Ya han pasado casi diez años desde aquel famoso
1 de enero de 1994 [fecha del comienzo de la sublevación indígena
en Chiapas], y parece superfluo reseñar los méritos históricos
de los zapatistas, a quienes se reconoce de forma muy generalizada haber
sido los primeros que, sobre el escenario mundial, han devuelto la voz a
quienes sufren la globalización capitalista sobre su propia piel. Lo
hicieron en plenos años 90 del siglo pasado, cuando Occidente aún
se atiborraba de teoría y teología neoliberista, y caminaba
uniformemente hacia la mayor recesión económica de la historia
contemporánea.
También es innegable que, por primera vez desde hace muchos años,
el EZLN había sabido poner en marcha una estrategia comunicativa
eficaz, adecuada a los tiempos, demostrando así que aunque no se posea
grandes medios de comunicación de masas también se puede desafiar
al adversario en este terreno, de una manera nueva, eficaz. Durante los
últimos años, mucho se ha escrito y dicho sobre la genial guerrilla
semántica y semiótica conducida por el EZLN, o sobre el "estilo"
de la insurgencia zapatista.
No obstante, hoy podemos decir que la recepción dada a este patrimonio
de intuiciones y experimentos, en buena parte asumido por el movimiento
post-Seattle, no ha bastado para desentrañar realmente el nudo central
y específico propio del zapatismo, con el cambio de paradigma político
-antropológico, podría decirse- que representa.
Si bien la ferocidad de la globalización capitalista permanece,
más que nunca, en el orden del día, por otra parte nos encontramos
con que la toma en consideración de las formas y modos "zapatistas"
de la política parece haber quedado en un segundo plano, pese a que
durante los últimos tres años hemos asistido a la más
evidente materialización concreta de estas intuiciones: hemos visto
movilizarse sin tregua a la sociedad civil mundial, ese eficaz espectro
retórico, pero hecho de sangre y carne; hemos visto a millones de
personas moviéndose sin banderas, al margen de los aparatos, retomando
en sus manos, con una óptica nueva, la propia vida y el propio destino
colectivo, o al menos intentar hacerlo, conscientemente o no. En suma, hemos
visto cómo se expresaba una posible política "desde abajo".
El motor de este movimiento no han sido los viejos partidos, sino miles
de asociaciones, comités, grupos, organizaciones, "perros" sin dogal,
conectados en una red planetaria y capaces de dialogar entre sí pese
a proceder de espacios políticos muy diversos. El motor ha sido
su trabajo cotidiano y certero, que ha mantenido activas las energías
y las mentes, y que ha producido sentido y conflicto en todos los rincones
del planeta, más allá incluso de las grandes movilizaciones
en las calles.
No se nos ocurre nada que pueda ser más "zapatista" que todo
esto. Y, sin embargo, la cesura entre el pasado y el presente sigue siendo
un problema sin resolver, un problema que asume una importancia crucial
precisamente cuando nos encontramos saliendo de este fogoso periodo.
No debe olvidarse que el zapatismo ha cortado amarras definitivamente
con el
Novecento [siglo XX], constituyendo una ruptura que hace
época respecto al imaginario de las izquierdas históricas
occidentales. Ante todo, barrió muchas dicotomías típicas
de la tradición política novecentista: reformismo / revolución,
vanguardia / movimiento, intelectuales / clase, toma del poder / éxodo,
violencia / no violencia, etc. Y también ha derribado la teoría
marxiana del derrumbe, de la crisis y de la necesidad de su aceleración
por parte de los movimientos antagonistas, pues se ha tomado conciencia
de que ahora este sistema de producción y dominio vive y se alimenta
de su crisis permanente. La crisis no establece de por sí una posibilidad
de liberación, aunque sí el escenario estructural dentro del
que moverse para construir, autónomamente, hipótesis parciales
de conflicto, de autogobierno y de alternativa posible. Desde este punto
de vista, el zapatismo ha descartado cualquier visión teleológica
y prometeica de la historia, abandonando tanto el evolucionismo de la Ilustración
como el mecanicismo positivista.
La cuestión del poder, precisamente, o, para ser más exactos,
la cuestión del no-poder, ha hecho del zapatismo algo "herético"
a ojos de las izquierdas históricas, radicales o socialdemócratas.
Se trata del paso de la figura del "revolucionario" (o su versión
débil
, soft, el "reformista"), que quiere tomar el poder
para cambiar el mundo, a la figura del rebelde, que, por el contrario, quiere
poner en discusión el poder y corroer sus fundamentos, para dar vida
a formas de participación paralelas, alternativas y auto-organizadas
de la sociedad civil.
La práctica zapatista no pretende formular un nuevo mundo, sino
que experimenta y hace alusión a la construcción de muchos
mundos posibles. Por tanto, más que como una teoría o una
ideología, el zapatismo se presenta como un método abierto,
un hábito mental, infinitamente readaptable.
Este salto paradigmático respecto al pasado y, sobre todo, el
salto "al otro lado del océano" no ha sido fácil y sigue encontrando
tenaces resistencias. No se trata, obviamente, de negar la diferencia entre
contextos culturales y geopolíticos muy distantes, sino más
bien de reconocer la reincidencia mental que ha frenado el uso compartido
de este método. Más allá de las consignas ampliamente
difundidas y de las fórmulas que han inundado la retórica
del movimiento, estamos pagando el precio de esa distancia y de las reticencias
a dar ese salto.
Tras un trienio como el que dejamos a nuestras espaldas, podemos decir
que la política es todavía fuerte, aunque no lo sean las estructuras
que la practicaron y que nacieron de ella. Si tales estructuras se encuentran
debilitadas y vacías, en ellas está presente, sin embargo,
una compulsión hacia la repetición de las viejas lógicas.
En todas las conexiones de la izquierda italiana y europea, tanto si son
institucionales como si están relacionadas con el movimiento, permanece,
transversalmente, un
imprinting "leninista" (
absit iniuria,
es decir, dicho sin ánimo de injuria) todavía muy visible,
aunque se decline según los contextos y las necesidades.
Los problemas ligados a la hegemonía, al control sobre pequeñas
o grandes áreas políticas, la obsesión por la identidad,
el tacticismo, el desarrollo de excrecencias formadas por clases políticas
"profesionalizadas", siguen siendo patrimonio de las estructuras que han
atravesado el movimiento, y no sólo de aquellas que se han limitado
a seguir al movimiento.
No resulta difícil darse cuenta de la distancia entre el movimiento
real -fluctuante, complejo, articulado, horizontal, inmiscuido en las cosas-
y las estructuras pre-existentes, hoy en lucha entre ellas para disputarse
los frutos políticos. No se trata de proponer una lectura maniquea
y populista de las circunstancias, sino de comparar las dinámicas
producidas desde abajo en estos años con los encuentros y desencuentros
marcados por la vieja idea de la política que siguen compartiendo
estructuras y partidos.
Según este paradigma los movimientos serían fenómenos
"excepcionales", sobre los que cabalgar o en los que sumergirse para emerger
de nuevo más reforzados que cambiados; o bien epifenómenos
incontrolables, de los que hay que desconfiar y a los que hay que contener
y hacer volver al lecho del profesionalismo electoralista. Ambas actitudes
son hijas de la matriz tercerointernacionalista, matriz que produjo una
parte buena de los errores y los horrores del siglo XX
, y ambas comparten
la idea de que tarde o temprano tiene que terminar la estación de
las "giras de ciudad en ciudad" y que será inevitable una fase de
"repliegue", o incluso directamente de reflujo, en la que recontar las propias
fuerzas, hacer las cuentas, redefinir las alianzas entre aparatos, a la luz
de todo aquello que los movimientos han producido. Tras la apertura, el cierre.
Todo comienza otra vez como al principio. E inútil es subrayar que
mientras se hace todo esto, serán bendecidos el método y el
mérito del cuestionamiento zapatista.
Que existen momentos de sedimentación de las energías
movilizadas en las grandes luchas es un dato histórico, y tal vez
hasta psicológico, ineludible, lo que hace tanto más extraordinario
un periodo de tres años como el que acabamos de vivir. El zapatismo,
sin embargo, no puso sobre el tapete la ingenua idea de una movilización
permanente, sino las de una constante y prolongada participación,
un acceso ilimitado a la política, una abolición de los derechos
de autor sobre la política como dominio separado de la vida civil
cotidiana y llevado a cabo por los capataces encargados de hacerlo. Por
eso, el zapatismo ha dado tanta importancia al municipalismo, a las comunidades
locales auto-organizadas (y autodefendidas, cuando se intenta aplastarlas
por la fuerza, como en Chiapas), a la experimentación de formas nuevas
de participación política sobre los territorios. Por eso,
el zapatismo rechazó convertirse en una fuerza parlamentaria y rechazó
también aceptar el compromiso, no ya con las instituciones o con
el poder en abstracto, sino con sus deterioradas manifestaciones inmanentes,
mediaciones con la vieja idea de la política. Y si alguna vez ha
habido una brizna de idealismo en el zapatismo, reside completamente en
esto. Y no es poco.
Esta misma idea ha sido puesta en práctica en el Norte del mundo,
a partir de Seattle, y entra necesariamente en conflicto con la concepción
"hegemonista" y "numérica" que distingue a la vieja política.
Sería estúpido fingir que esta contradicción no está
ante nuestros ojos.
Quien hoy vuelve a razonar según los parámetros de antes,
está forzando las cosas de una manera que conduce a que la energía
liberada en estos años sea comprimida. Y está claro que esto
se puede hacer con las mejorers intenciones, simplemente por incapacidad
para cambiar, por inadecuación a la historia, por la esclerotización
del cerebro. Y el tránsito entre la conservación y la reacción
puede ser breve.
Nos damos cuenta de ello, por ejemplo, cuando tras la victoria del centro-izquierda
en las elecciones administrativas italianas [regionales, provinciales y
municipales], muy pocos de los vencedores se han mostrado dispuestos a reconocer
que el mérito de esos resultados corresponde a un cambio general en
la atmósfera social, producto de un movimiento que durante tres años
se ha opuesto en plazas y calles a la política berlusconiana, mientras
El Olivo se empeñaba en mirar su propio ombligo.
Nos damos cuenta de ello cuando las candidaturas a los grandes ayuntamientos
son decididas en torno a las mesas de las secretarías de los partidos.
Y, por otra parte, también nos damos cuenta de ello cuando determinadas
áreas del movimento recuperan del cuarto de los trastos viejos lógicas
vanguardistas y solipsistas que, como dice el propio subcomandante
Marcos, no llevan a ninguna parte. O cuando se nos convoca a grandes referendos,
útiles para marcar posición pero políticamente inútiles,
desde el momento que entramos en la cabina electoral sabiendo ya que vamos
a perder.
Nos damos cuenta de ello cuando nos encontramos una y otra vez ante
las mismas figuras gesticulantes de "machos guerreros" al frente de las
dinámicas públicas y políticas; mientas que, por el
contrario, el único militante zapatista que entró en el Parlamento
mexicano fue la Comandante Esther, portadora de uno de los documentos (ver
http://www.inisoc.org/zapester.htm)
más bellos producidos por el EZLN, centrado en la condición
indígena y femenina.
Nos damos cuenta de ello, más en general, cuando nos invade la
sensación de haber sido de nuevo reducidos a "electores", después
de haber sido, durante un periodo que no fue breve, "ciudadanos".
Estamos en medio de un vado cuya importancia histórica apenas
logramos intuir, pero que se respira en el aire.
Hoy, la opción zapatista, en su sentido más amplio y más
abierto a diversas declinaciones, es, más que nunca, una cuestión
central, quizá vital, para todos nosotros. O sabremos mantenerla
viva, traducida a un nuevo tiempo y a nuevas ocasiones, distantes de cualquier
inercia derrotista, o el riesgo involutivo se convertirá en una amenaza
concreta. O bien la inteligencia colectiva que impulsó el movimiento
sabrá inventar el modo de mantener la cohesión y la cooperación
de las energías positivas que liberó, manteniendo activa su
capacidad de generar proyectos y poner en marcha experimentos concretos,
o bien será difícil lograr la puesta en valor del elemento de
novedad política que ha emergido durante los últimos años.
El camino del reflujo y del retorno a los huertos y patios privados está
siempre abierto.
A nosotros nos toca demostrar que estamos a la altura de este momento
de transición y de este desafío.