El mundo está en
la calle y otros textos sobre la guerra colonial en Irak
Wu Ming
Texto publicados en Carta (http://www.carta.org), escritos por el colectivo Wu Ming
(http://www.wumingfoundation.com).
Traducción realizada de Iniciativa Socialista (http://www.inisoc.org), revisada
por Wu Ming.
Los textos de Wu Ming se publican bajo la fórmula de copyleft,
permitiéndose su libre reproducción por cualquier medio siempre
y cuando su circulación sea sin ánimo de lucro y esta indicación
se mantenga.
La misma fórmula se aplica a esta traducción.
El mundo está
en la calle: Ir
La victoria imposible: Ir
El otro nuevo orden mundial: Ir
27 marzo - 2 abril
El mundo está en la calle
Wu Ming
Hay que evitar un riesgo, mientras caen las bombas y los tanques avanzan
por el desierto. Hay un exorcismo por hacer. Más que político,
quizá sea un imperativo psíquico: oponer resistencia al culatazo
de lo peor sobre nuestras mentes. Evitar la depresión, la desesperación,
el desaliento. Difícil, pero imprescindible.
El mayor movimiento de opiniones, ideas y cuerpos en la historia reciente
tiene ante él una tarea titánica, y hasta ahora ha dado pruebas
de encontrarse a su altura, por encima de las mejores expectativas. Y debe
seguir siendo así.
La guerra que la administración Bush y sus aliados nos han prometido,
la guerra que han declarado al mundo, a las instituciones internacionales,
al movimiento de movimientos, no termina en Irak. Es un proyecto político
de largo alcance. Es necesario, por tanto, estar preparados para una lucha
larga y duradera, sin cuartel, entre dos superpoderes que usan armas y estrategias
diferentes, opuestas, una lucha que, indisolublemente, va a marcar las
primeras décadas de este siglo. La fuerza de la razón, de
lo compartido, del diálogo, contra la unidimensionalidad del beneficio,
de la guerra, de la imposición.
Aquellos que sobreviven a las guerras, que logran derrotarlas consiguiendo,
simplemente, no sucumbir, son aquellos que pese a todo no renuncian a la
vida, los que mantienen el convencimiento de que entre matar y morir existe
una tercera opción: vivir. Esto vale también para quien no
tiene bombarderos sobre la cabeza y para quien está aquí. Y
en tiempos de guerra, vivir significa luchar tenazmente, aún más,
si es posible, que hasta ahora. Teniendo presente, en primer lugar, un dato
importante: la administración Bush y sus aliados marchan renqueantes,
mutilados. Marchan solos.
Las luchas políticas y sociales de los dos últimos años
han producido una discontinuidad instituyente con la última década
del siglo pasado. El resultado es que, salvo una cuadrilla de vacilantes
gobiernos, nadie en todo el mundo avala la guerra de Bush, por la simple
razón de que todos han entendido que es una guerra contra el mundo
entero. Un puñado de gobernantes despreciables sin nada que perder
han elegido subirse al carro del más fuerte. Han apostado por un caballo
tejano, que promete grandes recompensas para los amigos y una vida difícil
para los enemigos.
Nosotros debemos apostar en contra suya. Porque la administración
Bush y sus aliados en esta guerra van a perderla. No perderán en
Irak, ni sobre el campo de batalla. Militarmente son los más fuertes.
Perderán porque han escogido cerrar filas ellos solos contra el planeta.
Ahora bien, cuánto tiempo tardarán en perder esta guerra depende
también, y mucho, de nosotros. De nuestra capacidad para no caer en
el abatimiento, de nuestra capacidad para seguir presionando a los gobiernos,
los parlamentos, las instituciones internacionales. De nuestra capacidad
para empujarles, condicionarles, infiltrarles desde abajo. De nuestra capacidad
para seguir siendo e creando lo que somos: multitud constituyente de otro
mundo posible y necesario.
Más eso no será suficiente. Será necesario lanzar
paletadas de arena en los engranajes de la máquina de guerra. Bloquear
los países. Desertar de la producción.
Y eso tampoco será suficiente. Infatigablemente, tendremos que
seguir pensando y construyendo modelos, experimentos sociales compartidos,
espacios abiertos a la participación, batallas de opinión
culturalmente hegemónicas. Ahora más que nunca. Y tendremos
que hacerlo aprovechando el espacio político europeo surgido por
primera vez el 15 de febrero, un espacio poblado por la sociedad civil continental
y no sólo por banqueros y policías de frontera. Un espacio
por el que hay que volver a caminar, como si fuese una nueva tierra a descubrir
y recorrer de nuevo.
Aún no es suficiente. Los gobiernos belicistas están ya
en tanganillas. Nos corresponde darles el empujón definitivo. Y
esto vale también para Bush hijo, que fue elegido presidente gracias
a desacreditados manejos electorales y que todavía conserva su cargo
gracias al 11 de septiembre. América no está con él.
Desde los activistas por la paz aplastados por las excavadoras israelíes
hasta las superpagadas estrellas de Hollywood, sólo se respira desaprobación
hacia su línea de gobierno. No hay un intelectual americano que se
haya dejado reclutar para su cruzada.
Los misiles llueven sobre Bagdad, edificios en llamas tras los ojos
cerrados de un enviado especial que va cuajando la desinformación
de guerra. "Todo va bien, todo va bien, no se siente el hedor", las tertulias
bélicas, entre carcajadas, expanden melaza, enrolan a todo tipo
de lameculos, dan crédito a cualquier bulo prefabricado. Todo resulta
inútil, el mundo está en la calle, desertando de la guerra
catódica, para encontrarse con sus semejantes en las plazas, para
pensar en algo mejor que pueda ser hecho, para transformarse en el mayor
medio de comunicación de masas que haya conocido la historia de la
humanidad. No en nuestro nombre, ni siquiera en el de su presunto dios blasfemo.
Aislados, desesperados, peligrosos, sentados sobre el gigantesco polvorín
de una alocada voluntad de potencia. Sin tener a su lado nada más
que a una pobrecita peluquera forzada a realizar un maquillaje imposible
y a una cámara de televisión ante la que hacer muecas dementes
antes de anunciar el ataque.
¿Cómo era aquel lema?: "Vosotros sois ocho, nosotros somos
seis mil millones".
9/16 abril 2003
La victoria imposible
Wu Ming 3
Con el corazón en la garganta, se espera la batalla de Bagdad.
El tiempo del OK Corral ha sido ya fijado por los vaqueros sentados en
el despacho oval, para alegría de sus colegas que dirigen los medios
de comunicación de masas occidentales. Cuando estas líneas,
parciales e insuficientes, sean leídas, la batalla será feroz
(¿calle a calle, casa a casa, alcantarilla a alcantarilla?), o podría
estar ya terminada si hacemos caso a los optimistas (el optimismo necrófilo
de analistas y comentaristas). No antes, sin embargo, de haber agregado
otras cargas de horror e indecible sufrimiento a la población civil.
Otras pruebas inconfundibles de la etapa paranoide y terminal de una civilización
moribunda.
Mientras, la desinformación se desencadena. Todo marcha según
los planes. ¿Pero cuáles son los planes?
Los vaqueros con estrellas y condecoraciones dicen que esperemos, que
tengamos confianza, algunos días o semanas más y todo habrá
terminado, con el objetivo alcanzado.
Los vaqueros en el despacho oval nos dicen que esperemos, que tengamos
confianza, que en una década, dos como máximo, todo habrá
terminado, y el objetivo habrá sido alcanzado.
Unos y otros, sin embargo, hablan de la misma cosa, lamentablemente.
Después de Irak, Siria e Irán, después Jordania, Arabia
Saudita, Egipto, Libia... Una gran Palestina para un gran Israel. Debemos
esperar y tener confianza.
Pero la espera no es amiga de las certezas, siembra dudas proporcionales
a su duración, va dejando a lo largo del recorrido preguntas que
no favorecen la moral de las tropas, en el campo de batalla o en casa, incluyendo
a los regimientos de la información que se acuestan ("embedded",
incrustrados, dicen) con el ejército angloamericano. Y entonces esperamos,
dejándonos revolver de arriba abajo por las dudas, interceptando las
preguntas pendientes, intentando hacerlas resonar, primero, dentro de nosotros
mismos y, después, fuera.
A la luz de cuanto hemos visto y vivido en el curso del siglo muy recientemente
concluido, ¿es todavía posible "ganar una guerra"?
Al menos desde el final de la segunda guerra mundial, la evidencia de
un mundo en el que la realidad ha sufrido una mutación radical e
irreversible ha provocado la quiebra de las certezas, o las ilusiones, de
von Clausewitz, teórico del "arte" occidental de hacer la guerra,
cuyos dictámenes han sido seguidos para estudiar y para librar las
batallas de los dos últimos siglos. Después de Dresde e Hiroshima,
ha quedado demostrada para siempre la trágica insuficiencia de la
idea de una guerra llevada a cabo solamente por "profesionales", ejército
frente a ejército, buscando por ambos bandos una preponderante superioridad
sobre el enemigo. Y es ya evidente la hipocresía homicida de los partidarios
de un tecnicismo bélico y militar, impermeable a la sociedad "de los
civiles ".
El otro pilar teórico del discurso de Clausewitz, la idea del
choque campal decisivo, la batalla definitiva que decide la suerte de la
guerra, ha quedado hecha pedazos frente a las evidencias de la historia
reciente.
¿Cuándo finalizan las guerras contemporáneas? ¿Cuáles
y cuántas de las guerras libradas durante la segunda mitad del siglo
XX pueden considerarse concluidas militar y políticamente?
No la guerra de Corea, para comenzar por uno de los conflictos más
antiguos, que arrastra sus consecuencias por décadas y se replantea
sobre el escenario internacional como futura etapa, a su debido tiempo,
de la aproximación al gran choque con China.
No, ciertamente, el conflicto de Oriente Medio que siguió a la
formación del estado de Israel, que más bien parece convertirse
en modelo de una posible gestión del carácter crónico
de la guerra. La guerra que se transforma en ambiente cotidiano y habitado,
dato de hecho, estado de cosas que militariza toda la sociedad y refunda
un pacto social perverso basado sobre la existencia del enemigo dentro
de casa.
Y de ninguna forma podemos declarar concluidos los mataderos africanos,
diseminados por todos los rincones del continente y por cada oscuro desfiladero
de nuestro oeste. La península indochina no deja de sufrir. India
y Paquistán se enfrentan a través de la disuasión nuclear,
el terrorismo y un gota a gota de choques fronterizos diarios. Los Balcanes
viajan sobre equilibrios de cartón piedra y homicidios mafiosos
de jefes de Estado. En Chechenia o Afganistán, el conflicto se ha
hecho endémico de forma ya no reversible.
La primera guerra del Golfo, la de Bush padre, aún basada en
un escenario clausewitziano, la gran batalla campal en el desierto, no
llevó a ningún resultado por el solo hecho de que Sadam no
la reconoció, desinteresado por las pérdidas materiales sufridas.
Los Estados Unidos, por su parte, no pudieron terminarla, para no violar
groseramente el mandato dado por la ONU a la coalición beligerante.
Hoy, para intentar cerrar ese capítulo, se abre la caja de Pandora
del mundo al día siguiente de la ruptura de todo tipo de derecho
internacional.
Pero hay una guerra que ha concluido con un claro veredicto y con claros
vencedores. Se trata de la que, temiendo o deseando que la Cuarta esté
comenzando, se ha denominado "Tercera Guerra Mundial": la guerra fría,
que ha marcado con su sello a todos los otros conflictos militares, incorporándolos
a una dinámica mucho más compleja y estratificada. No obstante,
los vencedores indiscutibles del último y único conflicto
concluido, deben hacer frente, más que nunca, al legado envenenado
de esa misma victoria: los enemigos hoy son, en buen aparte, los amigos de
ayer (Sadam, Bin Laden), mientras que los viejos enemigos convertidos en
aliados ("mi amigo Vladimir") traman en la sombra y apuestan sobre todas las
mesas, tanto da que sean lícitas o ilícitas.
De esto se deriva que actualmente el éxito de la guerra y su
posibilidad de análisis dependen mucho más de la concepción
oriental, que ve la guerra como campo del engaño antes que como
campo de la fuerza, un campo en el que se gana sin la batalla decisiva,
o donde incluso se puede vencer sin combatir. Las teorías del estratega
prusiano saltan hechas pedazos frente a las evidencias de un mundo complejo
y globalmente entrelazado, y con ellas decaen también sus temas principales.
Por lo tanto, la guerra no es "la continuación de la política
por otros medios". La guerra es la guerra. Una actividad humana, la más
brutal, y, ante todo, una visión del mundo.
La ruptura vertical del frágil orden posterior a la guerra fría
fundado sobre el derecho internacional presupone exactamente la voluntad
monocrática e imperial de un puñado de golpistas tejanos decidida
a fundar un nuevo orden encarnado sobre el miedo y la guerra como visión
del mundo.
En un tiempo en el que ninguna guerra puede ser ganada y menos aún
concluida, esta acción debe considerarse, al menos, como doblemente
criminal.
La oposición multitudinaria y mundial al conflicto en curso atrae
las ironías y las mofas de sus detractores "inteligentes", a causa
de la opción pacifista intransigente, considerada como no realista,
ingenua, utópica y por lo tanto perjudicial. No practicable y no
propositiva. Pero, una vez más, se verán obligados a cambiar
de opinión y a inclinarse ante la mirada profunda de este nuevo gigante
que se muestra sobre la escena mundial, el único capaz de alcanzar
la esencia de la verdad ensamblando mil millones de mentes.
"El realismo" de rechazo a la guerra, como forma de conocimiento renovado,
como instinto de supervivencia de la especie, muy pronto aparecerá
como el único antídoto posible a la infección mortal
que se está propagando.
James Woolsey, ex-jefe de la CIA, con indudables misiones de gobierno
en el Irak post-Sadam, nos preanuncia satisfecho tres o cuatro lustros
de sangre. Quién sabe si es consciente de que una inevitable y trágica
derrota se dirige corriendo a estrellarse contra la risa sarcástica
del depredador.
En cuanto a nosotros, multitud atemorizada pero decidida, el tiempo
y las modalidades de esta derrota, en la medida que sepamos ser protagonistas
y no víctimas, serán las condiciones de nuestra supervivencia
y de la supervivencia del propio planeta.
17/23 abril 2003
El otro nuevo orden mundial
Wu Ming 3 y Wu Ming 4
Ante el horror de las imágenes de los niños mutilados,
ante las noticias de los pillajes, de los ajustes de cuentas calle por calle,
linchamientos, marines que disparan sobre niños a los que toman por
kamikazes, ante todo esto resulta, como mínimo, grotesco escuchar
que "la guerra ha terminado". Ganada y terminada.
Esto es simplemente un ensayo de la "afganificación" de Irak.
Ignoramos (aunque sea fácil imaginárselo) cuáles podría
ser los costes humanos y políticos de la gestión de este "después"
del que tanto se alardea. Y tenemos la sospecha fundada de que también
lo ignoran los enloquecidos tejanos que se sientan en la sala de los botones
de Washington. O que carecen de cualquier capacidad para evaluarlos.
Los planes anunciados por la administración Bush para Irak prevén
un protectorado militar y político, con el propósito de proteger
los intereses estadounidenses en la región. Al lado de los ministros-generales
estadounidenses tendrá que alinearse una batería de diplomáticos
iraquíes retornados del exilio, gente que no pisa el país
desde hace treinta años. Bustos de madera que ofrecerán una
apariencia de democracia exportada. El mismo papel cubierto por Karzai en
Afganistán, un hombre-imagen que no gobierna el país y que
da vueltas por Kabul (en verdad, por la parte de Kabul de la que, como mucho,
podría considerársele Alcalde), escoltado por marines para
evitar ser masacrado en el camino, como ya ha ocurrido con varios ministros
de su gobierno fantoche. También allí la guerra ha terminado.
También allí la guerra continúa.
Lo que Bush y sus socios ignoran es que los imperios coloniales no se
construyen sólo con potencia de fuego y propaganda. El último
imperio, el británico, no sólo contaba con la preponderancia
militar y con una ideología, sino también con el conocimiento.
El gang de los tejanos, no. Más bien rezuma ignorancia por todos
sus poros. Las consecuencias pueden verse a simple vista.
También el imperio británico se autoasignaba un papel
civilizador en los países "atrasados". La retórica que guió
la sangrienta conquista de medio mundo por los ingleses no era muy diferente
de la que ostentan hoy Bush y sus socios. No se trataba de exportar la democracia,
sino la civilización; se trataba de ofrecer a los pueblos víctimas
de su propio atraso la posibilidad de incorporarse al mundo "civilizado".
Y a eso lo denominaron "la carga del hombre blanco". Sin embargo, no fueron
los cañones de Su Majestad quienes abrieron a los ingleses tantas
y tantas "vías hacia Bagdad". Los cañones llegaron en una segunda
fase. Quienes abrieron el camino eran exploradores, aventureros sin escrúpulos,
astutos funcionarios del Foreign Office. Gente como Livingstone, Burton,
Lawrence. Gente que durante años recorría los territorios que
después serían ocupados militarmente o convertidos en bases
operativas del ejército británico. Profundos conocedores de
las áreas del mundo de interés estratégico o económico,
intentando entender los sutiles equilibrios entre las poblaciones locales,
con las aprendieron a relacionarse y a conocer su lengua, sus usos y costumbres,
su mentalidad. Fueron los James Brook y Lawrence de Arabia quienes pusieron
los fundamentos de aquel imperio.
En 1915, cuando se trataba de sublevar a las tribus beduinas contra
la dominación turca para preparar la ofensiva inglesa en Oriente
Medio, Sir Archibald Murray, General para Egipto, fue excluido de las operaciones
militares en Arabia y Mesopotamia porque él y su estado Mayor "carecían
de la necesaria competencia etnológica ". El 11 de septiembre de
2001 sólo había en todo el Pentágono tres personas que
hablasen árabe.
El proyecto neocolonial tejano marcha armado de una retórica
"democratizadora" cada vez más enrarecida, cada vez menos eficaz,
y, ante todo, sin la preocupación de conocer el mundo para poder
dominarlo. La "carga" de la lucha contra el terrorismo se reduce a la exportación
del terrorismo como nueva frontera de la política económica.
Como si a la máquina bélica, al gigantesco aparato militar-industrial
(con capital estadounidense, pero no solamente estadounidense), una vez
caído todo velo ideal, no le quedase más opción que
autojustificarse y evidenciarse. Al final de su recorrido, el neoliberismo
no teme mostrarse en la plenitud de su origen y de sus intenciones.
Los señores del petróleo y de las armas, de la industria
de la seguridad en el siglo XXI, favorecidos durante los veinte años
de la belle epoque del discurso y de la práctica neoliberista, muestran
ahora sus cartas y rechazan toda mediación. La lógica de la
"enduring war" [guerra permanente] es la respuesta que los aventureros tejanos
dan a su propio miedo, que ven con espanto como comienza a perfilarse el
final de la civilización de los hidrocarburos. Junto a ellos se encuentran
los aliados con los que comparten sólidos intereses financieros,
o aquellos recogidos entre los residuos de la agonizante hegemonía
anglosajona o en el innato servilismo de gobiernos cada vez más deslegitimados
que alimentan la vana esperanza de hacer acopio de pequeñas cuotas
de las ganancias de la guerra.
La superclase de los hidrocarburos y de las armas, ante la crisis recesiva,
endémica y estructural que ella misma ha producido, protege su propio
dominio imponiendo como solución la industria mundial de la seguridad
y la necesaria creación de una enorme demanda que la sostenga. Transformar
la patología en beneficio. El miedo como locomotora de la economía
capitalista del siglo XXI.
El daño que esta gente infligen al planeta no es calculable;
el proyecto, como toda autocracia tautológica, está destinado
al fracaso.
Es necesario evitar que las consecuencias y las repercusiones, "las
reacciones" provocadas por el despliegue de este feroz aparato, asuman
la lógica del flujo de la deriva identitaria y militarista "antiamericana",
como, en nuestro caso, podría ser el renacimiento de un nacionalismo
europeo "renano" capaz de coadministrar las dinámicas de guerra
fría. Hay que sustraerse a esta lógica.
Una vez más, la única ruta alternativa factible está
esbozada por el antídoto que, desde su nacimiento, porta consigo el
movimiento global contra la guerra y el neoliberismo, por la dignidad de
los pueblos. Emprender la lucha en su punto más alto, el de la ruptura
y la refundación de un nuevo orden internacional. Sin enrocamientos
conservadores o nostálgicos, oponiendo otro modelo de relaciones
internacionales, declarando la insosteniblidad económica y ambiental
del sistema que gobierna la producción y la gestión de los
recursos, proponiéndose sustituirle con instituciones nuevas, otro
modelo de desarrollo, culturalmente mestizos, y una clase nueva dirigente
del "saber hacer", del saber operativo, y del trabajo cognoscitivo. Una clase
dirigente formada en la periferia y los barrios marginados de Bangalore o
Sao Paulo, que durante estos años ha viajado por las autopistas y
los nodos de la red global, de Seattle a Los Ángeles, de Londres a
Praga, de Seul a Sidney.
La erosión del consenso interior, el rechazo de la militarización
de la vida, asociado con un rechazo igualmente nítido a la ineluctabilidad
del choque entre culturas y civilizaciones, constituyen ya el "anticuerpo"
presente en un Occidente contaminado. Lamentablemente todo esto no es aún
suficiente para garantizar la salud del enfermo y menos aún para
hacer frente a las consecuencias del contagio.
No hay ninguna posibilidad de reconstituir ordenes y equilibrios basados
en los resultados del segundo conflicto mundial. Cualquier actitud "resistencial",
que mire al pasado y a la conservación de equilibrios e instituciones
inservibles, es inadecuada y perdedora. Mirar a los ojos del enemigo, poner
la mirada a la altura de su desafío, es la única actitud que
ofrece una posibilidad a quienes se proponen enfrentarse a un ejército
de vaqueros sentados sobre una montaña de barriles. El movimiento
global ha nacido por ese motivo. El conocimiento de esta realidad es el origen
mismo del movimiento.
La incapacidad estructural de la izquierda, en su compleja y desgastada
maraña, para ponerse al ritmo de los tiempos y no replegarse sobre
si misma en todos los temas planteados, es un dato irreversible sobre una
institución moribunda, la izquierda de los siglos XIX y XX, que
intenta torpemente transportar a una época desconocida pedazos,
órganos, fragmentos de sí. Toda ulterior recriminación
sobre las divisiones y ajustes de cuentas dentro y fuera de El Olivo y
de sus viejas secretarías, debe considerarse una pérdida
de tiempo. Sin una transformación radical, que derribe los fundamentos
y modos de la reproducción política, e incluso sus presupuestos
filosóficos, para adecuarlos al movimiento real, esa conexión
histórica no tendrá ninguna posibilidad de reincorporarse
al flujo de los acontecimientos.
El corazón late en otros lugares, en los suburbios en ebullición
de Teherán y Buenos Aires. Es el aliento de la mente global para
aliviar los efectos de la catástrofe anunciada.