Carta
al camarada Serge Quadruppani
Los movimientos:
hegemonía y autonomía
Wu Ming 1
Carta escrita por Wu Ming 1 a Serge Quadruppani, novelista francés.
Los textos del colectivo italiano Wu Ming (http://www.wumingfoundation.com)
pueden reproducirse y distribuirse libremente, para fines no comerciales.
Traducción realizada por Iniciativa Socialista, igualmente de libre
distribución.
Querido Serge:
Contesto con gusto a tus perplejidades.
El tema que planteas (la autonomía de los nuevos movimientos y
su relación con la izquierda institucional) merece reflexiones radicales
pero no esquemáticas, rigurosas pero no rígidas. Probablemente,
me extienda en mi respuesta algo más de lo que esperabas, por lo que
te pido excusas.
Cuando alguno de nosotros, en algunas entrevistas, ha constatado que la
izquierda, tanto la italiana como la de otros lugares, no solamente resulta
insuficiente o inadecuada, sino que se encuentra en estado ruinoso, y que
sólo podrá salvarse si se refunda de arriba a abajo, no teníamos
la intención, desde luego, de decir que esa fuese la tarea histórica
de los movimientos.
Estamos convencidos de que los movimientos no son meros "grupos de presión"
al servicio de la izquierda política, ni una especie de electroestimulador
cardiaco para burocracias y funcionarios sin imaginación.
Los movimientos son y deber seguir siendo independentes. Su cualidad más
importante es la mezcla de hegemonía cultural y autonomía.
La hegemonía es lo que impulsa a tres millones de italianos a mantener
la bandera de la paz en su balcón, aunque los vasallos e infanzones
insisten en que la guerra en Irak ha terminado y han ganado "los buenos".
La hegemonía es lo que ha permitido "agrietar el frente" belicista
y ha decidido el éxito de la oceánica manifestación
mundial del 15 de febrero de 2003.
Sin la hegemonía, solamente queda la marginalidad que se autocelebra
poniendo "al mal tiempo, buena cara", sin posibilidad de obtener resultados
concretos y llevar hacia adelante el conflicto.
La autonomía, por su parte, es lo que permite que los movimientos
experimenten, sean origen de comunidad, tengan proyectos y prácticas
que prefiguren la sociedad post-capitalista, sean autogobierno, autogestión
y la más plausible alusión al camino que debe recorrer la comunidad
humana.
Sin la autonomía, los movimientos se reducen a "opinión
pública", mera materia prima para sondeos y estadísticas.
El error de fondo a menudo cometido es considerar a los movimientos como
un "subconjunto" de la izquierda. Por el contrario, los movimientos libertarios
/ igualitarios / solidarios / comunitarios, precedieron por
varios milenios al nacimiento de la izquierda. Ya eran activos en el seno
del orden feudal y probablemente sobrevivirán a la desaparición
de la izquierda. Para decirlo más claramente: lo que llamamos izquierda
(con todas sus ortodoxias y herejías, en todas sus encarnaciones,
desde la liberaldemocratica hasta la izquierdista) no es más
que la institucionalización de un subconjunto particular de los movimientos,
subconjunto formado a partir de 1789, pasando luego por los años 1848
y 1917.
Los movimientos deben reaprender a pensarse más allá
de la izquierda y fuera de ella. Quienes forman parte de los movimientos y
proceden del phylum o tronco de la izquierda (por más "herética"
y, al menos en las intenciones, libertaria que sea) debe pensar más
allá de sí mismo y de su phylum.
Es necesario abandonar la representación bidimensional y la metáfora
parlamentaria que ve todas las diferencias de posición como "más
a la derecha que algo" o "más a la izquierda que tal otra cosa". La
tierra no es plana, es esférica ligeramente achatada por los polos.
Por otra parte, no es más que un guijarro suspendido en los cielos.
En los movimientos han existido y todavía existen componentes que
la izquierda ha ignorado o denigrado. Por ejemplo, durante largo
tiempo ha sido ajena a la tradición de la izquierda, excepción
hecha de las corrientes anarquistas, la idea de que los humildes y los parias,
los "condenados de la tierra", el subproletariado, puedan ser sujetos activos
y no solamente manipulable "ejército de reserva" o hez de la sociedad.
Esa idea la hemos heredado, por un lado, de aquellas corrientes culturales
que desembocaron en el "nacionalismo negro", al que luego sobrepasaron, y,
por otro lado, de las experiencias sintetizadas en la teología de
la liberación.
Obviamente, los movimientos "meten los pies en en el plato", interfieren
también con la "política politicista" de la izquierda, y deben
tener cabezas de puente, y promontorios desde los que asomarse para
ratificar conquistas, para seguir logrando el reconocimiento y la extensión
de diversos derechos, para cerrar el paso a leyes y operaciones represivas,
etc. Sin embargo, al hacer esto, los movimientos no deben nunca dejarse
arrastrar hacia una visión subalterna respecto a la izquierda política.
Cuando funcionan bien, estos agentes sociales agrietan el frente capitalista,
lo que es solamente uno de los efectos mensurables del terremoto, no el terremoto
mismo. En pocas palabras: los movimientos contra la guerra han dado la posibilidad
a los gobiernos de Francia y de Alemania de obstaculizar o retrasar el unilateral
camino de Bush hacia Bagdad. Este es uno de los efectos visibles en la "escala
Mercalli" de los sismólogos anticapitalistas. ¡Pero esto no
significa que Chirac y los movimientos hayan marchado juntos!
La posición de Jacques Chirac no era desinteresada. Era un epifenómeno,
pero al examinarla podemos entender en qué medida tres años
de movimientos han influido en la mentalidad en Europa, impulsando al 80%
de los ciudadanos del continente a rechazar el horror de la nueva "guerra
[preventiva] de los treinta años".
Observamos la crisis de la izquierda con la misma mirada "sismológica":
es una consecuencia de la irrupción de los movimientos es la escena
pública. Cualquier cosa que la izquierda haga o no haga en este país
en los próximos años será -para bien o para mal- una
consecuencia de tal irruption y del trabajo de todos nosotros.
Este trabajo debe continuar con una perfecta autonomía en cuanto
a proyecto y expresión, presionando de cuando en cuando sobre los
diversos frentes y resquebrajándolos, actuando sin paranoias. No seríamos,
de hecho, independientes si estuviésemos excesivamente preocupados
por los riesgos de "recuperación", empeñados en distinguir
al 100% cada uno de nuestros pasos de los pasos dados por los núcleos
dirigentes de la izquierda. El sindicato COBAS no es realmente independiente
de la CGIL, puesto que cada paso que da lo hace en controversia con la CGIL
o la sombra de ella.
Autonomía es actuar como sientes y crees justo.
Decir que la vieja izquierda está en crisis irreversible no implica
que sea tarea nuestra salvaguardarla. Si quiere y puede, se salvará
a sí misma, dándose la vuelta como si fuese un calcetín.
Ciertamente, esto plantea un problema: en ciertos aspectos, hay que suplir
a la vieja izquierda. Durante los últimos años, en Italia y
en otros lugares, la ausencia de una decidida oposición legal y "reformista"
ha forzado a los movimientos a sustituirla, a colocarse a la defensiva,
a proteger lo existente contra el avance de lo peor, como en el caso del
artículo 18 del Estatuto de los trabajadores, de la escuela pública,
del Estado de bienestar, etc. En otros países y en otros periodos
esta tarea de "conservación razonable" correspondía a
la socialdemocracia. Los movimientos deberían poder dedicarse libremente
a llevar hacia adelante la tendencia hacia lo común y la comunidad
. Deberían poder dedicarse libremente a federar las experiencias nacidas
desde abajo, sobre el terreno, etc. Si la crisis de la izquierda nos deja
atados a la acción defensiva, ¿tendremos espacio y tiempo para
hacerlo?
El riesgo que se corre es que, mientras se defienden los viejos patrimonios
patrimoniales relacionados con el Estado y las administraciones públicas
(como el welfare, o Estado de bienestar), el capital invada los nuevos espacios
(los empleos, las redes y su economía del don, el software libre,
los embriones de economías del apoyo mutuo y el intercambio justo,
etc.).
Te será fácil rebatirme: esta izquierda no defiende esos
viejos territorios; de hecho, frecuentemente abre el camino a los depredadores,
privatiza, reestructura, etc. La pregunta es entonces esta: ¿no podría
ser mejor tener una izquierda (diversa) activa en la retaguardia, mientras
que los movimientos se situan en los puestos más avanzados?
También en este caso es necesaria una mirada desencantada y sismológica
sobre la cuestión de la ONU y la batalla que ha tenido lugar entre
la "coalición de los dispuestos" y las delegaciones de los países
contrarios a la guerra.
Esta izquierda, de golpe y porrazo, fetichiza a la ONU y su papel, piensa
que el "multilateralismo" pasa por ella y, sobre todo, piensa que el multilateralismo
consiste en un equilibrio de poderes entre estados-nación.
Por el contrario, nosotros pensamos que los movimientos están construyendo
una esfera pública no-estatal. En cuanto a la ONU -recordemos que
en sus primeros años la Internacional Situacionista hizo propuestas
provocadoras para la reforma de la UNESCO-, hemos llevado algunos razonamientos
a su lógica consecuencia: "Decís que la ONU experimenta un nuevo
impulso. Bien, si es así, y si es verdad que, como ha escrito el New
York Times, la oposición a la guerra es la segunda superpotencia mundial,
¿cómo es que esa superpotencia no está representada en
el Palacio de cristal [edificio de la ONU en Manhattan]?". En resumen: desenmascaramos
el bluff.
Querido Serge, me he extendido bastante, pero quería ser claro
y abordar el tema desde todos los los puntos de vista que se me ocurrían
en este calurorosísimo día. He escrito esta carta en las páginas
de un desgastado cuaderno, paseando por Villa Pamphili, en Roma, deteniéndome
de rato en rato para fijar nuevas impresiones, abusando de la paciencia de
mi compañera.
Wu Ming 1
8 de de junio de 2003