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 La muerte en México de Víctor Serge

Julián Gorkin

Víctor Serge dice, al final de sus Memorias, que el primer rostro que vio a la llegada de su avión al aeródromo de México fue el mío. Era en agosto de 1941. El lunes 17 de noviembre de 1947, la última mano amiga que estrechó la suya, un par de horas antes de su muerte en medio de la calle, fue la mía. Estos seis años fueron los más tranquilos -relativamente tranquilos, como veremos- y literariamente los más fecundos de la vida de ese combatiente eternamente perseguido. Un resumen de ese periodo me parece indispensable a manera de epílogo de su documento autobiográfico.

Desde su salida de la URSS -casi un milagro: unos meses más y lo hubiera condenado la GPU a la fosa común de los oposicionistas-, nuestras vidas habían estado muy unidas. A su llegada a Bruselas -había estallado ya la guerra civil española-, corrí a verle desde Barcelona y, con una clarividencia que yo, con menos experiencia que él y absorbido por la acción de cada hora, no alcanzaba a tener me anunció los peligros que se cernían sobre nuestro partido independiente y antiestalinista. "Si Stalin ha decidido intervenir en España en plena liquidación de las oposiciones en Rusia, no podrá tolerar una oposici6n exterior como la vuestra". Le escuché un tanto escéptico. ¡Tenía una fe tal en el espíritu de rebeldía y de independencia del pueblo español! Por iniciativa suya, visitamos a los jefes de la II Internacional: no nos ocultaron éstos que, tratándose de una lucha entre fracciones obreras, preferían no intervenir. "El espíritu de frente popular y de no intervención los ciega", comentó Serge al salir de la entrevista. Y añadió moviendo tristemente la cabeza: Tendréis que batiros en dos frentes: e1 fascista y el estalinista. El más peligroso para vosotros es el segundo. Os encontraréis solos o casi solos". Le rogué que aceptara el cargo de consejero y de corresponsal del diario que yo dirigía en Barcelona. Lo digo por vez primera: un documento que presenté en un Congreso, sobre el comunismo mundial y la intervenci6n soviética en España, lo había redactado él. Unas semanas más tarde nos anunció, a Nin y a mí, que el estalinismo preparaba activamente nuestro exterminio físico. Cuando nos detuvo la GPU -iba a ser el nuestro "el primer proceso de Moscú en el extranjero"-, se convirtió en el más obstinado y diligente de nuestros defensores; Nin fue torturado y asesinado en una Lubianka madrileña, pero Serge contribuyó enormemente a salvarme a mi y otros compañeros. Contribuí yo a salvarle después del gran naufragio europeo. Puede decirse que nos debíamos mutuamente la vida. Por eso nos unía ya para siempre el más só1ido de los lazos humanos: el de la solidaridad.

Para, Serge y para mí -y para otros veinte mil europeos, republicanos españoles en su aplastante mayoría-, México era la vida a salvo. Casi el único país que, en medio del hundimiento de todos los va1ores universales y humanos, mantenía el derecho de asilo. Lejos de los angustiosos dramas de aquellos momentos, se respiraba el aire libre a todo pulmón. En contacto con mi naturaleza optimista y fácilmente irónica, tenía momentos de alegría e incluso de risa; pero no tardaba en ensombrecerse su rostro. Se encerraba durante largas horas en la meditación y en el silencio. Hablaba poco y, cuando hablaba, era con un fondo amargo y dramático. Habituado a pensar mucho en los demás y poco en sí mismo, su drama era el angustioso drama humano y su conciencia una especie de purgatorio universal. Llevaba a cuestas el drama de la revolución rusa devorándose a sí misma, con los rostros de todos los grandes revolucionarios desaparecidos, exterminados -y la URSS invadida por Hitler no obstante el infame pacto firmado con él-; el drama del valiente pueblo español vencido, traicionado, con más de un millón de muertos clamando al cielo; el de Bélgica y Francia ocupadas por el nazismo... El ruso, el español, el belga y el francés, eran sus pueblos predilectos; había luchado y sufrido con ellos y su suerte le acongojaba el ánimo. Amaba, como todos los pensadores y todos los que han vivido intensamente, el retiro y la soledad; comprendí, sin embargo, que no convenía dejarle solo. Durante los dos primeros años compartimos el mismo departamento: una habitación cada uno y un comedor común. Nuestros adversarios nos decían vendidos, por turno, a todas las potencias capitalistas; aislados, incomprendidos, sin lugar entre las corrientes encontradas, cada día era una lucha para subsistir.

El general Lázaro Cárdenas, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos nos había ofrecido generoso asilo; pero también se lo había ofrecido a nuestros enemigos mortales. Nosotros, los revolucionarios independientes, éramos un puñado y carecíamos de medios y de influencia; por el contrario, nuestros enemigos eran bastante numerosos, disponían de abundantes medios y gozaban de gran influencia. Pululaba México de agentes comunistas de las más diversas nacionalidades; resultaba difícil distinguir al simple militante político del agente de la GPU. Casi todos habían pasado por esa escuela de los verdugos que fue la España de la guerra civil; casi todos aguardaban el fin de la guerra mundial para partir a la conquista de sus respectivos países. (En México estaba, por ejemplo, Otto Katz –André Simne- colgado con Slansky en Praga; allí, también, estaba Vittorio Vidali, uno de los organizadores del asesinato de Trotski, jefe hoy del comunismo en Trieste. Y otros muchos). El partido comunista mexicano, -controlado por esos agentes, era poco numeroso: dos mil miembros apenas. Dominaban, sin embargo, la CTM (Confederación de Trabajadores Mexicanos), uno de los puntales del régimen, gracias al entonces líder sindical mexicano y continental Lombardo Toledano, instrumento número uno de Moscú. Dominaban asimismo la Universidad Obrera, subvencionada por el Estado y nido de esos agentes disfrazados de profesores. Y contaban con elementos seguros en casi todos los departamentos ministeriales y en casi todos los periódicos.

Cuando Víctor Serge llegó a México hacía justamente un año que habían asesinado a León Trotski. En su habitaci6n de hotel de Washington había aparecido –"suicidado"- el cadáver del genera1 Krivitsky. En Nueva York había sido ametrallado el gran anarquista italiano Carlo Tresca. Yo mismo había sufrido ya cuatro tentativas consecutivas de asesinato. ¿Cuánto tardarían en suprimirnos? Que Serge no permanecería en México silencioso e inactivo, eso lo sabían perfectamente los agentes comunistas. Precedieron su llegada dos tarjetas de presentación. Un año antes, coincidiendo con el asesinato de Trotski, publiqué su Retrato de Stalin en una pequeña editorial fundada con mucha voluntad y escasos medios. Fracasó la empresa, pero ahí quedaba el libro. Media docena de miembros de la rica colonia francesa, que querían encenderle una vela en público a la Francia Libre mientras le encendían otra en privado a la Francia de Vichy, me proporcionaron unos miles de pesos para la fundación de otra editorial. Acababa de llegar Serge a Santo Domingo cuando invadió Hitler a la URSS por sorpresa. Le cablegrafié: "Prepárame el texto de un libro a toda prisa". Agobiado por el calor tropical y por el sentimiento de que "durante estos mismos días, se fusila en las prisiones de Rusia a mis últimos camaradas", escribió en un mes un libro fuerte y ágil: Hitler contra Stalin. Presentía toda suerte de hecatombes para la URSS, con sus estados mayores político y militar decapitados y sus pueblos esclavizados. Anunciaba que las masas campesinas soviéticas recibirían a las tropas alemanas con los brazos abiertos, pero que al final el hitlerismo se hundiría. Tenía que reprochársele este libro como un grave error; sin embargo los acontecimientos, los más de ellos conocidos en la posguerra, le han dado la razón. En un solo punto se equivocó: previó la democratización de la vida soviética como consecuencia de las derrotas del régimen y esta democratización no se ha producido. Pero hoy sabemos que la responsabilidad incumbe a la ceguera y a las concesiones hechas a Stalin por las grandes potencias democráticas. La consecuencia para mí fue la pérdida de la nueva empresa editorial.

Conocíamos bien la psicología de nuestros adversarios: si nos acobardábamos, si nos manteníamos a la defensiva, estábamos perdidos; teníamos, por el contrario, que disimular nuestra debilidad y nuestra falta de medios tras una actitud firme, gallarda, desafiante. Anunciamos una conferencia de Serge en el imponente Palacio de Bellas Artes, vetusto y pretencioso edificio en mármoles, de la época porfiriana. Bajo la amenazadora presión estalinista, el escritor mexicano que debía presidirla desapareció. Nos encontramos Serge y yo solos en la tribuna. Los comunistas tomaron ésta por asalto, pero el numeroso auditorio reaccion6 y los puso en la puerta. No estábamos solos. Los anarcosindicalistas y los socialistas de izquierda españoles, que habían hecho la experiencia del comunismo durante nuestra guerra, se colocaban decididamente a nuestro lado. Una buena parte de la colonia judía -sobre todo los socialistas de origen ruso y polaco-, también. Y casi todos los socialistas independientes de la Europa occidental, muchos de ellos procedentes del campo comunista (les había decidido a la ruptura el pacto Berlín-Moscú). Pero puede decirse que no contábamos con ningún apoyo propiamente mexicano. Ese magnífico, complejo y pintoresco país que es México, en el que se rinde culto a la muerte como en ningún otro, vivía sus propios problemas posrevolucionarios bajo el signo de un nacionalismo mucho más susceptible que exaltado; tradicionalmente las colonias extranjeras se habían dedicado a crear riquezas y a ganar dinero -la española y la francesa poseían, sobre todo, colosales fortunas-, pero sin meterse en líos políticos. ¿Qué querían todos esos estalinistas, trotskistas, bundistas, socialistas de derecha y de izquierda, anarquistas y por qué venían allí a dirimir sus pleitos? La opinión mexicana no nos comprendía; para ella representábamos, a lo sumo, un espectáculo curioso.

Entre 1942 y 1944, nuestra vida se vio frecuentemente amenazada. Varias veces, durante semanas y a veces meses enteros, tuvimos que permanecer ocultos. Se preparaba abiertamente nuestro asesinato. El mío fue anunciado públicamente en las columnas del diario que inspiraba Lombardo Toledano. Le dirigimos una "carta abierta" al Presidente de la República. Recibió éste un mensaje firmado por más de doscientas personalidades intelectuales, políticas y sindicales norteamericanas, muchas de ellas de gran renombre, y otro firmado por una docena de diputados y de publicistas británicos; le instaban a tomar providencias para la protección de nuestras vidas amenazadas. Hicimos públicos esos y otros documentos en un folleto titulado "La GPU prepara un nuevo crimen", con las firmas de Víctor Serge, Marceau Pivert, Gustavo Regler y Julián Gorkin. (El probo y dinámico socialista Marceau Pivert, condenado por Vichy, se ganaba la vida dando lecciones de francés antes de fundar con Paul Rivet el Instituto Francés de América Latina. El escritor sarrés Gustavo Regler había sido comisario comunista en las Brigadas Internacionales y había recibido una grave herida en el frente de Huesca; era reciente su ruptura con el comunismo). Redactó Víctor Serge la declaración común que servía de introducción a este folleto. Decía entre otras cosas: "La consigna del todopoderoso Secretario General (Stalin) es que se aproveche la justa popularidad que las admirables hazañas del Ejército Rojo le valen a la URSS, y la alianza de este país con las democracias en guerra, para desacreditarnos, ahogar nuestra voz y suprimirnos". "No consentimos ni consentiremos nunca que se confunda a los pueblos encadenados con sus tiranos. Estamos y estaremos al lado del pueblo alemán, del pueblo italiano, del pueblo español, del pueblo francés y del pueblo ruso contra los regímenes totalitarios y al servicio de todos los pueblos oprimidos. Tal ha sido siempre la línea de nuestra vida". "Fundamos nuestra confianza en el porvenir sobre la destrucción y el hundimiento de los Estados totalitarios y en el nacimiento, en medio de las luchas presentes, de una nueva Europa en la que la palabra democracia encuentre al fin su significación integral para todos los pueblos sacrificados, para todas las minorías, para todos los hombres. Queremos laborar en favor de un socialismo rescatado a su dignidad y a sus verdaderos fines, que no pueden ser otros que la organización de los hombres libres. Queremos unas ideas limpias y claras en un movimiento obrero sano, vivificado por las emulaciones fraternales y las investigaciones libres. En el seno de la democracia amenazada, del socialismo y del movimiento obrero, defendemos esencialmente la libertad de opinión, la dignidad del militante, el derecho de las minorías, el espíritu crítico. Combatimos y seguiremos combatiendo sin cuartel el pensamiento dirigido, el culto al Jefe, la obediencia pasiva y las bajas maniobras de los partidos de disciplina ciega; así como el empleo sistemático de la mentira y la calumnia y los métodos de asesinato. En este combate sabemos que tenemos tras de nosotros -y esto jamás lo olvidaremos- los innumerables fusilados de Rusia, los combatientes de España apuñalados por la espalda, los revolucionarios decapitados en Alemania, los cautivos de los campos de concentración de Dachau lo mismo que los de la islas Solovietski". Esta declaración, que merecería ser reproducida íntegramente, está fechada en abril de 1942. ¿Contribuyó todo esto a salvarnos la vida? Sin duda alguna.

Pero Moscú les había ordenado a sus agentes que acallaran nuestra voz, así como nuestra supresión física, y la campaña contra nosotros continuaba sin tregua. Al saberse en abr1l de 1943 que Stalin había fusilado a Alter y Ehrlig, los dos jefes del socialismo judío polaco refugiados en la URSS huyendo del hitlerismo, organizamos un acto de protesta en el Centro Cultural Ibero-Mexicano. Constituido éste por un buen número de refugiados españoles, figuraba yo como Presidente de la Comisión de Cultura. No había dado todavía comienzo al acto, cuando un par de centenares de comunistas llegados en camiones y armados asaltaron violentamente el local. Hice ocultar a Víctor Serge, sin duda el más amenazado, y nos defendimos. Tuvieron ellos una docena de heridos leves; entre nosotros hubo dos heridos de cierta gravedad: mi compañero Enrique Gironella y yo (Gironella tenía que ser más tarde el fundador y el secretario general del Movimiento Socialista por los Estados Unidos de Europa). En la misma ambulancia que condujera a León Trotski, mortalmente herido, en agosto de 1940, nos condujeron a nosotros a la Cruz Verde. Y fuimos operados en la misma sala en que lo operaran a él. Este miserable atentado provocó unánime repulsa en México, con repercusiones en los Estados Unidos y en varios países latinoamericanos.

No solo teníamos que luchar contra las campañas de calumnias, verdaderamente elevadas al paroxismo, y contra los peligros de supresión física, sino contra una casi total penuria de medios económicos. En el periodo de lucha contra las oposiciones, Stalin había hecho aplicar una consigna brutal: "atacar al estómago". Sus agentes en México trataban de aplicarnos la misma consigna. México era, sin lugar a dudas, un país libre; sin embargo nuestros enemigos gozaban de poderosísimos medios de presión y de corrupción. El Kremlin había enviado como embajador en México a un hombre relativamente joven, inteligente, dinámico, elegante y no exento de seducción: Constantino Oumansky, que tenía que morir en 1943 en un misterioso accidente de aviación en México mismo. Éste había asumido anteriormente la direcci6n de la Agencia Tass y gozaba de la confianza de Beria, Manuilsky y Vichinsky. Pertenecía a la más pura escuela estaliniana. Le acompañaba un personal numerosísimo y bien preparado. Mientras Oumansky organizaba costosas recepciones, hacía vida de sociedad y conquistaba el favor público, sus colaboradores, agentes de la GPU muchos de ellos, introducían sus hombres en la Administración y en los periódicos y preparaban sus maniobras en la sombra. Muchos de los artículos que aparecían en los periódicos independientes, con firmas mexicanas y españolas o sin firmar, salían directamente de la Embajada soviética. A nosotros, por el contrario, se nos fueron cerrando una tras otra todas las tribunas.

Vale la pena apuntar aquí una experiencia concreta y por demás elocuente. Dirigía yo la sección de política internacional de una revista semanal indudablemente independiente. Víctor Serge publicaba en ella importantes artículos. El director era un excelente amigo nuestro. Cierto día le llamó el Secretario de Gobernación y futuro Presidente de la República, Miguel Alemán, y le dijo: "Los embajadores de la URSS y de Inglaterra realizan constantes presiones sobre nuestro gobierno para que se les cierren todas las tribunas a Serge y a Gorkin. Se les tacha de enemigos de la causa aliada y de agentes ocultos de Hitler. Sabemos que esto no es cierto, pero, ¿cómo resistir a tales presiones? Parece que Moscú ha dirigido una reclamación a Londres y a Washington en este sentido y que Washington se ha negado a intervenir. Somos un gobierno independiente, pero no queremos crearnos dificultades". No obstante esta insólita gestión, el director de la revista siguió publicando nuestros artículos. Pero la revista arrastraba una vida difícil. Cierto día ocupó la gerencia un ex diputado y aportó importantes medios financieros. No tardamos en descubrir que procedían de la Embajada soviética. Serge y yo tuvimos que abandonar la última tribuna que nos quedaba; no tardó el propio director en perder su cargo. En un país libre unos escritores libres encontraban cerradas todas las tribunas sedicentemente libres incluso para restablecer la simple verdad frente a las calumnias más groseras y desorbitadas. Esta misma experiencia había tenido yo ocasión de hacerla durante la guerra civil española en la zona republicana.

Víctor Serge se dedica a escribir, a escribir casi sin tregua ni descanso. Sa1e apenas de su modesto departamento y, cuando lo hace, toma toda suerte de precauciones. Recibe muy pocas visitas; cuando suena el timbre de su puerta, antes de abrirla observa por una mirilla al visitante. Se confina en la soledad, se hunde en el trabajo. Escribe sus libros directamente a máquina, a un solo espacio, en papel de copia de la peor calidad; corrige apenas sus textos. Está seguro de sí mismo, de sus ideas y sus conclusiones, de sus recuerdos, incluso de su estilo. En sus Memorias explica por qué decidió hacerse escritor en 1928, a su salida de prisión y de una grave enfermedad. "me sentía lo bastante seguro de mi mismo para escribir". En México ese acuerdo consigo mismo es mayor que nunca; no le importa la soledad y la incomprensión momentáneas. En este documento autobiográfico dice también: "es preciso dar testimonio de este tiempo; el testigo pasa, pero el testimonio queda, y la vida continua". Es su suprema justificación de escritor, de un escritor que preferiría ser ante todo un hombre de acción en cumplimiento de "un deber dictado por la propia historia".

Yo creo que lo más maduro y denso de su obra es lo que escribió en México. Sin embargo lanza en sus Carnets este lamento: "Es terriblemente difícil crear en el vacío; sin el menor apoyo, sin el menor entorno...Escribir para el simple cajón, pasados los cincuenta años, con un futuro oscuro por delante y sin excluir la hipótesis de que las tiranías durarán más de lo que me queda de vida...". Sus cajones van llenándose de manuscritos, pero por el momento el mundo editorial está cerrado para sus libros. El mercado mexicano es todavía pobre; los refugiados españoles han contribuido grandemente a desarrollarlo y, gracias sobre todo a su impulso, se celebra cada año una imponente "Feria del Libro", pero no tendría Serge más de unas docenas de lectores. Los Estados Unidos, fácilmente confiados y de un ingenuo y elemental pragmatismo, están en plena luna de miel con la URSS del uncle Joe; el lúcido y probo educador John Dewey ha tenido que escribir un artículo diciéndoles a sus compatriotas, y en primer lugar a Roosevelt: "Francia fue la aliada de la Rusia zarista durante la primera guerra mundial, pero esto no la obligaba a proclamar que el zarismo era un régimen democrático; la invasión hitleriana ha convertido a la URSS de Stalin en la aliada de los Estados Unidos, pero esto no nos obliga a ocultar que el estalinismo es un régimen totalitario". Fue una prédica en el desierto. Los libros de Serge no encontraron editor en Norteamérica. El Stalin de Trotski, editado cuando Hitler invadió a la URSS, tenía que permanecer oculto en los sótanos del editor hasta un año después de terminada la guerra. Sobre la base de la documentación oficial, yo había escrito el libro sobre el asesinato de Trotski; un amigo norteamericano, que sabía a qué atenerse, vino a decirme: "En estos momentos no encontrará usted un editor en mi país". En la más joven y pujante democracia del mundo estaba prohibido decir ciertas verdades. ¿Cómo sorprendernos de los groseros errores que iban a cometerse y de las dramáticas consecuencias que estos errores iban a tener para el mundo?

Serge llegó a preguntarse si su nombre no sería un obstáculo para la publicación de sus libros. ¿No debería ocultarse tras un seudónimo anodino? Naturalmente, el obstáculo no lo constituía su nombre, sino el clarividente contenido de sus propios libros, su testimonio por demás molesto en las circunstancias por las que atravesaba el mundo, sus anticipaciones respecto del porvenir. Sólo uno de sus libros encontró editor en el Canadá: Les derniers temps, la novela sobre la caída de Francia y sobre los comienzos de la resistencia. Se trata, a mi juicio, de una excelente novela, la primera en su género; pasó casi desapercibida y son contadísimas las personas que la han leído en Francia. Escribió después sus Memorias. Leí casi de un tirón el manuscrito y le dije con la sinceridad del viejo y fraternal amigo: "Un magnífico documento, uno de los documentos de este medio siglo. Pero demasiado condensado y lacónico, en lenguaje casi telegráfico. Tan ricos y variados materiales exigen -y merecen- todo un ciclo. Sonrió escépticamente, casi con amargura. "¿Para qué? -me replicó-. ¿Quién lo editaría? Además, tengo prisa. Hay otros libros que esperan". Tenía prisa... ¿Presentía la muerte no muy lejana? La atmósfera que nos rodeaba era de muerte; con frecuencia nos preguntaban algunos conocidos en medio de la calle, creyendo hacernos gracia: "¿Pero aun no los han matado a ustedes? ¡Pues vayan con cuidado!". Diríase que les robábamos una pequeña emoción.

El caso Tulaev es, para mí, la mejor novela que se ha escrito sobre las purgas estalinianas y sobre los procesos. Y la obra más fuerte y más acabada de Serge. El Cero y el Infinito, de Arthur Koestler, es quizá, técnica y psicológicamente más sugestiva y de más fácil lectura; El caso Tulaev es más fuerte y más real o realista. Koestler ha imaginado su trama y sus personajes; Serge ha vivido la primera y ha conocido a los segundos. Se trata de personajes de carne y hueso, como lo eran los de su novela Medianoche en el siglo cuyo terrible realismo nos negábamos a comprender cuando apareció. Cuando leí el manuscrito de El caso Tulaev le dije: "Ahora debes hacer la novela de la NKVD actuando fuera de la URSS. El asesinato de Nin y nuestro proceso, el asesinato de Reiss, el de Krivitsky... ¿Quizás el asesinato de Trotski? Que nadie crea que la NKVD solo actúa en el imperio estaliniano". Me dijo que le seducía la idea, pero cuando terminara otro trabajo emprendido. La muerte tenía que impedirle realizar esa idea.

El otro trabajo era Los años sin perdón, la última novela que escribió, todavía inédita [en 1957, al escribir Gorkin su texto]. La obra se divide en cuatro partes, al parecer sin ilación entre sí: la primera se desarrolla en París, antes de la guerra, si bien ésta se anuncia ya; en la segunda asistimos a la defensa de Leningrado bajo el acoso nazi; describe la tercera el hundimiento del hitlerismo a través de una ciudad de provincias; la cuarta, la más floja, transcurre en México. En esta última parte muere un personaje acosado por la NKVD. En Les derniers temps muere también un personaje en un barco y a manos de los agentes secretos soviéticos. Esos dramáticos personajes ¿no son él mismo, con el presentimiento o la obsesión de su destino? Sin duda alguna. Encerrado en su casa o andando por la calle, despierto o en sueños, le acompañaba durante los últimos años ese presentimiento de una muerte violenta. Físicamente parecía un hombre sano, fuerte, só1ido; sin embargo, sus cabellos se blanqueaban y andaba cada día un poco más encorvado. Se diría que llevaba la muerte a cuestas: la de millares de compañeros y la suya propia. Los totalitarismos terroristas no matan tan solo violentamente y bajo sus dominios; matan también de lejos y lentamente, creando, en el ánimo del adversario la obsesión de la muerte. Y peor que la muerte misma suele ser el miedo de cada minuto a la muerte.

Víctor Serge trabajaba sin descanso no só1o porque tenía prisa, temeroso de dejar su obra inacabada, sino porque gracias al trabajo neutralizaba en parte 1a idea de la muerte. Siempre evité con él este tema; procuraba, por el contrario, insuflarle optimismo, provocar su risa. No eran éstas sino breves treguas en su pesadumbre. En sus Carnets, que no destinaba a la publicación -pero que merecían publicarse y que se han publicado-, reflejaba íntimamente sus preocupaciones y sus angustias. En una de sus notas dice: "Lo más trágico de la muerte, lo más inaceptable para la inteligencia es la completa desaparición de una grandeza espiritual hecha de experiencia, de elaboración intelectual, de conocimiento y de comprensión, en gran parte intransferibles".

Serge no se limitaba a sus libros; leía sin descanso todo lo que de algún interés -y en media docena de idiomas- caía en sus manos: libros, revistas, boletines, periódicos... Seguía al día la marcha de los acontecimientos y las corrientes del pensamiento vivo; enriquecía así sus conocimientos y su comprensión y establecía las perspectivas universales. Parecía informado de todo. Mantenía al mismo tiempo una nutrida correspondencia; no escribía nunca cartas inútiles o simplemente corteses, sino que cada una de ellas reflejaba profundas reflexiones y tenía un contenido. Despreciaba las fórmulas hechas, los lugares comunes, la "esclerosis de las doctrinas". Se barruntaba el final de la guerra, sobre todo en Europa; los socialistas europeos refugiados en México -la parte más independiente- habíamos fundado la Comisión Socialista Internacional y la revista mensual Mundo, bajo el lema de Socialismo y Libertad. Celebrábamos frecuentes reuniones y debates. El animador de la revista era mi compañero Gironella y el secretario de la Comisión Internacional yo mismo, pero el pensamiento vivo -la inspiración creadora- venía principalmente de Serge. Para éste, los términos de derecha y de izquierda habían perdido toda significación real; en el porvenir no habría lugar para los grupos y las capillas, sino para las grandes formaciones democráticas capaces de comprender y de obrar de cara a las nuevas necesidades y los nuevos problemas. A los doctrinarios anquilosados o infantiles que anunciaban la inevitable revolución europea al final de la guerra, les replicaba: "Se abre un periodo por demás oscuro para Europa y para el mundo. Los mejores cuadros han sido destruidos por las derrotas pasadas y por la guerra; pasará tiempo antes de que se formen los nuevos cuadros. Los viejos programas y las viejas rutinas socialistas han quedado superados y necesitan renovarse. El estalinismo, victorioso gracias a la ayuda incondicional y a las concesiones de las democracias, será más peligroso que nunca. si queremos salvar a Europa, tendremos que empezar agrupando a todas las fuerzas libres y democráticas para aplicar el arte de no perecer". Su lenguaje realista encontraba escaso eco; casi estaba solo.

Ya en octubre de 1944 habla de la "guerra permanente": preveía un largo periodo de guerras ininterrumpidas, de conflictos al parecer locales pero de importancia universal. "En el fondo será una compleja guerra civil universal". Anota en sus Carnets: "Se aproxima el fin de la guerra contra el nazismo, pero se ve perfilarse claramente el conflicto entre la economía soviética y los otros sistemas. No hay ninguna solución visible para los asuntos de Asia. Creer en victorias totales sería pueril". Prevé una situación por demás confusa para la Europa de la postgerra: "Estoy inclinado a pensar que la suerte de Europa sólo podrá decidirse cuando el totalitarismo estaliniano haya sido debilitado o destruido por los nuevos conflictos que él genera necesariamente...La victoriosa imposición de su hegemonía a la mayor parte de Europa y de Asia anunciaría una tercera guerra mundial". Tengo que proclamarlo honestamente: los acontecimientos han demostrado que Serge tenía razón sobre todos nosotros. Hace unos tres años, el líder socialista español Indalecio Prieto me decía con acento de admiración "¡Qué hombre tan extraordinario! Todo lo que me anunció que sucedería ha sucedido. ¡Que un hombre así haya muerto tan oscuramente!".

Oscuramente, con los cajones llenos de manuscritos y de notas, con una asombrosa lucidez mental en torno a la defensa del hombre y de su libertad... El antiguo anarquista había logrado salvar el espíritu humanista -y liberal o libertario- del socialismo no obstante su paso por el bolchevismo autoritario y dictatorial. Nunca fue un verdadero bolchevique; la línea directriz de sus Memorias y, sobre todo, su capitulo de conclusiones lo prueban. Serge tenía que desaparecer cuando más íbamos a necesitarlo.

El año 1947 lo dedicamos casi íntegro a preparar nuestro retorno a Francia. El mío debía preceder al suyo en unos meses. Acariciábamos grandes proyectos en torno a los problemas de la unificación europea y de la defensa de la libertad cultural y humana. Y en torno a la necesidad de revigorizar y de renovar el socialismo. "La única posibilidad de vida y de victoria está en la intransigencia frontal ante el totalitarismo estaliniano, por el mantenimiento de una doctrina de democracia y de humanismo (excluyendo el pensamiento dirigido); frontal ante el conservadurismo capitalista, en el combate por el restablecimiento de las libertades democráticas tradicionales reconvertidas en revolucionarias".

Pero le veía fatigado, envejecido. A los 56 años. Cierto día su médico, un compañero que lo estimaba de veras, me anunció sencillamente: "Está condenado". Y al leer la sorpresa en mis ojos: "El corazón". ¿Lo sabía él? Lo sospechaba, lo intuía. Había sufrido mucho, había fatigado terriblemente su corazón: en las cárceles francesas en su época de anarquista, en España con los sindicalistas, en la URSS con las necesidades del periodo heroico y luego de la resistencia oposicionista...Y al final México, esa magnífica y terrible capital mexicana, a cerca de dos mil cuatrocientos metros de altura, de clima único, siempre límpido y suave...La tercera parte de los refugiados españoles han muerto cardiacos. México no era el lugar apropiado para el coraz6n de Víctor Serge.

Hacia las diez de la noche me separé de él en una calle céntrica. Me dio un vigoroso apretón de manos. Fue a ver a su hijo Vlady y no lo encontró (Vlady: excelente dibujante y pintor, cuya admiración por su padre crece con el tiempo). Se sintió desfallecer en medio de la calle; requirió un taxi, tomó asiento en el interior y no pudo ni tan solo dar una dirección: quedó muerto en el acto. El chofer llevó el cadáver del desconocido a un puesto de policía. Allí lo encontramos pasada la medianoche. En una estancia desnuda y miserable, de muros grises, estaba tendido, la espalda sobre una vieja mesa de operaciones mostrando las suelas agujeradas, una de ellas completamente gastada, una camisa de obrero...Una tira de tela cerraba su boca, esa boca a la que todas las tiranías del siglo no habían podido callar. Podría haber parecido un vagabundo recogido por caridad. ¿Acaso no había sido un eterno vagabundo de la vida y de un ideal? Su rostro aún tenía impresa una ironía amarga, una expresión de protesta, la última protesta de Víctor Serge, de un hombre que, durante toda su vida, había protestado contra las injusticias humanas

Guardo un recuerdo particularmente penoso; si lo apunto aquí es como demostración de la inmensa pobreza en medio de la cual murió Víctor Serge. Ante el cadáver, un amigo suyo manifestó el deseo de comunicarme algo importante. ¿Qué revelación quería hacerme? Lo llevé hacia el patio de la comisaría. "¿Quién me devolverá ciento cincuenta pesos que le presté a Víctor hace una semana?". Estuve tentado de abofetearle.

Trasladamos el cadáver al salón principal de una empresa de pompas fúnebres. Le elegimos un ataúd de cierto precio. Lo rodeamos de flores, Víctor Serge se lo merecía. Entre todos sus íntimos juntos no teníamos con qué enterrarlo. Pero Víctor Serge se lo merecía. Pedí prestados mil quinientos pesos: una fortuna. Al llenar la hoja para la inhumación y llegar a la nacionalidad le puse "apátrida". Lo que era. El director de la empresa funeraria empezó a gritar que no se le podía enterrar si no tenía una nacionalidad. ¿Cómo iba a enterrar él a un sin patria? Llamé a Vlady. "¿Qué nacionalidad hubiera elegido tu padre de poder elegir?". "La española", me dijo sin vacilar. El escritor ruso-belga-francés Víctor Serge está enterrado en México en el Panteón Francés con la nacionalidad española.

París, marzo de 1957
 
 
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