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Las contradicciones del desarrollo chino

 Norberto Emmerich

 Norberto Emmerich, Universidad de Belgrano, Buenos Aires, Argentina, emmerich@ub.edu.ar

La economía china creció a un ritmo superior al 10% anual durante más de quince años. Su extraño ingreso a la economía capitalista mundial lo hizo partícipe necesario de la crisis del sudeste asiático y la relación de autonomía construida por la revolución de 1949 se transformó a partir de 1985 en una interdependencia asimétrica donde la variable externa condicionó las alternativas de decisión de la burocracia gobernante. Ya a fines de los ’90 el proceso de globalización económica mundial y sus características inasibles presionan fuertemente hacia una resolución terminante de la relación dialéctica entre una economía capitalista y un régimen político de partido único.

El ingreso a los mecanismos de desarrollo capitalista supone cambios en la ubicación económica de los actores sociales, el pase de un sistema de deseconomías amplias a economías competitivas, la escisión entre una zona que produce para la economía mundial y una zona que decide desde la economía mundial, la migración de población rural a las ciudades, el hostigamiento de la tradicional moral confuciana nacional por una jerarquía individual de valores occidentales, el previsible recambio de las garantías estatales permanentes por el enfrentamiento solitario a las crisis cíclicas de la economía mundial, el choque entre una anhelada reivindicación del siglo de la vergüenza china y las desigualdades que genera el crecimiento capitalista. Aparecen nuevas contradicciones teóricamente inexistentes en una sociedad hasta ahora sin clases: entre avance económico y retroceso social, entre campesino propietario y no propietario, entre obrero urbano y gerentes de servicios, entre elite intelectual y know-how extranjero, entre crecimiento del PBI y crecimiento del desempleo, entre diversidad social y uniformidad política.

Aparecen también contradicciones en el terreno de lo político entre tradición y reforma, legitimidad y eficiencia, legalidad y desarrollo, democracia y comunismo, derechos civiles y derechos políticos, integridad territorial y regionalización económica, unidad nacional y reivindicaciones nacionales.

También hay severas contradicciones en el terreno de la política internacional: entre expansión regional y estructura de poder, entre disuasión nuclear y diseminación de tecnología, entre régimen tecnológico nacional y régimen comercial internacional, entre hegemonía regional y hegemonía mundial, entre proyección de poder y recepción de poder, entre statu quo y desequilibrio, entre Estado y nación.

Si sumamos a éstas las contradicciones que el propio proceso de globalización genera en los países en donde penetra, podemos ver la magnitud de problemas con que se enfrenta China en la presente encrucijada histórica.

La importancia de este estudio radica en que estas contradicciones, relativamente maniobrables en períodos de calma, se tornan explosivas en procesos de turbulencia económica mundial como los actuales.

Si bien el gobierno chino parece conservar aún el timón de los acontecimientos, veremos cuál es la situación en aquellos sectores sociales que han pasado de tener una perspectiva asegurada por el estado de economía planificada a la inseguridad propia de la competencia capitalista dado que la presión social puede ser el ariete que encabece la síntesis global del sistema de contradicciones.

La globalización

La pérdida de soberanía que suponen las economías abiertas y la integración al mercado mundial, donde los Estados se pliegan a estructuras de intercambio que no puede regular ni dirigir, pero que sí quieren imponer a su población sin poder obtener su obediencia, produce reacciones que buscan preservar los espacios nacionales. Este doble juego entre integración y preservación es una característica de los estados débiles que buscan no desaparecer ante la presión externa. Al mismo tiempo que se adaptan a las regulaciones del comercio, las finanzas y la producción mundial reproducen circuitos de competencia local en el ámbito de lo simbólico, refugiándose en la recreación de una cultura política autoritaria y recurriendo a ella como factor cohesionador que dirima espacios de preservación de identidad y pertenencia. Esta actitud, que no implica una conducta internacional de disputa abierta por espacios de poder, se recicla en la apropiación de los recursos naturales de sus países. Es el caso de muchos estados africanos.

Hay una segunda contradicción entre poder y recursos. La guerra y la paz siempre pudieron explicarse en términos de poder; nos encontramos ahora con que la guerra y la paz ya no responden a la búsqueda de acumulación de poder sino a la falta de éste. Los conflictos no surgen de la cantidad o calidad de los recursos acumulados y disponibles, sino de la inexistencia de los mismos. No son consecuencia de la vocación innata de mantener, acumular o adquirir poder sino de la necesidad de sobrevivir. Las guerras limitadas tienden prontamente a convertirse en guerras totales. Pero en la medida en que estos países se involucran en guerras para establecer pautas de poder regional vuelcan ingentes recursos, que no tienen, en la búsqueda de un status que no pueden mantener sino ideológicamente. La perspectiva con que Pakistán encara la guerra contra la India por el control de Cachemira se mueve dentro de esta contradicción.

Pero hay también una contradicción entre soberanía y legitimidad. Los estados hegemónicos del sistema mundial miran con cuidado desinterés la escena mundial, convirtiéndose en firmes impulsores de la dinámica comercial y financiera del capitalismo de fin de siglo. El resto de los Estados no son considerados a priori una amenaza y el reparto de poder mundial, que ha dejado grandes zonas vacantes, se reconfigura mediante la disputa por el control de esos mercados "sin dueño" entre las potencias hegemónicas, o que aspiran a serlo.

Al intentar defender la soberanía frente a la presión económica mundial pierden la posibilidad de apropiarse de los probables beneficios derivados de la integración al mercado mundial; pero estos beneficios no resultan claros para las poblaciones locales que deben observar la caída de sus niveles de vida; por lo que los gobiernos, que adquieren legitimidad internacional resignando soberanía nacional deben, en el terreno interno, declamar sobre la soberanía externa para recuperar legitimidad interna. El proceso de crisis social parece llevarlos inevitablemente a perder al mismo tiempo legitimidad y soberanía.

Desde la escena nacional el proceso de disgregación estatal es todavía más agudo ya que si las naciones sufren transformaciones y se reconfiguran constantemente, acosadas tanto interna como externamente, el nacionalismo se encuentra nuevamente al frente de la batalla por la preservación, independientemente de que debamos definir en cada caso cuál es el factor que utilizan para amalgamar la defensa de la soberanía.

Una vertiente nacionalista intenta conservar el rol y la extensión del Estado mientras otra pretende deslegitimarlo y crear identificaciones más pequeñas y más débiles. Hay un nacionalismo cohesionante que busca legitimidad para recuperar soberanía y otro nacionalismo disgregante que busca soberanía porque le sobra legitimidad.

La utopía jurídica de la igualdad soberana de los Estados alimenta el proceso nacionalista disgregante ya que, independientemente de la inexistencia de cualquier umbral mínimo para la viabilidad nacional, el reconocimiento jurídico significa una igualdad internacional que garantizaría por sí sola la sobrevivencia del nuevo Estado con la consecuente capacidad legitimada de la elite a cargo de apropiarse de los recursos existentes en él para negociar el ingreso al régimen económico internacional.

El proceso nacionalista de la India se mueve dentro de este doble circuito. El BJP es un nacionalismo cohesionante conviviendo con las reivindicaciones nacionalistas disgregantes de los sikhs del Punjab, los tamiles de Tamil Nadu y Sri Lanka, los musulmanes cachemiríes, los conflictos campesinos de Assam y los problemas separatistas de Nagaland y Tripura.

Una última contradicción se manifiesta entre legalidad y acumulación. Los países que han visto destruida su unidad nacional y su estructura de dominación por la caída del comunismo y aquellos países que pasaron bruscamente de un estado patrón a un estado ausente, encuentran como salida para la acumulación capitalista la búsqueda ilegal de generación de riquezas. Esta búsqueda se torna violenta y el Estado queda a merced, o se vuelve agente, de grupos que se apoderan de sectores económicos y se reconvierten en nueva burguesía. La búsqueda de legalidad hace a estos Estados entrar en un juego sinuoso entre control y permisividad, en la medida que necesitan el ingreso de capitales y la acumulación capitalista pero también necesitan un marco de legalidad general que permita un control social global.

Si la crisis social en China está inserta dentro de la perspectiva más general de una contradicción entre soberanía y legitimidad, significa que hay una estrecha relación entre los índices de desempleo en la base de los indicadores y las posibilidades de sobrevivencia del Estado en la cúspide de los resultados.

El desaceleramiento

Varios factores hacían previsible el deterioro en el ritmo de crecimiento que protagonizó China en la década de los ’90.

A pesar de estas advertencias sobre el panorama del crecimiento chino nunca dejó de llamar la atención su avance tan rápido hacia el capitalismo frente a las tremendas dificultades que enfrentaron otros regímenes comunistas, dificultades cuyo costo más grave fue la disolución nacional de varios de ellos.

Hay varias razones que parecen sostener este crecimiento que, generando contradicciones constantemente, no sucumbe frente a ninguna de ellas:

Las estadísticas

Al intentar cuantificar los ritmos de crecimiento chino nos encontramos con que el ritmo no era tan acelerado y los índices de inflación oficial eran mentirosos. Los porcentajes publicados exageran el éxito chino. El índice inflacionario (cercano en la realidad al 10%) disminuye los porcentajes reales de crecimiento del PBI.

Esta inasibilidad de las estadísticas se traslada a todos los terrenos donde se intenta cuantificar las magnitudes del fenómeno chino.

Los funcionarios locales obtienen importantes bonificaciones estatales según el ritmo de crecimiento de sus regiones. Al mismo tiempo ellos mismos son los encargados de recoger las estadísticas económicas en sus áreas. Esto explica la tendencia a la corrupción de los datos estadísticos.

Las estadísticas oficiales sólo registran el empleo urbano, no incluyen el desempleo industrial y tampoco tienen en cuenta a los 130 millones de "agricultores en excedencia". De este modo los índices nacionales resultan necesariamente falsos.

La cuestión social

"La cifra oficial de un 4% de población desempleada es en realidad tres veces mayor", así lo afirma el diario El Mundo de España en su edición del 14 de febrero de 1999. China camina hacia su tercer punto de inflexión en la evolución del desempleo luego de las crisis de 1978 y 1989. Cada año se incorporan al mercado laboral entre 15 y 20 millones de personas. El crecimiento económico del 8% en 1999 permitió la creación de sólo 8 millones de puestos de trabajo para satisfacer una demanda de 18 millones de nuevos trabajadores.

El presidente Jiang Zeming planteó la posibilidad de realizar una profunda reforma constitucional que dé paso a una nueva y más agresiva reforma capitalista pero el sector conservador del Partido Comunista se opone, consciente de que entre 1997 y 1999 el desmantelamiento del sector público chino ha llevado al paro a 16 millones de personas y que otros 30 millones van camino de correr la misma suerte.

La crisis asiática ha hecho mella indirectamente en la economía china que se ha visto presionada por la alternativa de devaluar su moneda, el yuan. La devaluación haría posible la colocación del excedente productivo que se acumula en stock a precios competitivos en el mercado regional y revertiría la desaceleración económica. Como contrapartida produciría una gran inestabilidad financiera en los países vecinos, sobre todo Japón. El gobierno chino se ha esforzado en mantener una posición internacional de defensa de la estabilidad monetaria que, si bien es coincidente con su ya decidida alineación con las necesidades del mercado mundial, profundiza internamente la recesión económica, la caída del consumo y el desempleo.

La incidencia de la crisis asiática ha sido indirecta porque el yuan no es convertible y la cuenta de capital de la balanza de pagos sigue cerrada. Evidentemente su economía ha sido afectada por las otras devaluaciones del sudeste asiático pero ha podido resistir las presiones dada la estabilidad de su balanza de pagos, asentada en una impresionante masa de reserva de divisas. China, un país que aún se mantiene fuera de la economía global, ha resultado ser el principal protector de ésta.

Los ámbitos donde se desarrolla la crisis social

Sobre las anteriores y sistémicamente necesarias consecuencias sociales de la modernización capitalista, estos datos macroeconómicos montan una situación explosiva en varios ámbitos que exceden al núcleo básico del desempleo.

Las presiones de los actores sociales

La crisis social que estudiamos en este trabajo es producto de un juego de presiones ejercidas por las distintas fuerzas sociales sobre el desarrollo económico:

Estas seis presiones ejercidas por distintos actores sociales (el Partido Comunista, el gobierno, la economía mundial, los sectores medios, los trabajadores de renta fija, los campesinos, la elite tecnológica y los desempleados) parecen estar todas vinculadas a dificultades propias del crecimiento. Es evidente que no estamos hablando de una economía en retroceso, paralizada o involutiva sino de una economía en desordenado crecimiento que está experimentando un ralentamiento. Y estamos hablando de las contradicciones que genera ese crecimiento. Que esas contradicciones se desarrollen dentro de una estructura social en desarrollo significa que sus posibilidades de expresión son mayores que en economías regresivas, donde el régimen de acumulación no otorga ninguna perspectiva de satisfacción de las demandas sociales.

Definición

Entendemos por crisis social al momento en que amplios sectores de la sociedad civil atraviesan por un proceso de ruptura del sentido de pertenencia a una misma comunidad global nacional y buscan reemplazarla por identidades más inclusivas pero de menor alcance.

En este sentido los datos y procesos sociales que mencionamos hasta ahora en este trabajo, vinculados todos ellos a un proceso de desarrollo económico capitalista y a las contradicciones que éste genera, no pueden tomarse como parte secundaria de un proceso general de crecimiento que terminará, tarde o temprano, por licuar las diferencias internas y restaurará automáticamente el equilibrio social. Esto nunca fue así. Siempre los procesos de ajuste social son resultado de la estructura de relación de fuerza que se establece entre los distintos sectores en pugna. Los acuerdos que restauran el equilibrio social amenazado o roto son producto del triunfo de un sector sobre el resto; el reparto de costos y beneficios propugna un acuerdo de dominación entre todos los actores sociales de forma de poder legitimar la hegemonía del vencedor.

En el caso chino la elección, a partir de 1949, de una forma de desarrollo no dependiente y autónomo, implicó un cierre hacia adentro de la economía nacional y la eliminación de la burguesía en la búsqueda de la conformación de una sociedad sin clases. La estratificación social quedó simplificada entre una casta dependiente del aparato del partido y del Estado, una pequeña masa de obreros industriales y una enorme masa de campesinos colectivizados. La legitimación otorgada al Estado comunista provino de la extensión de la sobrevivencia a toda la población, nunca garantizada por el anterior Estado de clases, y el control sobre las expresiones sectoriales no estatales/partidarias.

Pero el acercamiento a la economia capitalista supone la desaparición de la simplicidad social y la proliferación de la diversidad de acuerdo a la ubicación de cada sector social en el sistema productivo. A partir de ahí estos sectores deben disputar y dirimir entre sí sus posibilidades de reproducción social. Los ajustes constantes que la dinámica del desarrollo chino producen en su población (migraciones, desempleo, inflación, corrupción, represión) también sufren un proceso de abajo hacia arriba (movilizaciones, reclamos, paros, partidos opositores, movimientos democráticos, separatismo).

Si esa diversificación social coincide con una fragmentación territorial entre las desarrolladas regiones de la costa y el atraso del campesinado interior se incrementan las posibilidades de ruptura nacional. Si a eso se suman los reclamos separatistas de algunas (pocas) regiones, el proceso se vuelve triplemente explosivo.

La memoria histórica china no registra derrotas en la relación de fuerzas entre el gobierno y las masas. La moral confuciana que privilegia las relaciones personales a la estructura de poder burocrático y el desarrollo autónomo regional a la dominación nacional obra como freno a las aventuras de regimentación que quieran romper el hasta ahora empate social inmóvil de los últimos 50 años.

El síndrome de Tianamenn también supone que ante ciertas señales de descontento el gobierno se incline por otorgar concesiones. Esto no significa que la dinámica del proceso no requiera de mayor represión y coerción para poder ser llevado adelante, sobre todo cuando las demandas se acrecientan en coyunturas de crisis como la actual.

Esto explica la aplicación de tres políticas complementarias entre sí:

De esta combinación de estímulo, represión y protección surge el intento del gobierno chino de no enfrentar abiertamente los reclamos sino de esperar la recuperación del ritmo de crecimiento para poder legitimarse en la eficiencia económica.
 

Las políticas keynesianas del gobierno chino

    El temor al enfrentamiento abierto con el movimiento de masas ha obligado al gobierno chino a continuar con las tradicionales políticas de resguardo social del estado comunista. De este modo continúan funcionando a pleno la gratuidad en la educación, el transporte, la salud, el combustible doméstico y la vivienda. Los reclamos derivados de la desigualdad capitalista y de la crisis mundial se suponen atenuados por estas políticas. Pero los desempleados urbanos, que han visto o vivido el boom y el consiguiente aumento del precio de la mano de obra, juzgan insuficientes estas medidas ya que comienzan a exigir los subsidios a la desocupación y las coberturas sociales de los países europeos, acordes a un proletariado de país capitalista avanzado. En estos sectores pesan fuertemente el acercamiento a las pautas de consumo occidentales.

    En este sentido la explosión latente en las contradicciones sociales se ve atenuada por la permanencia de las políticas de contención tradicionales. Pero el mantenimiento del gasto social, acentuado por la crisis asiática, se contradice con las necesidades propias de la expansión capitalista, que requieren del aumento de la competitividad y el alejamiento, paulatino o acelerado, del Estado en relación con los sectores económicamente no autosustentables. La contradicción entre eficiencia y legitimidad se torna clara en esta situación. La búsqueda de la eficiencia en el comportamiento competitivo capitalista supone el enfrentamiento abierto entre los distintos sectores sociales por la apropiación de su porción de la renta nacional en base a su capacidad individual, apropiación tecnológica y organización social. Pero los sectores que poseen menos recursos para autoimponerse en esa desigual competencia y que se suponen no necesarios en el nuevo esquema económico elaboran respuestas que deslegitiman la actuación del Estado. La contradicción entre eficiencia y legitimidad, típica del Estado de bienestar keynesiano implementado en Occidente, parece gozar de buena salud en China. En esta contradicción, pivoteando sobre los polos de la misma, se encuentran asentados los sectores tradicional y reformista de la burocracia estatal. Pero al revés de lo que sucede en los estados capitalistas, donde el régimen constitucional defiende las condiciones de desarrollo capitalista, en China el funcionamiento de la legalidad de hecho que mencionamos al comienzo de este trabajo sigue sosteniendo en la legalidad de derecho los Cuatro Principios Cardinales enunciados por Deng en 1979: la vía socialista, la dictadura del proletariado, el liderazgo del partido y el marxismo leninismo maoísmo. Mientras en los países capitalistas los reclamos sociales derivan rápidamente hacia mecanismos extraconstitucionales, en China estos reclamos se amparan en la Constitución. Por lo tanto el rol de las políticas keynesianas en China es radicalmente distinto al que éstas cumplen (o cumplían) en los países capitalistas. Estas políticas chinas son parte esencial de la constitución del Estado mientras que en Occidente son resultado estricto de la lucha de clases y de un compromiso social sumido en forma extraconstitucional. Esto permitió desandar el camino del compromiso social en Occidente sin que el marco legal se viera afectado. Por lo tanto la movilización social en China amenaza directamente no las características del modelo de desarrollo económico, sino las bases de constitución del Estado socialista burocrático.

    Si la movilización social se impone a la dinámica del sector reformista del gobierno la transición al capitalismo se hará tan lenta que significará su detenimiento, fortaleciendo las posibilidades de retorno a una crisis de empate social entre al acuerdo social de dominación interno, socialista e inviable y la presión externa de la economía mundial, capitalista y dinámica.

    Si las políticas reformistas logran imponer su ritmo al conjunto de la sociedad desaparecerá todo vestigio de legalidad socialista y la contradicción entre economía capitalista y política comunista se resolverá en la constitución de una democracia, distinta a la occidental, menos legalista y más privada, personalista y relacional, neoautoritaria y moderada. En ambos casos el que pierde es el intermediario, la burocracia estatal y partidaria.

    La tercera opción, intermedia y actualmente en vigencia, es el mantenimiento de las dos opciones al mismo tiempo: las políticas keynesianas, con aumento del gasto amparado en la reserva de divisas y la expansión capitalista, con recesiones periódicas en las exportaciones, acumulación de stock, caída del PBI y deuda externa. Esta situación de relativo equilibrio depende casi exclusivamente de los giros de la crisis económica mundial y su consecuente presión sobre la sociedad china. Si las políticas keynesianas erosionan el gasto público de tal manera de hacerlo insostenible el sector reformista buscará profundizar la liberalización económica, como ya lo ha manifestado el primer ministro Zhu Rongji. Si la presión social interna no logra impedir este giro del gobierno el paso al capitalismo se acelerará.
     

Los déficits de la movilización social

    Si el ingreso al capitalismo no produce resultados aceptables, simplemente no hay otro sistema alternativo bajo el cual el descontento social pueda reagruparse rápidamente. En consecuencia, un colapso social repentino es poco probable. La perspectiva posible es un círculo vicioso de descontento individual, desorganización social, caída de los ingresos y una lenta espiral descendente que hará vigente la dinámica contradictoria de avance y retroceso.

    La falta de democracia social y por lo tanto de organizaciones independientes de masas colabora con las dificultades de imponer los reclamos sociales en forma eficiente. Por lo tanto las probabilidades de aumento de la represión, dentro de la trilogía estímulo-represión-protección, son mayores.

Clases sociales y unidad nacional

    Si bien no aparecen por ahora signos de ningún proceso que permita vislumbrar posibilidades de disgregación nacional en China es necesario puntualizar que la vinculación teórica entre crisis social y crisis nacional es clara.

    Los sectores sociales que se movilizan por reclamos de todo tipo comienzan al mismo tiempo a buscar elementos que les permitan elaborar marcos de pertenencia, identidad, legitimidad y ciudadanía. Si el Estado comenzara a mostrar indicios de ajenidad respecto a la situación social dejándola librada a la competencia capitalista, los sectores sociales que vean al Estado nacional como extraño comenzarán a suplantar su rol en el ámbito de pertenencia geográfica.

    En un país de 10 millones de kilómetros cuadrados y 1.200 millones de habitantes y con un regionalismo acentuado, este proceso, de comenzar, sería muy acelerado en su desarrollo dada la cantidad de burocracias regionales que intentarían defenderse de la ajenidad estatal mediante la apropiación de los recursos a su cargo entre los que la población es de primera importancia.

    La moral confuciana funciona como el más severo freno a estas expectativas pero el confucionismo se expresa en el plano de lo cultural simbólico y la ajenidad estatal se mueve en el plano de lo dialéctico material. Dada la cualidad enormemente versátil y personalista del confucionismo parece posible una rápida adecuación de esa moral a las nuevas realidades impuestas por la dinámica social.

    Las nacionalidades que reclaman independencia son marginales en China y no forman parte del contexto de crisis social (Tibet). Pero las diferenciaciones entre la costa y el interior, entre un sector que produce y otro que decide, entre el campo y la ciudad y entre agro e industria son todas parte de un macroproceso de regionalización básica entre costa e interior. Esta coincidencia entre crisis y geografía puede ser la base material para serios problemas de unidad nacional.

Conclusiones
China tiene pocas probabilidades de entrar en una crisis explosiva dado el cuidado con que el gobierno encara las reformas económicas y la protección social l mismo tiempo. Pero el ajuste recesivo para enfrentar la crisis puede transformarlo en un "campeón de carreras cortas" que, aspirando a transformarse en actor central del sistema internacional, termine por convertirse en sólo un peón del juego de las grandes potencias.

La tentación de considerar a China como gran potencia, en base a sus índices de crecimiento del PBI de dos dígitos durante más de una década, nos puede hacer perder de vista la posibilidad de que la dependencia de la división internacional del trabajo la haya colocado en una estación de paso que haya dado de todo de sí y quede en un costado de la economía mundial.

Este diagnóstico probable y posible aún no encuentra datos que lo corroboren, justamente porque éste es el momento en que esta situación se está dilucidando. Si la presión social contra el ajuste no hace saltar el gasto público y redistribuye la renta en disputa entre el mercado internacional y el mercado interno, China conservará las expectativas de crecimiento en la escena internacional. Pero, como nada es menos estático que la sociedad civil en movimiento, si la probabilidad de transformarse en gran potencia se pierde como resultado de la presión social, también se perderá toda posibilidad de conservar la unidad nacional. China dejará entonces de ser una estación de paso para correr serios riesgos de ver pasar el tren de la historia sin tener la opción de subirse a él.

Bibliografía

 
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