas movilizaciones son parte de una creciente conciencia planetaria del
crimen que se ha perpetrado contra las esperanzas de un nuevo orden internacional
más justo. Pero hay algo más que nadie quiere reconocer, que
da miedo reconocer por la carga política radical que conlleva. Digámoslo
claramente: millones de ciudadanos en todo el mundo han utilizado su movilización
para lanzar un mensaje político muy importante, la expresión
de su voluntad de influir y cambiar las opciones políticas de sus Gobiernos,
de evitar primero y de parar la guerra después, su voluntad de participar
en las decisiones que les afectan.
La bifurcación
Todos los caminos tienen un retorno aunque no siempre es posible ni fácil
volver atrás. El coste de desandar los pasos dados puede ser muy grande.
Individuos mezquinos e irresponsables como Aznar no son conscientes de ello,
pero sí lo son, cada vez más, millones de ciudadanos.
La evolución de los acontecimientos internacionales nos sitúa
ante una bifurcación peligrosa. La Historia ni es un ciclo que se repite
ni una línea ascendente que conduce hacia el progreso. Más bien
debemos verla como un camino lleno de encrucijadas en las cuales hay que
tomar decisiones que van a condicionar las direcciones posteriores. Los futuros
posibles son muy variados y no están determinados por ninguna corriente
predecible, sino por la interconexión de las acciones humanas.
La política de Bush ha conseguido crear un nuevo escenario marcado
por el unilateralismo de los Estados Unidos. La guerra contra Irak muestra
las consecuencias de esa orientación, y también los peligros
pavorosos que amenazan a una humanidad en la cual el poder financiero y de
las grandes compañías carecen de control y pueden alimentar
mecanismos irresponsables de dominio.
En esta peligrosa bifurcación histórica en la que estamos
inmersos se hace patente la crisis de legitimidad democrática que
acecha a los regímenes occidentales. La dominación oligárquica
de la política, de los negocios, de los grandes medios financieros
y de la comunicación global tiende a ser cada vez menos compatible
con el resurgir de la ciudadanía.
La democracia electoral debe abrirse a nuevas formas de participación
ciudadana que hagan que la democracia (sin apellidos) crezca y sea más
sensible a las acciones y a las ideas de la gente. La democratización
de la comunicación, de la economía, de la política del
mundo global, son una cuestión de supervivencia para evitar el poder
de un reducido círculo de seres irresponsables y necios. Nada asegura
que una ciudadanía madura acierte en sus decisiones, pero mucho más
improbable es creer que es posible un mundo en paz y libertad gobernado por
individuos como Rumsfeld, Cheney o Bush.
Las sociedades occidentales están ante una bifurcación. Lo
más reaccionario y cruel de la oligarquía dominante en el país
más poderoso del mundo ha emprendido un camino de muerte y negocio,
de unilateralismo y miedo a la libertad. Hay otra posibilidad todavía,
la que lleva a profundizar en la democracia, a convertir a los ciudadanos
en los protagonistas de su destino y rechazar la amenaza de un mundo oligarquizado
en la política e inseguro y cruel hasta la náusea. Para ello
hay que conseguir abandonar rápidamente la ruta emprendida.
La mundialización capitalista ha perdido definitivamente la virginidad.
La conexión entre capitalismo, guerra y restricciones a la democracia
empiezan a ser evidentes para una nueva generación que entra en la
lucha política. En esta fase, desdichadamente, los primeros perdedores
son los valores consustanciales a la democracia americana y europea. ¿Cómo
el Occidente que representa Bush podría ser un ejemplo para las gentes
del Tercer Mundo, que sienten repugnancia ante su cinismo y su crueldad? ¿Estamos
avanzando o realmente retrocediendo en la capacidad de muchas naciones para
librarse de sus sátrapas y sus dictadores y en eliminar las castas
antimodernas que les dominan o quieren dominarles? En mi opinión los
halcones americanos se revelan como los mejores aliados de los integristas
islámicos y de todas las iras antidemocráticas. Todos los enemigos
de la democracia parecen unirse contra la esperanza de que otro mundo es posible.
Madrid, 1 de abril de 2003