Josu Gómez Barrutia
El nuevo paradigma mundial
Josu Gómez Barrutia es Teniente de Alcalde Ayuntamiento de Tocina
(Sevilla) y secretario general de las Juventudes Socialistas de Tocina-Los
Rosales. Iniciativa Socialista,
verano 2006
Ya está. Ha llegado el fin de la historia. O eso dicen los agoreros
del mundo moderno. A partir de ahora ya no existen diferencias entre la izquierda
y la derecha. Todo es igual, lo único que importa son los gestores.
Es el fin de la política entendida en su sentido más puro,
como solución de los problemas colectivos.
Sin embargo, siento defraudar a los que defienden estas cuestiones. Me niego
a que sea el fin de la historia, o que, al menos, la historia tenga que terminar
de este modo. Me niego a ello. Hoy, en este mundo global, las ideologías
son más necesarias que antes. Porque la globalización, teniendo
efectos positivos -todo en la vida lo tiene- también los tiene muy
negativos. Y uno, sin duda, fundamental, es que con la globalización
exclusiva del capital, de la economía, las diferencias sociales no
sólo no se han reducido, sino que se han triplicado. Así pues,
cuando aumentan las desigualdades es cuando más necesario se hace
la existencia de políticas de izquierda, de reducción de tales
desigualdades para alcanzar realmente la Libertad.
Es curioso. Se habla de libertad de mercado. Yo creo que no puede haber nada
más opuesto. ¿Cómo puede existir libertad cuando en
ese mercado el que tiene 100 tiene derecho a ciertas cosas y el que tiene
1000 a otra cantidad o calidad distinta? No existe pues, libertad en el mercado.
Porque ser libre, realmente, en su sentido más puro, es tener posibilidad
de elegir, de optar por lo que uno quiera. Entonces, ¿cómo
una persona que sólo tiene 100 va a poder adquirir unos zapatos que
le valen 1000? Es imposible. Se verá obligada a adquirir otros de
peor calidad. Por tanto, ya no es libre para elegir. Y es que, sin duda,
la libertad más auténtica, la real, sólo se consigue
alcanzando una igualdad de oportunidades.
Por tanto, los socialistas, sintiéndolo mucho por quiénes deseaban
el fin de las ideologías, tenemos un papel fundamental que jugar en
el futuro. Ante esta globalización del capital que genera nuevas desigualdades
debemos los socialistas intervenir, con fuerza, para asegurar la Libertad.
Porque el principal objetivo de los socialistas debe ser alcanzar la Libertad.
Que nadie se extrañe. La Libertad siempre ha sido el objetivo de los
socialistas. Esa Libertad que sólo existirá, algún día,
cuando todas las personas tengan la misma igualdad de oportunidades. Por
tanto, frente a aquellos que claman por el neoliberalismo como la fórmula
política del futuro, los socialistas somos quiénes tenemos
que afrontar la construcción cierta de ese futuro. Un futuro para
todos y de todos, y no, como algunos quieren, única y exclusivamente
para los grandes centros comerciales. Así pues, las ideologías
no sólo no han dejado de existir sino que, con las nuevas actitudes
ante el mundo moderno, ante los procesos de falsa globalización, tenemos
un hueco fundamental en el que seguir estableciendo diferencias a la hora
de ejecutar las políticas.
Es necesario que los socialistas juguemos un papel clave en el reto de la
globalización. Mejor dicho, somos los socialistas quiénes tenemos
que dar el primer paso hacia la globalización. Por ello, hemos de
adoptar la defensa de posturas nítidas. Defensa del control de los
flujos de capitales, con instrumentos de control factibles de ejecutar, para
que así no observemos la fuga de grandes multinacionales, con cierre
de empresas en los países occidentales, para abrir, a las pocas horas,
en países del tercer mundo, explotando laboralmente a los habitantes
de estos países. Universalizar desde las instituciones políticas
los componentes mínimos que garanticen la igualdad de los seres humanos
independientemente del lugar o clase de nacimiento. Es necesario establecer,
con rango universal, normas de obligado cumplimiento para todos, como son
los derechos sociales básicos: educación, sanidad, control
laboral (edad mínima para trabajar, jornada laboral máxima,
salario mínimo). Al mismo tiempo hemos de afrontar la construcción
de un modelo político universal imperativo que asegure un mínimo
común a todos los países del Planeta, que asegure unos derechos
básicos a todos. Y la ONU no está, hoy por hoy, jugando el
papel que debiera. Por ello hemos de liderar las transformaciones necesarias
para que esto se cumpla. Que se creen tribunales internacionales para juzgar
un mínimo de crímenes cometidos en todo el planeta. Que se
articulen los medios necesarios de cooperación al desarrollo que contribuya
al progreso de estos países subdesarrollados.
Un conjunto de medidas que sólo la izquierda, los socialistas, podemos
y debemos afrontar. Porque no es tiempo para tragar ruedas de molino. Hemos
de decir NO a una globalización basada en el capital y la explotación.
Y por decir NO, no dejamos de ser más modernos. En todo caso, estaremos
demostrando que sentimos, que somos seres humanos que no se muestran fríos
ante las desgracias de nuestros semejantes. Y que no perdemos la ilusión.
Porque nos negamos a mirar a un mundo con complacencia en el que cada día
mueren miles de seres humanos de hambre. Nos negamos a seguir consistiendo
que más de 300 millones de niños, de edades entre los 4 y los
14 años, trabajan hasta 14 horas diarias para que nuestros zapatos,
nuestra ropa, salgan a mejor precio. Nos negamos a que cada día miles
de niños y niñas del tercer mundo sean violados por occidentales
deseosos de satisfacer su líbido, destrozando de por vida a estos
pobre infelices, muriendo, al cabo de pocos años, de SIDA u otras
enfermedades por la explotación a la que han sido sometidos.
Me niego a creer que no hay otra forma de ver el mundo, de construir nuestro
planeta. Me niego a admitir que la inmensa mayoría de la población
mundial pase hambre, mientras una selecta minoría vive en la opulencia.
O a que cien empresas se repartan, en todo el planeta, el 60% de los beneficios
económicos del mercado.
Por tanto, nada de cerrar el libro. La historia aún no ha terminado.
Porque somos nosotros, las personas que sentimos dolor ante el sufrimiento
del semejante, los que nos negamos a terminar de esta manera la historia.
Por tanto, hoy más que nunca, no hay fin de la historia. Ahora, como
siempre, es necesario que sea la izquierda quién la escriba. Quién
escriba la nueva historia.