Ana Morilla Carabantes
Cuando el debate es combate
Ana Morilla es analista política y consultora de gestión
pública. Publicado en Iniciativa Socialista 76, verano 2005
Muchos vivimos el Debate del Estado de la Nación como una fiesta;
la apoteosis de la democracia celebrada mediáticamente, el despliegue
de escenario, actores, luces, guión, desafío, el baile de ideas
ordenadas y articuladas en el congreso, los oradores y portavoces y su tiempo
de aparición, gloria o traspiés, el análisis sobre nuestro
país y sus circunstancias, el tablero de ajedrez de palabras y frases
que representan intereses, a veces valores, las bambalinas de consultores,
ideólogos y acuñadores de opinión y titulares que asesoran
a los líderes, su posible miedo escénico ante el examen colectivo...
El Debate no llega a la altura ritual, estética y visual de las parafernalias
vaticanas u operísticas, pero permite, como los espectáculos
complejos, disfrutar del análisis en múltiples planos.
Hay debates en que se busca la exposición, el matiz y hasta el encuentro
y los hay para sacar pecho ante el propio clan deslegitimando al adversario.
El Debate sobre el Estado de la Nación celebrado el miércoles
ha sido, en algunos momentos, un ring para hooligans y no una cámara
institucional donde ofrecer a los ciudadanos cumplida cuenta de actuaciones
por parte del Gobierno, y análisis crítico, constructivo y
realista por parte de la oposición; es evidente que no siempre se
persiguió coadyuvar a mejorar la situación del País,
sino sacar tajada y posición de partido a cualquier precio.
Preocupa pensar que la oscilación que va del País de las maravillas
de Zapatero a la hecatombe a la deriva expuesta cruenta e incendiariamente
por Rajoy, sea similar a la fractura que existe entre las visiones de los
ciudadanos. Preocupa comprobar como el principal partido de la oposición,
y opción de alternancia gubernamental, abandona el centro sin pudor
y se acomoda en la radicalidad que sigue utilizando ETA y Patria, sus canteras
de voto y alarma, a costa del grave daño que con su falta de equilibrio
en temas tan sensibles se infringe a las causas que pretendidamente defienden.
El debate ha sido calificado como el de la ruptura y ésta es la proclamación
de un fracaso de nuestros políticos. Se diría que la oposición
actual prefiere romper la baraja con indignación y escándalo
para que su ira sea más creíble y a sabiendas de que el Gobierno
no podrá resolver sin su ayuda los resbaladizos y complejos retos
que está enfrentando.
En el núcleo del debate-combate, los hechos realizados por el Gobierno,
su discurso inicial de actuaciones realizadas, situación por sectores
y las políticas concretas, pasaron durante la intervención
de Rajoy a un plano muy secundario; su lugar lo ocuparon insultos personales
(hasta 20), sospechas e hipótesis (negociaciones fantasma con ETA,
posibles “oscuros pactos ZP, Ibarretxe, Otegui”) y descalificaciones a la
globalidad que nos impidieron contar con un interlocutor creíble que
denunciase fallos en temas clave y reales (cierta indefinición en
la reforma de estatutos, política débil de vivienda, falta
de productividad de nuestra economía, necesidad de minimizar la deslocalización,
trinomio jóvenes-empleo-precariedad, y otros muchos).
Los expertos dicen que en comunicación lo que importa, en más
de un 70%, son las formas: Zapatero se posicionó con sonrisa, candor,
cierta displicencia sosegada, su optimismo antropológico y su clásica
pedagogía democrática un tanto gastada. Usó sus palabras
talismán: sueño, esperanza, diálogo y ciudadanía.
Tres frases destacables: “no renunciaré a la política para
poner fin al terror y me comprometo a informar a la cámara si se dan
pasos hacia una posible negociación con ETA”, “la financiación
autonómica será acordada multilateralmente en el Consejo de
Política Fiscal” y “Vuelvo a ofrecer al PP una reunión inmediata
para tratar el modelo de Estado”
Barcelona, 12 de mayo de 2005