Jean Zin, filósofo y ecologista. Publicado en TRANSVERSALES SCIENCE
CULTURE 1, nueva serie, primer trimestre 2002.
Una vez aseguradas las necesidades vitales, la ecología
se impone en todo lo relacionado con el cuerpo, con la comida basura, con
los organismos genéticamente modificados, con la agricultura en general
o con los riesgos industriales y el efecto invernadero: todo lo que nos afecta
directamente en nuestra propia carne.
Tras estas prioridades vitales, está planteada una cuestión
política, frente al capitalismo globalizado, frente al nuevo imperio
universal y frente a las incertidumbres de la técnica y de la ciencia.
No es otra que la de una democracia que no puede contentarse ya con una forma
competitiva y espectacularizada, sino que debe afrontar la diversidad y la
complejidad de nuestras sociedades.
Esto implica una democracia participativa, que yo prefiero denominar cognitiva,
pues no se trata solamente de participar sino de encontrar las soluciones
más favorables para todos, lo que requiere la participación
de cada uno en particular.
A la ecología política se le plantean cuatro problemas principales:
la relación con el liberalismo y el mercado; la alternativa entre
crecimiento y desarrollo; la relación con el tiempo y la reapropiación
de éste; la necesaria democracia cognitiva a crear.
Del liberalismo al constructivismo ecológico
El viejo paradigma del liberalismo parece superado, aunque
triunfe en todos los lugares. Los últimos premios Nobel de economía
(1) dan testimonio de esta crítica de los fundamentos del mercado,
constatando la existencia de asimetrías de información, principalmente
en los mercados de trabajo, el de vehículos de ocasión o el
financiero, en los que la incertidumbre es muy grande en torno al valor de
los salarios, de los coches o de las inversiones. El cliente no dispone de
las mismas informaciones que el vendedor y se encuentra dependiente de su
buena fe. En este caso, el mercado anónimo no funciona o lo hace mal,
siendo reemplazado por redes destinadas a proveer la confianza indispensable,
según el modelo feudal o mafioso.
La refutación de un hipotético consumidor omnisciente -cuya
existencia es necesaria para la pretendida “elección racional”- pone
en cuestión, no solamente al mercado “perfecto”, sino también
a la ficción de una “voluntad democrática” y a la concepción
de una libertad y una igualdad naturales, en beneficio de la concepción
más realista de una construcción social del individuo, de una
producción histórica de la autonomía, que no es, por
tanto, algo dado. El constructivismo hace así un notable retorno,
tras la crítica de sus excesos (2). Y parece que la ecología
está comprometida en este retorno, como lo estuvo en el nacimiento
del pensamiento sistémico. El nuevo paradigma ecologista, que acompaña
la transición a la economía informacional, se opone al liberalismo
abandonando una libertad absoluta de origen religioso, que no toleraría
ninguna limitación, en beneficio de la construcción del entorno
de una autonomía concreta del individuo. Igualmente, ya no es posible
mantener la ficción de un pueblo constituyente, encarnado en una mayoría
que se impondría a todos, cuando la diversidad y la individualización
exigen una democracia participativa que dé su lugar a las minorías
y a las singularidades atípicas para construir un mundo común.
Finalmente, la igualdad abstracta de los ciudadanos debe transformarse en
discriminación positiva, más realista, que reduce las desigualdades
efectivas.
Se trata así de pasar, desde una simple libertad de crítica
de todo fundamento, al principio de cautela que nos hace responsables de
nuestra ignorancia en el corazón de todo saber. Hay una inversión
de prioridades cuando, estando aseguradas las necesidades básicas,
se tiene acceso a la “sociedad de consumo”. A causa de su propio éxito,
las promesas de progreso se hacen menos visibles que sus incertidumbres,
y la postergación de las restricciones ecológicas o de la realización
de la justicia social se hace cada vez más insostenible. Con la ecología,
autonomía, solidaridad y responsabilidad actualizan los valores republicanos
de libertad, igualdad y fraternidad, convertidos en demasiado teóricos.
No todo el mundo comparte esta opinión. Una tradición libertaria
de los “derechos naturales” -que supone una libertad original de los individuos-
se opone a toda limitación confesando, en mayor o menor grado, cierta
complicidad con el liberalismo. Es la libertad de los tártaros, de
la huida individual en lo desconocido del desierto, cuando no la libertad
del más fuerte. Esto no impide que la mayor parte de estos libertarios
sean “ecologistas”. Compartimos con ellos el rechazo de la noción
de pueblo o de voluntad general, pero hay que aceptar que la autonomía
siempre tiene límites. No se pueden evitar las restricciones exteriores,
la heteronomía, ni es posible instalarse en una situación revolucionaria,
necesariamente breve y periódica, de reconstrucción. La autonomía
necesita instituciones y la sostenibilidad exige respetar los límites
vitales. Que cada cual se ocupe de sus asuntos en tiempos “post-revolucionarios”,
aparentemente lejos de toda política, no excluye movilizarse puntualmente
cuando hace falta adaptar las instituciones a las evoluciones sociales.
Los “liberales-libertarios” tienen, ciertamente, el propósito de oponerse
a las tentativas autoritarias o de clausura, pero tachan de totalitarismo
toda tentativa de acción y organización global, a veces con
la misma intransigencia que un Hayek (3). Para todos los constructivistas,
no se trata de renegar de ninguna libertad sino de hacer efectiva la autonomía
de cada uno (que no ha sido dada a todos), su capacidad de escoger su vida,
su actividad, su formación, su residencia... La diferencia con los
libertarios reside en la aceptación de una limitación vital,
una continuidad entre las generaciones, la necesidad de una acción
global y de una institución de la autonomía. En eso reside
toda la diferencia entre una autonomía responsable y una libertad
sin memoria. Frente a esta opción, las tendencias antimundialización
y antiliberales están marcadas por la tentación de la clausura
y el cierre sobre sí mismo, es decir, por el voluntarismo, el nacionalismo
y el autoritarismo, para protegerse de los mercados globalizados. Tentación
que no parece realista ni deseable y que justifica los temores de los libertarios.
Se habla del retorno del pueblo (cada vez más problemático),
de la voluntad general, de la República, pero a costa de las libertades,
lo que, en resumen, señala hacia una responsabilidad sin autonomía.
Esta tendencia no está del todo ausente entre los ecologistas, aunque
su representación es escasa. Hay que felicitarse de que el combate
de ATTAC se haya orientado hacia otra mundialización, no contra la
globalización (pues, siendo ya efectiva, más vale controlarla).
Hay que reconocer lo estrecho del camino que se abre entre el antiliberalismo
y el autoritarismo, entre la ausencia de política y el exceso de política.
Sólo la ecología política parece poder dar una respuesta,
haciendo frente a la totalidad en nombre de la autonomía de cada uno.
Es conveniente echar luz sobre las relaciones entre la ecología y
la teoría de sistemas, con la que estuvo ligada en sus orígenes,
así como las existentes entre ecología y economía, ambas
procedentes de aquella. Si la ecología ha mostrado los peligros de
una visión demasiado globalizadora y reguladora, ignorando las diversidades
locales, algunos han hecho ya de la cibernética una ideología
del imperio, sucesora de un liberalismo trasnochado. La ecología política
no puede remplazar simplemente el cálculo económico por el
cálculo energético, y menos aún sustituir la disgregación
del mercado con la unidad de la voluntad. Hace falta una perspectiva multidimensional,
que integre cautela y democracia participativa, no un cálculo económico
mejorado, que integre las externalidades, ni la construcción de un
hombre simbiótico o la reducción de la política al biopoder
regulador.
Escasez, crecimiento, desarrollo y riqueza
El que hayamos colocado el constructivismo renaciente
al lado del ecologismo no quiere decir que todos los ecologistas adhieran
a él. Tampoco todos los constructivistas son ecologistas. Philippe
Corcuff, Bruno Latour y Michel Callon (4) son muy activos, y también
hay que mencionar La Revue du Mauss, de Alain Caillé, que acaba de
dedicar un número a la construcción de la naturaleza. La contribución
de Patrick Viveret a la deconstrucción de la medida de la riqueza
está también inscrita en esta perspectiva. Por el contrario,
Bruno Ventelou, que defiende el constructivismo en economía y muestra
en su reciente Au-delà de la rareté (5) el carácter
construido de la escasez y del crecimiento, es keynesiano y cree en la superación
de todos los límites naturales a través del crecimiento.
Reconociendo cierta pertinencia a las tesis keynesianas, no podemos aceptar
la religión del crecimiento infinito ni que el objetivo de pleno empleo
justifique cualquier cosa. El constructivismo ecologista pretende ser realista,
integrando los límites biológicos y materiales en nuestra libertad
de acción y rechazando el sacrificio del largo plazo ante los caprichos
del momento. Al crecimiento, puramente cuantitativo y mercantil, medido por
un dudoso PIB, hay que oponer un desarrollo local y cualitativo que sólo
encuentra su sentido tomando en consideración el desarrollo humano.
El estudio de los ecosistemas demuestra que el “desarrollo” no es un “crecimiento”
cuantitativo y masivo, sino una creciente complejidad, una división
del trabajo permitida por una cooperación local organizadora de complementaridades.
La división del trabajo aporta una economía de energía
que mejora la eficacia de cada tarea y saca partido de los talentos particulares
de cada cual. Esta nueva especialización artesanal en un “trabajo
virtuoso”, que permite singularizarse, se opone a una parcelación
embrutecedora de las tareas, configurando dos formas de trabajo que cohabitarán
durante largo tiempo.
Este desarrollo local no debe proponerse un “aumento productivo” (o de los
intercambios locales), sino un desarrollo humano, o sea, según Amartya
Sen (6), dotar a cada uno de la capacidad de escoger su vida. Lo más
discutible del crecimiento es ese absurdo que nos empuja a consumir y a precipitarnos
hacia nuestra perdición con el fin de no perder empleos, absurdo del
trabajador-consumidor que ya fue denunciado por Arendt.
El “desarrollo sostenible se ha mantenido en la ambigüedad cuando no
se ha convertido en simple justificación del crecimiento mercantil
hecho un poquito más perenne. Algunos autores se interrogan sobre
la noción misma de desarrollo económico (7), pero un decrecimiento
no sería suficiente, ya que lo que necesitamos es un modelo alternativo.
Debemos, por tanto, cuestionar el capitalismo salarial en beneficio de actividades
autónomas sostenidas por un ingreso garantizado, el desarrollo del
tercer sector y relaciones no mercantiles con financiaciones locales y monedas
plurales. El informe de Patrick Viveret sobre la riqueza intenta manifestar
esta riqueza no mercantil del tercer sector, evaluar lo “no-económico”,
siendo consciente de que no todo puede ser sometido a cuenta y que, por consiguiente,
hace falta asignar un valor a lo que no tiene precio (8).
La imposibilidad de evaluar todo nos incita a un completo cambio de lógica,
como demuestra André Gorz, a un ir más allá del sector
mercantil, de lo que el software libre (como Linux) es el más notable
ejemplo, testimonio de la productividad de una cooperación sin apropiación,
fuera de toda valorización inmediata, según el modelo de la
cooperación científica. Cuando sea posible, la gratuidad debe
ganar terreno a la evaluación; ésta última no debe ser
una razón para ignorar toda la riqueza de aquella.
El principio de cautela plantea dificultades que están muy lejos de
ser solucionadas, tanto en su fundamento como en su aplicación. No
carece de peligros, ya que puede favorecer el conservadurismo y la inacción,
pero también da acceso a un estado cognitivo superior, el de un saber
reflexivo que reintegra el límite en el saber, el sujeto en la ciencia,
el productor en lo que produce y la responsabilidad en nuestros actos.
Este principio se ha impuesto en un mundo de incertidumbre, más allá
incluso de los riesgos mensurables engendrados por la ciencia y la técnica.
Se trata de reconocer la ignorancia, lo que no debe llevarnos a hacer cualquier
cosa, sino a redoblar la cautela y a tener en cuenta los límites materiales,
los umbrales críticos, lo irreparable... A través de esta superación
del escepticismo en el diálogo público se impone también
el largo plazo sobre el corto plazo.
La crítica del mercado por la ecología política no apunta
tanto a su eficacia a corto plazo -se puede pensar que es un medio práctico
de adaptarse a las fluctuaciones de la demanda- sino más bien a su
incapacidad para tomar en cuenta el largo plazo, que exige elegir entre opciones
políticas. La valorización del tiempo, que se encuentra en
la base del productivismo salarial, lleva a no valorar más que el
muy corto plazo, excluyendo el tiempo fuera del trabajo y el largo plazo
en provecho de una productividad inmediata. Esto ya no es sostenible, al
menos desde que las mujeres se incorporan mayoritariamente al sector salarial,
y la coordinación de los tiempos sociales se hace vital (9).
Una visión a largo plazo exige así desconectar el ingreso de
la productividad inmediata y garantizar un ingreso para todos, en una lógica
de inversión y de desarrollo humano a lo largo de toda la vida. Tomar
en cuenta el largo plazo, lo que se impone sobre todo en la producción
inmaterial, refuta todas las teorías sobre el valor-tiempo pero también
los intentos de fundar los sistemas de intercambios locales sobre un simple
intercambio de tiempos de trabajo directo, ya que el “trabajo virtuoso” no
puede reducirse a su prestación inmediata. La preocupación
por el porvenir y por el largo plazo debe permitir que nos reapropiemos de
la duración. Esta es la otra cara del principio de cautela, su preocupación
por el largo plazo, simultánea con el saber de nuestra ignorancia.
Hay que vigilar para que no sea simple disfraz del proteccionismo occidental,
del conservadurismo de generaciones envejecidas o de un moralismo fuera de
lugar. Si debemos restringir nuestras acciones, no es para condenar el placer,
sino para tener en consideración límites efectivos que no dependen
de nosotros.
Democracia participativa y no-violencia
Con la democracia participativa, volvemos a encontrarnos
con los principales problemas políticos del liberalismo y de la ecología
política. Ya no se trata de un problema externo planteado a la sociedad,
sino de un problema para una organización ecologista y para cualquier
otra organización.
Cada vez se hace más necesaria una verdadera democracia cognitiva,
que sustituya a esta democracia competitiva (delegativa o representativa)
que sufre una espectacular bancarrota. Se siente como indispensable una renovación
política. Puede considerarse que la democracia consiste en una competición
en la que lo que cuenta es estar representado sobre la escena política
como en un espejo: en ese caso, el conflicto tiene la última palabra.
O bien puede pensarse que tenemos necesidad de tomar buenas decisiones en
un mundo complejo y que éstas deben ser tomadas con aquellos a quienes
conciernen. Entonces, lo importante no es la relación de fuerzas del
número de votos, sino recoger la palabra singular que se hace escuchar
y responder a ella: “construir un mundo común”, como dice Michel Callon
(9).
La democracia no es opinar sobre todos los temas que se desconocen, votar
y después dejar hacer a los dirigentes, sino intentar construir, con
la participación activa de los ciudadanos, las políticas que
afectan a su vida. Frente a una profesionalización creciente, una
democracia debe permitir el acceso de cada cual a los puestos de decisión
y no imponer decisiones sin que sean aceptadas por la población afectada.
Para esto, deben crearse nuevos procedimientos, en la línea de las
conferencias de ciudadanos, pero con una voluntad de continuidad y de elaboración
común. Para tener una democracia participativa, hay que dotarse de
los medios para una ciudadanía activa, pero sobre todo para una democracia
anticipativa. Y, también en esto, hay que concederse el tiempo necesario
para preparar y discutir las decisiones, para aplicarlas, corregirlas...
En fin, debemos tener en cuenta las considerables transformaciones aportadas
por la informatización y por el establecimiento de una red mundial.
La ecología no puede ser concebida globalmente sin esta red de información
que permite una regulación sistémica.
Henri Laborit oponía la sociedad de la información basada sobre
la organización a la vieja sociedad termodinámica basada en
la energía (11). Esta distinción determina toda una visión
ecologista y sistémica de la autonomía y de la auto-organización.
La sociedad energética, cerrada y jerarquizada, se opone marcadamente
a una sociedad informacional abierta y en red. La información puede
sustituir a la violencia (12), pero, además, nos hace pasar de la
dominación al aprendizaje, de la imposición al saber. El principio
de cautela refuerza el carácter cognitivo de la ecología, la
exigencia de comprender antes de transformar. Jacques Robin y Edgar Morin
representan bien esta ecología cognitiva necesaria, pero no lo suficientemente
extendida entre los militantes.
La ética exigida para nuestra supervivencia no depende tanto de la
generosidad y del sacrificio como de la toma de conciencia de los límites,
de las interacciones, de nuestras solidaridades efectivas y de las consecuencias
de nuestros actos. Más que de una ética del miedo o de la culpabilidad,
tenemos necesidad de una ética del conocimiento, una difícil
ética de lucidez, en primer lugar sobre nosotros mismos. Sólo
la búsqueda de la verdad puede salvarnos, por incierta que sea. Debemos
estar atentos a la expresión de lo negativo, al precio pagado por
las poblaciones sacrificadas, a las contaminaciones, a las amenazas, a la
otra cara del progreso, su violencia. Como recordaba Gandhi, “no-violencia
no es sumisión benévola hacia el malhechor. La no-violencia
opone toda la fuerza del alma a la voluntad del tirano. Un sólo hombre
puede desafiar a un imperio y provocar su caída”.
No debe olvidarse que, según Henri Laborit, la violencia de los dominadores
siempre parece legítima, frecuentemente invisible por otra parte,
mientras que la violencia de los dominados es sentida como “bestial”, destructora,
cuando frecuentemente responde, por medio del sacrificio, a la injusticia.
No se suprimirá la violencia suprimiendo a los violentos. Para disminuir
la violencia no hay más solución que informar, hacer público,
comprender, dar respuestas justas... La no-violencia se encuentra en la mediación
y la circulación de la información, en el tan difícil
diálogo que debe transformar el antagonismo inicial en cooperación
regulada e informada.
Todo esto sugiere que los ecologistas deberían comenzar por realizar
entre ellos mismos la no-violencia, transformando la democracia competitiva
en democracia cognitiva en la que cada uno puede aportar lo mejor de sí
mismo. Esto no es fácil, bien lo sabemos, pero es absolutamente necesario,
un requisito previo para la no-violencia social, única “toma del poder”
ecologista concebible... Los desafíos a los que se enfrenta la ecología
política son considerables. La aceleración de la historia impone
que la ecología política aborde estos problemas para dar respuestas
concretas a los interrogantes cruciales planteados a la humanidad en la actualidad.
NOTAS
1. Premios Nobel 2001: George A. Akerlof, A. Michael Spence
y Joseph E. Stiglitz.
2. El barón Hayek se ha convertido en la referencia del neoliberalismo
en su oposición a toda tentativa de intervención en la economía
en nombre de la imposibilidad para nuestro cerebro de comprender un mundo
más complejo que nosotros. Esta “ideología de la complejidad”
le lleva, al contrario de lo que ocurre en el cognotivismo, a un escepticismo
radical que ve en toda voluntad de control o regulación “la presunción
fatal” o “la ruta de la servidumbre” (títulos de sus libros). No es
una concepción liberal del mercado fundada sobre la omnisciencia de
todos, sino una concepción sistémica, evolucionista, fundada
sobre nuestra imposibilidad de saber. Tras haber criticado las teorías
de Keynes antes de la guerra, había sido completamente olvidado durante
el triunfo del keynesianismo y redescubierto en el momento de la “estanflación”
y de la depresión.
3. El constructivismo, que afirma que no existen hechos brutos y que toda
realidad es construida, no es una escuela sino, más bien, una tendencia,
un paradigma que abarca todos los campos de la ciencia, desde la física
hasta la sociología o las ciencias cognitivas. Puede relacionársele
con Kant, pero sobre todo con la fenomenología, que muestra como el
objeto depende del objetivo. Igualmente, las teorías del aprendizaje
[Jean Piaget, La Construction du réel chez l’enfant, 1937] prueban
que sólo se entiende lo que se espera y que se progresa en el aprendizaje
por medio de reconstrucciones sucesivas. No hay constructivismo sin cierto
historicismo, ya que las construcciones sociales evolucionan. En ello se
puede ver la reconciliación de historia y estructura, siguiendo la
vía trazada por Fernad Braudel. En sociología, Norbert Elias
sirve cada vez más como referencia por su historia de las civilización
de las costumbres y la emergencia del imperio. El constructivismo puede ser
considerado también como el lado subjetivo de la cibernética
y de la teoría de sistemas, a la que está ligado aunque sólo
fuese por la escuela de Palo Alto [Paul Watzlawick, L’invention de la réalité,
Le Seuil. Gregory Bateson establece el vínculo entre cibernética
y constructivismo]. Esta concepción sabia y difícil puede ser
muy mal vulgarizada. Y puede ser objeto de todo tipo de excesos, como el
de reducir el individuo a un nudo de relaciones o la realidad a una alucinación.
Corresponde a Philippe Corcuff [que se ha unido a la LCR tras no lograr ser
entendido en Los Verdes] el mérito de haber conducido en todos los
frentes el movimiento de retorno a un constructivismo razonable, desde su
pequeña introducción “Les Nouvelles Sociologies” (1995) en
la revista Contre-temps hasta su participación en el volumen Phènoménologie
et Sociologie (2001)
4. Philippe Corcuff, Petites Leçons de sociologie des sciences, Le
Seuil, 1996; Michel Callon, Agir dans un monde incertain: essai sur la démocratie
technique, Le Seuil 2001
(http://etatsgeneraux.org/pub/cognitif.htm)
5. Bruno Ventelou, Au-delà de la rareté, Albin Michael, 2001
(etatsgeneraux.org/economie/livres/rarete.htm)
6. Premio Nobel de economía 1998. Un Nouvelle Modèle énocomique,
Odile Jacob, 2000; Repenser l’inégalité, Le Seuil 2000; L’Économie
est une science morale, La Découverte, 1999.
7. Serge Latouche, “En finir une fois por toutes avec le développement”,
Le Monde diplomatique, mayo 2001
8. Patrick Viveret, informe de la misión “Nuevos factores de riqueza”,
encargado por el Secretario de estado para la economía solidaria en
el gobierno de la izquierda plural, Guy Hascôet (www.place-publique.fr)
9. Dominique Méda, Le Temps des femmes, Flammarion, 2001; Roger Sue,
Renouer le lien social, Odile Jacob, 2001.
10. Obra citada (nota 4)
11. Henri Laborit, La Nouvelle Grille, Gallimard, 1985
(http://etatsgenerauux.org/pub/livres/laborit.htm)
12. Reflexiones de Robert Buron en el seno del Grupo de los Diez.