Patrick Viveret, autor del informe sobre “los nuevos
factores de riqueza”Publicado en TRANSVERSALES SCIENCE CULTURE 1, nueva serie,
primer trimestre 2002.
Una de las definiciones más clásicas de economía fue
dada por Lionel Robbins en sus Ensayos sobre la naturaleza y significación
de la ciencia económica: “La economía, escribió, es la
ciencia que estudia el comportamiento humano en tanto que relación
entre fines y medios escasos y susceptibles de usos alternativos” y
“es absolutamente neutra respecto a los fines” ya sean éstos “nobles
o viles”. La cuestión de la escasez es por lo tanto central en la economía,
y esta primacía de la escasez se encuentra en el núcleo de
la definición económica de valor: lo que es escaso es caro,
y lo segundo es en gran parte consecuencia de lo primero. El razonamiento
parece así encadenarse con gran coherencia: 1) el ser humano se enfrenta
con la escasez de recursos naturales; 2) para sobrevivir, debe, a través
de su trabajo, transformar la naturaleza y producir recursos artificiales;
3) sobre la base de su participación en dicha producción, recibirá
una parte de la riqueza así creada; 4) la invención de la moneda
permite que este reparto, en vez de depender del incómodo mecanismo
del trueque, se haga de golpe mucho más fluido y general; y 5) este
conjunto vital de actividades no tiene nada que ver con la ética.
Como este razonamiento parece a la vez coherente y lleno de sentido común,
hemos perdido la costumbre de examinarlo de cerca. Sin embargo, hemos entrado
en un periodo histórico en el que este re-examen es tanto más
necesario cuanto que los problemas que la humanidad debe resolver son cada
vez en menor medida problemas de producción y en mayor medida cuestiones
ecológicas y sociales. Esto es cierto hasta la evidencia para nuestras
sociedades materialmente sobredesarrolladas, en las que la mayor parte de
los problemas llamados de producción son, de hecho, problemas de sobreproducción
en la agricultura o la industria. La conversión en barbecho de tierras
agrícolas o las reconversiones masivas en sectores como la siderurgia
lo han demostrado ampliamente en los últimos veinte años. Pero,
al contrario de lo que podría parecer, esto es cierto también
a escala planetaria. No faltan recursos para satisfacer las necesidades vitales
de seis mil millones de seres humanos. Las cifras del PNUD (Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo) son a este respecto tristemente elocuentes
(1): serían necesarios alrededor de 40.000 millones de dólares
anuales para erradicar el hambre, permitir el acceso al agua potable para
todos los seres humanos, darles un techo y luchar contra las grandes epidemias,
que en gran parte podríamos prevenir o tratar. Pero la comunidad internacional
no alcanza a reunir estos cuarenta mil millones. En cambio, alcanza
a gastarse diez veces esa cantidad sólo en publicidad.
Lo que es verdad a escala global es verdad también cuando se establecen
comparaciones partida por partida. Por ejemplo, harían falta 13.000
millones de dólares para cubrir las demandas nutricionales y sanitarias
básicas; no se consigue reunirlos, pero se gastan cada año en
Europa y en América del Norte 17.000 millones de dólares en
la alimentación de mascotas.
Si el origen de los males de los que sufre la humanidad no es la escasez
de recursos monetarios, ¿podríamos decir que lo es la escasez
de recursos físicos? De nuevo aquí nos encontramos con una paradoja.
En primer lugar, cuando tal es efectivamente el caso, es la ecología,
mucho más que la economía, la que nos lleva a tener en cuenta
este problema. Allí donde la economía ha tratado a la naturaleza
como un simple factor de producción inerte e inagotable, ha sido la
ecología la que nos ha alertado sobre los riesgos que el productivismo
industrial o agrícola produce sobre los recursos no renovables. En
segundo lugar, en la mayor parte de los casos, no es la escasez sino la abundancia
lo que caracteriza a la naturaleza. Pensemos en la abundancia de especies,
de seres, y, en general, en la formidable variedad que muestra la vida. En
cuanto a la subsistencia, los dos principales recursos que necesitan los seres
vivos para sobrevivir (no solamente los humanos) son, antes que el alimento,
el aire y el agua. Lo característico de ambos es que son abundantes
y gratuitos (aunque, en el caso del agua, estén desigualmente repartidos),
y precisamente por eso la economía se ha negado a atribuirles valor.
Paradójicamente, sólo lo adquieren cuando están contaminados
o en vías de destrucción, puesto que entonces hay que integrar
sus costes de descontaminación o de sustitución (pensemos en
el mercado del agua mineral). Además, incluso cuando se trata de escasez
física (desertización, por ejemplo) siempre les es posible
a los humanos emplear sus recursos de inteligencia para transformar
la naturaleza (por ejemplo, irrigando la tierra, cavando pozos, desalando
el agua del mar...), desplazarse o compartir los recursos escasos. Cualquiera
que sea el lado desde el que examinamos el problema, es la dureza de corazón
la que más produce la escasez por efecto de la acumulación de
los recursos para el provecho de algunos humanos y en detrimento de otros
(2). Y esta dureza viene a la vez del miedo y de la dominación. El
temor a fracasar conduce a almacenar y a acumular recursos por miedo al porvenir,
y a transformar los recursos presentes, suficientes para todos, en abundancia
futura para unos y escasez para los demás. La dominación es
frecuentemente la otra cara de este miedo. Acumulando y acaparando, algunos
adquieren un enorme poder de vida o muerte sobre otros. Entonces la ley se
convierte en: si quieres sobrevivir, obedece a mi poder, porque soy yo quien
te dará acceso a la comida. De modo que la economía, en lugar
de aplicarse a producir más riqueza para reducir la escasez, a menudo
se dedica -para preservar la riqueza de los ricos- a producir escasez en situación
de abundancia. Las astucias del “mercado” no son forzosamente las de la razón...
Nada resume mejor esta paradoja trágica que la situación de
miseria en el corazón de la abundancia. Ahí donde la moneda
tenía como misión facilitar y multiplicar los intercambios
y actividades, la ausencia de moneda coloca a una parte de los humanos, que
sin embargo desean intercambiar y producir riqueza, en situación de
impotencia.
Vayamos más lejos aún en la reflexión sobre esta paradoja
de la economía y la moneda: según el estado actual de nuestros
conocimientos, la vida sobre la tierra tiene tres millones y medio de años,
Homo erectus dos millones de años, el tan mal llamado sapiens sapiens
cien mil años. La economía como tal fue inventada por los griegos
hace solamente dos mil quinientos años. En cuanto a la moneda, cuyo
origen no se conoce bien, es probablemente anterior a la economía,
pero no puede serlo al lenguaje. Se impone por tanto una primera constatación:
la vida no ha nacido de la economía ni de la moneda, y ha ido haciendo
su camino a pesar de las condiciones poco hospitalarias de un universo esencialmente
mineral. No es pues la escasez lo que ha convertido en necesaria a la economía.
De hecho, la moneda, después la economía, y todavía después
esta invención extremadamente reciente de la moneda como dominante
económico, lo que podríamos llamar “moneda de mercado”, que
nos parece hoy en día como la sangre y los nervios de nuestras sociedades,
estas cosas son hechos sociales que suponen un nivel de consciencia y de
lenguaje extremadamente desarrollados. Si han sobrevenido es porque los humanos
han adquirido, al mismo tiempo que la conciencia de la muerte, la de su alteridad
respecto a la naturaleza y respecto al otro. En esta difícil conciencia
de extrañeza nacieron primeramente las formas religiosas, después
las formas políticas y muy recientemente las formas económicas
de relación con la naturaleza y con los otros. Y estas formas tienen
en común el que tienen que responder no a la cuestión de la
escasez sino a la de la violencia interhumana, que es de naturaleza distinta
a la violencia interanimal. Esta última es regulada por la necesidad
y se apacigua con su satisfacción. La violencia interhumana es hija
del miedo y del deseo, que son los productos de la conciencia de la muerte,
y es mucho más difícil de contener porque a diferencia de la
necesidad autorregulada por la satisfacción, el deseo y su reverso,
la angustia, no tienen otro límite que la muerte misma.
Así, la mayor parte de las “invenciones” de Homo sapiens demens tienen
la característica de intentar satisfacer este anhelo bajo sus diferentes
formas emocionales y pasionales. Eso es lo que permite a los hombres desear
las montañas, en sentido propio y figurado, y es también lo
que está en el origen de la matanza encarnizada, fenómeno desconocido
del reino animal. Transformará la sexualidad y la hará trasladarse
del dominio de la reproducción al de la relación amorosa. Pero
son también las heridas del amor las que están en la raíz
de esas actitudes ignoradas por otros animales, el asesinato y el suicidio.
¿Cómo tratar con este cosmos que se presenta también
como caos, cómo hacer con el otro, conmigo mismo? Estas tres preguntas
radicales que emergen con la aparición de la consciencia están
probablemente en el origen del primer hecho social propio de nuestra especie:
el hecho religioso. Imponiendo nombre a las angustias nacidas de estas fuerzas
inmensas que le dominan, permitiéndole amansar a la muerte (y a los
muertos, en primer lugar), estableciendo un vínculo posible entre las
energías naturales que le rodean y las energías interiores que
le sacuden emocionalmente, lo religioso permite construir un principio de
sentido frente a lo temible: el caos del universo y el caos de sus pasiones.
Gracias a mitos y a dioses, se puede comenzar a construir una respuesta posible
a las tres preguntas de la consciencia:
- Detrás de la violencia del caos de la naturaleza, hay un cosmos
ordenado.
- Si soñamos con los mismos dioses, si creemos en los mismos mitos,
el miedo a la naturaleza, y también el miedo a los otros, pueden ceder
el sitio a un espacio pacificado.
- Esta pacificación puede también llegar a mi caos interior,
ordenarlo, volverme más sereno y capaz de explotar esta formidable
herramienta de observación, de descubrimiento y de invención
que es mi cerebro.
Lo político nacerá mucho más tarde; una política
al principio, antes de emanciparse, hija de lo religioso. Que se apropiará
de la moneda, cuyo origen, relacionado con el sacrificio, parece haber sido
religioso. La mayor parte de los términos empleados para las monedas
tienen por origen etimológico nombres de animales: podemos suponer
que antes de denominar la riqueza de los rebaños, se referían
al animal destinado al sacrificio religioso. En todo caso, ésta es
una de las hipótesis que podemos formular tras la lectura de la notable
obra colectiva que se remonta a los orígenes de la moneda, dirigida
por Michel Aglietta y André Orlean: La Moneda Soberana (3).
Lo político se sentirá suficientemente fuerte para inventar
otra respuesta al problema de la violencia interhumana: la de la construcción
de una autoridad, que sigue siendo trascendente, pero ahora humana. El que
domina desde arriba ha cambiado de naturaleza. Hay que seguir obedeciendo,
pero cada vez menos a los dioses y sus profetas y cada vez más a los
jefes, a los faraones, a los príncipes. Entonces se inventan la ciudad,
el imperio, el Estado y su característica común, que es la
de pacificar el interior de la comunidad exportando su violencia hacia el
exterior: el extranjero, el bárbaro, el infiel… La moneda expresa
estas dos caras: la de la autoridad y la de la comunidad. Está diciendo
que en el seno de la comunidad la paz debe reinar y que la guerra está
reservada al exterior. El latín pacare expresará esta cualidad,
pues siendo el origen de la palabra pagar tiene la misma raíz que pacificar.
Para que nazca la economía, tienen que darse varias condiciones, y
en primer lugar la fundamental entre ellas: una pacificación mínima,
sin la cual no se puede ni emprender la construcción de las “casas”
dentro de las que se pueda intercambiar y empezar a producir.
Este oikos-nomos, esta organización de la casa que inventaron los
griegos, sólo es posible porque el miedo a la naturaleza y a los dioses
se ha apaciguado y la ciudad ha organizado un mínimo de paz. Pero está
aún totalmente subordinada y es secundaria respecto a lo religioso
y a lo político, como, por otra parte, seguirá estando en todas
las otras civilizaciones a excepción de la nuestra, llamada occidental.
Como lo mostrará Albert Hirschmann en Les passions et les intérêts
(4), la economía y la moneda son “astucias de la razón”
para tratar, otra vez y siempre, la cuestión de las pasiones humanas.
Si hay algo de autenticidad en la dinámica de las sociedades de mercado,
es el intentar reducir las fuentes de violencia que han hecho surgir también
lo religioso y lo político. Pero la economía a su vez, como
lo religioso y lo político, como la ciencia y la técnica, será
el vector de un retorno de la violencia. Porque aunque es útil construir
un espacio donde los humanos puedan hacer intercambios sin tenerse aprecio,
y es eso lo que constituye la justificación antropológica del
mercado, no es suficiente para tratar el problema siempre renovado de la dificultad
del amor, de “ce pauvre et terrible amour” de los humanos del que habla magníficamente
Albert Camus en La peste.
En consecuencia, la economía se convierte por sí misma en
fuente de guerra; los conflictos de intereses vuelven a ser vector de violencias
pasionales, la moneda desacoplada ya de lo religioso, y en lo sucesivo de
lo político, no es ya “ un velo del intercambio“ (Jean-Baptiste Say),
sino un sustituto del intercambio mismo; valorizándose, desvaloriza
a los humanos y a la naturaleza, y se convierte en violenta ella misma. Se
produce entonces el fenómeno de “fetichización” precisamente
analizado por Marx. De forma amplificada, nosotros volvemos a encontrar la
misma deriva en nuestras sociedades. ¡Qué ejemplo más
claro que el de ese amigo, indispuesto durante un viaje a los EE.UU., que
oyó como le preguntaban, en la camilla de la sala de espera de urgencias
del hospital: “¿Tiene usted tarjeta de crédito?”! Aquí
la sociedad de mercado opera su cotidiana inversión de sentido. Mientras
todas las señales que vemos nos dicen que ese ser es un humano que
sufre y que es preciso cuidarlo, la sociedad de mercado necesita otro indicador:
¿es un cliente solvente? . El desbarre puede venir además de
lo político: “¿Este individuo tiene papeles?”. Así no
nos libraremos de la cuestión central de la humanidad, que es la dificultad
doble que resulta de su relación con la naturaleza (su fundamento ecológico)
y de su naturaleza (su fundamento antropológico). Y en el segundo
caso, la cuestión del desamor es desde luego la central.
Esta especie no se quiere. Ni entre sus miembros, ni dentro de cada individuo,
ni incluso como especie. Este es el problema crucial que debemos afrontar,
y dejar de intentar reducirlo o rodearlo. Detrás de la apuesta
por una mirada nueva sobre la riqueza, detrás de los debates sobre
las otras maneras de cuantificarla, está más fundamentalmente
esta cuestión: ¿cómo ayudar a los humanos a salir de
la guerra, a vivir mejor en paz? Pero no puede afrontarse seriamente más
que si dejamos de partir a priori de la idea de que el ser humano es una pura
calculadora racional conforme al modelo teórico del Homo economicus.
Sólo remontándonos a los manantiales de su deseo, su angustia
y sus pasiones podremos desplazar el trayecto de nuestra especie “sapiens
demens”, por retomar la sugestiva expresión de Edgar Morin, hacia un
poco más de sabiduría y un poco menos de demencia. Pensar de
nuevo la economía contemporánea a la luz de la ecología
y de la antropología, tal es el envite del desarrollo humano.
NOTAS
(1) Del informe del PNUD de 1998: Las 225 mayores fortunas
del mundo representan un total de más de un billón de dólares,
es decir, el equivalente a la renta anual del 47% más pobre de la
población mundial. Las tres personas más ricas del mundo tienen
una fortuna superior a al PIB total de los 48 países más pobres.
El acceso a los servicios sociales básicos -el coste de la implantación
y mantenimiento de un acceso universal a la educación y atención
sanitaria básicas, a alimentación adecuada, al agua potable,
a infraestructuras sanitarias- se estima en 40.000 millones de dólares
anuales. Sólo los gastos en publicidad son 400.000 millones de dólares.
La comparación del coste adicional anual que tendría el acceso
universal a los servicios sociales con determinados gastos de consumo nos
sirve para constatar que existen recursos abundantes que podrían detraerse
a favor del desarrollo humano. Las comparaciones no tienen más valor
que el de ejemplo, pero ilustran de forma contundente la utilización
que se hace de los recursos del planeta.
(2) Así es como va el mundo: Por cada veinte personas que gozan de
todos los aspectos de confort material, cultural y médico, 80 vegetan
en la indigencia y la exclusión. Los países del G7, que representan
el 12,5% de la población mundial, controlan el 64% del PNB mundial,
y 900 millones de personas (1/3 de la población mundial) están
sin empleo. En Africa, la población aumenta al 2,9% anual, y cada año
llegan al mercado de trabajo 8 millones de demandantes de empleo.
(3) Michel Aglietta y André Orlean: La Monnaie souveraine, Odile
Jacob, 1998
(4) Albert Hirschmann: Les passions et les intérêts, PUF, 2001