Andrés Montero Gómez
Justicia en femenino ante violencia en masculino
Andrés Montero Gómez es Presidente de la Sociedad Española de Psicología
de la Violencia. Artículo publicado originalmente en el diario
El Correo, 2 de julio
de 2005, y reproducido por Iniciativa
Socialista, verano 2005, con autorización del autor.
Cuatro centenares de juzgados especializados en violencia hacia la mujer
han sido constituidos. La Asociación Profesional de la Magistratura
cuestiona no sólo su creación, sino hasta su propia filosofía.
Consideran los jueces conservadores, en una justicia supuestamente libre
de sesgos ideológicos, que no puede juzgarse a un agresor en función
de su sexo.
Desconocen, ignoran, simplemente desatienden o sesgan su argumentación
respecto a la circunstancia de que la violencia hacia la mujer es violencia
masculina y los agresores de mujeres son hombres.
La justicia en violencia hacia la mujer no trata diferencialmente las agresiones,
no las desiguala en plano jurídico a otras, simplemente califica un
tipo específico de violencia que constituye un problema social. Los
tipos penales se han agravado y los juzgados especiales se han articulado
sobre lo que, en un porcentaje tremendo de los casos, representa una violación
diaria y sistemática de los derechos humanos de miles de mujeres españolas.
Esa violación se lleva a cabo por hombres.
El argumento que esgrimen quieren se contrarían ante la creación
de juzgados especializados o legislación específica, que no
especializada, es idéntico a esos que han fabricado quienes arguyen
que existe violencia masculina hacia la mujer porque también existe
la que opera en sentido inverso. El argumento, en sí mismo, es una
falacia interesada. La violencia femenina hacia el hombre no existe. No existe
como problema social. Lo que se registran son casos individuales de mujeres
que agreden a hombres. Por supuesto, punibles como agresiones en su tipología
específica de violencia interpersonal. Desde luego, nada que refleje
un problema social de dimensiones cuantificables, aunque sea tentativamente,
que nos retrata culturalmente como deficitarios en algo que está en
la raíz de toda la imposición totalitaria que involucra a la
violencia, esto es, la igualdad. La violencia es la imposición totalitaria
de la desigualdad.
Existen dos tipos de femicidas. Los hay que asesinan a las mujeres en vida,
descuartizan su identidad, descomponen golpe a golpe su fisonomía
y dejan marca indeleble en su memoria.
Después las dejan vivir, pero ya han matado algo de ellas. El otro
tipo es el femicida que las asesina hasta la muerte. Como aquellos, los femicidas
masculinos que asesinan hasta la muerte mantienen a la mujer matándola
lentamente bajo tortura. La han aislado, la han humillado, la han sometido,
la han asfixiado tratando de privarlas de humanidad. Después las asesinan
hasta la muerte. Habitualmente aguardan a que ellas se hayan alejado. El
ochenta y cinco por ciento de los asesinatos de mujeres por esposos, parejas
o exparejas heterosexuales tiene lugar en procesos de separación o
divorcio. Otras veces, como el “presunto” asesino en masa de Elche, las asesinan
en un espacio de indefensión, en la cárcel de tortura que habían
construido para ellas, probablemente, desde la relación de noviazgo.
La violencia masculina hacia la mujer está presente en todos los estratos
socioeconómicos, en todos los tramos de edad, es independiente del
nivel de renta o de estudios, del trabajo del agresor o de su víctima.
Hace unos años, una investigación de la Universidad Autónoma
de Madrid reveló que alrededor de un treinta por ciento de estudiantes
universitarios, masculinos, ejercían algún tipo de violencia
hacia mujeres universitarias, en su mismo rango de edad, con las que mantenían
relaciones. Al menos un diecisiete por ciento de los jóvenes agresores
masculinos consideraban que cierto tipo de violencia era admisible, en determinadas
circunstancias, hacia sus novias. Esos hombres jóvenes entendían
que agredir a una mujer estaba justificado. Un siete por ciento de las mujeres
en la muestra estudiada había experimentado una violación consumada
o en grado de tentativa. Deténganse un momento aquí. Un siete
por ciento de las jóvenes universitarias habían sido violadas.
Espeluznante.
Cuando encontramos violencia masculina hacia la mujer en jóvenes universitarios
inmediatamente nuestras hipótesis apuntan a que existe un factor cultural
alimentando esa violencia. El diecisiete por ciento de esos estudiantes justificaban
su violencia, pero lo que no les he dicho es que un seis por ciento de las
mujeres también entendían que algún tipo de violencia
que recibían por parte de sus agresores tenían alguna razón.
La comprendían bajo determinadas circunstancias. Existen pautas culturales,
ligadas a la educación de género, que se encuentran en la raíz
de la violencia masculina.
Los agresores de mujeres no son enfermos. Cuando un asesino repunta, enseguida
los expertos lo catalogan como un drogadicto o un psicópata. Con el
“presunto” asesino de Elche, que ha matado a mujer y dos niños a martillazos,
han convergido ambos diagnósticos. Sin embargo, tengo una explicación
alternativa a las interpretaciones dominantes, que es tan válida como
éstas porque todas se han vertido gratuitamente sin que haya mediado
una evaluación psicológica en rigor. Pues bien, a mi parecer
el asesino en masa de Elche había recreado ya el asesinato de su mujer
e hijos en su mente. Semanas antes, meses antes. Cada vez que salía
de casa a trabajar en la obra o en el descanso de la comida o en el regreso
a casa. Había imaginado ya la secuencia de los hechos. Estoy convencido
de que había ejercido violencia contra su mujer con anterioridad.
La noche del asesinato había salido a beber con un compañero
de trabajo. Recayó en el consumo de cocaína del que era adicto
en desintoxicación y, en ese momento, añoró la época
en la que era representante de ferretería, en una vida paralela en
la que se drogaba y divertía sin responsabilidad. Mujer e hijos eran
un lastre. No los soportaba. Llegó el flashback y decidió que
la noche en que la escena tantas veces pensada se materializaría era
aquélla. La cocaína la ingirió como energizador de una
conducta homicida premeditada.
Con independencia del diagnóstico que en algún momento pueda
establecerse para una persona en concreto, los agresores de mujeres no son
enfermos. Estudios en muestras de agresores incursos en procesos judiciales
demuestran que el noventa y cinco por ciento de los agresores de mujeres
no sufren padecimiento o psicopatología que condicione su responsabilidad
criminal por su violencia. En este sentido, cuando se realizan intervenciones
terapéuticas no se llevan a cabo para curar ninguna enfermedad, sino
para modificar el modelo mental y la conducta que sustentan la violencia
en estos agresores.
El alcohol o la cocaína no son causa de la violencia masculina hacia
la mujer y a veces se utiliza por los agresores para facilitar el ejercicio
de la violencia. A pesar de que nuestra ley procesal considera una circunstancia
modificativa de la responsabilidad criminal la ejecución de un acto
asesino bajo los efectos del alcohol o las drogas, muchos agresores utilizan
el alcohol o sustancias psicoactivas como facilitadores de la violencia.
Aquí, la propia ley contempla que la atenuante desaparece, puesto
que se ha utilizado la droga como senda instrumental para cometer el delito.
El proceso se denomina ‘impulsividad planificada’. De esta suerte, el agresor
se va situando en el escenario en el cual sabe que va a “perder el control”
de su conducta y va a descargar una paliza sobre la mujer. Esa pérdida
de control es construida, es premeditada, y se facilita la mayoría
de las veces ingiriendo alcohol, que es un desinhibidor conductual, o cocaína
como energizador de la conducta.
Los hijos e hijas de las mujeres atacadas son receptores directos de la violencia
contra sus madres. Incluso cuando no hayan recibido un solo golpe. Las consecuencias
para la salud de estos niños son gravísimas y, no sorpresivamente,
el glosario de trastornos observados guarda un estrecho paralelismo con las
consecuencias que para la mujer tiene la violencia masculina.
Sin recibir un solo golpe, un niño puede desarrollar un síndrome
de estrés postraumático por la violencia que recibe su madre.
Una agresión masculina contra una mujer nunca es un hecho aislado.
La violencia contra la mujer se ejerce en un marco estratégico en
donde el agresor utiliza el maltrato, psicológico en
combinación o no con golpes y palizas, para anular y dominar a otro
ser humano. El fin último es la posesión por sometimiento.
Cuando se dan noticias de agresiones o asesinatos, existe siempre una historia
de violencia que los precede y en los que se enmarcan.