Luis M. Sáenz

Constitución Europea
Reflexiones tras el referéndum


Iniciativa Socialista, versión Internet, primavera 2005


1. La discusión sobre el contenido de la Constitución europea no está zanjada, pues nada debe obstaculizar la libre -y sana- crítica de las leyes, en proyecto o vigentes. Pero, con más de un 76% de votos favorables en la consulta ciudadana y con más del 90% de la representación parlamentaria en la misma posición, poner en duda la legitimidad democrática de la ratificación es absurdo e irresponsable.
Es cierto que un 57% de abstención es un hecho muy preocupante, ante el que no vale "pasar página". Ahora bien, la lógica de quienes niegan la legitimidad del "sí" argumentando que ha sido avalado por menos de un tercio del censo electoral, se fundamenta en el vacío. Pues si un 32% del censo electoral parece poco a algunos -y es poco-, menos aún es el 7% que, a esa escala, se reduce el 17% de votos contrarios. A todos el mismo rasero: o 76-17, o 32-7, pero en ningún caso 32-68. Nadie posee el voto de quien no vota o lo hace en blanco.

2. La convocatoria del referéndum y la campaña posterior han tenido como efecto positivo el que, por primera vez, la sociedad española se ha visto inmersa en un debate sobre Europa que, hasta ahora, parecía reservado a "políticos profesionales" y a algunos especialistas. Un debate con defectos que han limitado su alcance, pero que nunca había tenido lugar y ha elevado el conocimiento e interés que sobre la Unión Europea hay en nuestra sociedad.
También ha sido un soplo de aire fresco el que, tras largos años de "sordera" gubernamental ante las aspiraciones de la sociedad, el Gobierno español haya solicitado la opinión de ciudadanas y ciudadanos ante una gran opción de política internacional.

3. La participación ha sido baja, aunque no desastrosa. Sólo ha estado un par de puntos por debajo de la registrada en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, pese a la existencia de factores que favorecían la abstención: lo "cantado" que el resultado parecía ser; la complejidad del texto constitucional a votar; la virulencia verbal del enfrentamiento entre las izquierdas; la ambigua postura oficial del Partido Popular, cuyo líder máximo, durante la misma jornada de votación, emitía el mensaje de que si la participación era baja "pediría responsabilidades" al Gobierno socialista; el llamamiento con sesgo "abstencionista" de la Conferencia Episcopal, influyente sobre los sectores más reaccionarios del electorado derechista...
Sin embargo, la autosatisfacción ante los resultados sería un gravísimo error, pues hay indicios inquietantes.

4. Varias encuestas han venido a confirmar la impresión que saqué el 20 de febrero tras estar toda la jornada en un colegio electoral: votaron muy pocos jóvenes. A menor edad, menor participación.
Entiendo y comparto el desagrado que a muchos de ellos les causa el funcionamiento de los partidos políticos, y entiendo, sin compartirlo, que eso pueda conducirles en muchos casos a no votar. Pero esta vez no se votaba por un partido, sino sobre el rumbo de un proceso de dimensión histórica, la construcción europea, que implica la creación consciente de una incipiente nueva ciudadanía y de una comunidad política "no-patriótica" desprovista de la ilusión de tener como fundamento una "entidad natural" atemporal y prepolítica. Es algo extraordinario, aunque por ahora se tenga que encajar en moldes institucionales bastante mediocres, similares en gran medida a los de la forma "Estado" y dependientes en muchos aspectos de veinticinco estados tradicionales con varios gobiernos detestables, aunque todos ellos electos.
Parece paradójico que la juventud, mucho más cosmopolita que las generaciones anteriores, se haya mostrado menos interesada en la consulta sobre el Tratado Constitucional. Pero este tipo de paradojas deben dar lugar a la reflexión, no al asombro.

5. No soy, con mis 55 años a cuestas, la persona más adecuada para especular sobre qué piensan los jóvenes. Pero creo que puedo -y debo- preguntarme qué actuaciones y políticas pueden haber contribuido a esta anomalía.
a) Desde que el sistema político español se homologó a las democracias parlamentarias europeas y se consolidó el ingreso de España en la Comunidad, Europa no ha estado presente en la cara pública de la vida política española, o, al menos, sólo lo ha estado de manera mezquina.
b) La campaña para el referéndum ha contribuido a aumentar el interés y el conocimiento social en torno a la Unión Europea, pero en mucho menor medida de lo que habría sido posible y añadiendo buenas dosis de confusión. En definitiva, ha sido una campaña mejor que "la nada" anterior, pero... muy mala.
c) El "intergubernalismo" que ha dominado la construcción europea hasta ahora, la desidia de los anteriores gobiernos españoles y la mediocridad de la campaña (del "sí" y del "no") han favorecido que el Tratado Constitucional fuese visto como algo que venía de fuera, "desde arriba", de la mano de unos gobernantes y unos modos políticos en los que la juventud no se reconoce.

6a. Hasta la convocatoria de la consulta, habían sido muy escasos los esfuerzos dirigidos a vincular a la sociedad en los pasos que se iban dando en la construcción europea. Sin abordar opciones de fondo, los gobiernos y las oposiciones de turno se tiraban los trastos a la cabeza con pretexto de los méritos o deméritos respectivos a la hora de "aprovechar" los fondos europeos... La sociedad civil también estaba rezagada. El movimiento asociativo ha vivido, en líneas generales, a espaldas de la construcción europea. Algunas asociaciones han estado al tanto de las convocatorias y subvenciones relacionadas con su ámbito de actuación, pero sólo un puñado de ellas han hecho de la implicación social en la construcción europea una de sus estrategias prioritarias.

6b. Las campañas de la izquierda sobre la Constitución Europea han sido, dicho de la forma más breve posible, malas.
La campaña por el Sí ha sido superficial. Da la impresión de que el Gobierno y el PSOE valoraron que el referéndum "estaba chupado" y que bastaba con facilitar a las ciudadanas y los ciudadanos el acceso al texto constitucional y luego propagar unas cuantas generalidades sobre Europa para cubrir el expediente.
"Se trata de Europa", obviedad que eludía la forma específica en que se trataba de ella: un referéndum sobre un Tratado constitucional concreto. "Tenemos que estar agradecidos a Europa", lo que es cierto pero nada dice sobre el contenido de la reforma propuesta. En el tramo final, cuando las cosas empezaron a verse con menos optimismo, se lanzaron mensajes disparatados y contraproducentes: "quizá sea la única oportunidad en la vida de votar una Constitución Europea". Es deseable y previsible que ese mensaje sea desmentido de aquí a no muchos años. Pero además resultaba absolutamente estúpido, cuando uno de los argumentos más utilizados por quienes defendían el rechazo era precisamente que esta Constitución no podría volver a ser reformada si era ratificada. Dotar a la Unión Europea de esta Constitución será un paso adelante y nos dotará de nuevas palancas de acción transformadora, pero creer que alguien puede sentirse animado por la idea de que ese será el marco institucional de la UE para todo lo que queda de vida es una ilusión reaccionaria y conservadora. Si a mí, que con suerte quizá disponga de unos 25 años más de vida, me irrita semejante perspectiva, ¿qué pensará un joven de 20 años?
¿Cómo puede ser que este Gobierno, bastante sensible a la opinión ciudadana, pudiese desconectar de tal manera de la realidad y desconocer los términos en que estaba planteado el debate en la calle? Tengo la sensación de que la estructura organizativa del PSOE en cuanto tal, en vez de servir como "oído" del Gobierno para entender lo que ocurre en la sociedad, funciona más bien como tabique insonorizado que aísla de ella (y lo mismo pasa en los demás partidos de izquierda). Tras haber participado en varios debates sobre la Constitución Europea, estoy convencido de la eficacia de las reuniones con grupos de veinte, treinta o cuarenta personas, con tiempo para un debate reposado, contrastando argumentos. Pues bien, he detectado que, al menos en Madrid, conseguir "un ponente" para defender el "Sí" en un debate fue una tarea muy complicada, lo que es expresión de cierta "dejadez" orgánica y de la ausencia de de un verdadero activismo social por el "Sí". Bueno, sí ha habido ese activismo, pero muy minoritario.
En cuanto a las campañas del "No", hay que aplaudir su activismo. En ese sentido, pese a que no comparta la postura, su presencia ha sido un factor de dinamismo. Lamentablemente, los contenidos de las campañas de rechazo han sido, en mi opinión, también muy malos y han contribuido a incrementar la confusión sin diseñar una alternativa coherente. Se han atribuido a la Constitución cosas que no decía (irreformabilidad, "guerra preventiva", obligación de incrementar gastos militares...), se han cargado las tintas dando por válidas y definitivas -sin pensar en el futuro- las interpretaciones más reaccionarias y forzadas que de ella puedan hacerse en algunos aspectos (p.e., la pretensión de que la Constitución acepta la pena de muerte o prohíbe la aplicación de tasas fiscales sobre el movimiento especulativo de capitales), se han ignorado o devaluado los progresos incontestables que la Constitución introducirá respecto al vigente Tratado de Niza, se ha culpado a una Constitución que no está en vigor de políticas y directivas que la derecha europea y diversos gobiernos están intentando hacer aprobar ahora mismo con el rechazo frontal de una Confederación Europea de Sindicatos que apoya la ratificación de la Constitución Europea, etc.
El resultado de todo esto es que la necesaria sencillez ha sido sustituida por la simplez de los "se trata de Europa" o "la Constitución del capital y de la guerra". Ha brillado por su ausencia la discusión creativa que podía haber tenido lugar entre la izquierda y que habría permitido encontrar, sin anular las diferencias, puntos de encuentro para impulsar la Europa política y social. Una discusión que, sin embargo, podría haber implicado una evaluación en parte común sobre los progresos que la Constitución representa y sobre aquellas cosas, heredadas del Tratado de Niza, que merecen una opinión negativa. De esa forma, se podría haber abordado una discusión realmente política y no meramente jurídica sobre las perspectivas de avance inmediato o a medio plazo que abrirían la ratificación o el rechazo de la Constitución, que es donde, en definitiva, residía la principal diferencia en el seno de las izquierdas democráticas y europeístas.
Sin duda, ha habido otros enfoques, más abiertos al diálogo y que no trataban de encajarlo todo en una estrecha lógica binaria (sí/no, bueno/malo...), reconociendo desde el "no" los avances de la Constitución o señalando desde el "sí" los importantes defectos de ésta. Por ejemplo, campañas como las de No Nos Resignamos ("Sí") o ATTAC ("no"), o escritos e intervenciones como los de Carlos Carnero ("sí") o José Vidal-Beneyto ("no"), han marcado otro tono.
Por último, querría indicar que sería de gran interés analizar en algún momento la actuación de la derecha española y, en particular, cómo se expresó en la campaña sobre el Tratado un fenómeno emergente: la confluencia entre la extrema derecha "de toda la vida", el integrismo católico y la "derecha extrema" ligada o cercana a un sector del Partido Popular.

6c. Creo que la mayor parte de los jóvenes que se han abstenido, más que expresar así una postura de indiferencia ante el contenido del Tratado Constitucional, reflejaban su distanciamiento respecto a cierta forma de hacer política y una profunda desconfianza o abierto repudio a algunos de los personajes que hoy están al frente de varios de los Estados que integran la Unión Europea.
La Constitución Europea será un avance, si se ratifica, pero no es para tirar cohetes. De hecho, no podía serlo, porque la Constitución no es un libro de ciencia ficción sobre el mundo que cada cual desearía sino unas normas para esta Europa, compleja y contradictoria, con una mayoría de gobiernos sesgados hacia la derecha. Tengo la impresión de que la abstención de tantos y tantos jóvenes ha sido, más que otra cosa, una expresión de rechazo al "tinglado de la vieja farsa", a los privilegios del poder y al poder de los privilegiados, a la congelación de la democracia... Creo que no era esa la forma adecuada de hacerlo, pero son muchos los casos en los cuáles los cambios necesarios se abren también paso a través de "tácticas" equivocadas. Acusar de "pasota" a esa gran franja juvenil que decidió no votar sería estéril. Nuestro deber, el de quienes, queramos o no, para bien o para mal, hemos dejado el mundo en el estado en que se encuentra, es tratar de descubrir y comprender la verdad y la inmensa potencia de cambio que reside en la nueva rebelión ética e intelectual, sean cual sea el voto emitido (o no) por sus protagonistas.

7. Y ahora, ¿qué? Lo más importante es que no aceptemos que la Unión Europea vuelva a ser asunto de especialistas. Con el referéndum, la construcción europea llegó a la calle, de forma insuficiente, pero llegó. Ya no debe abandonarla. Eso implica obligaciones para el gobierno, para los partidos, para las instituciones, para las asociaciones, para las publicaciones, para todas y todos. Tomemos la Unión Europea en serio.
Además, ahora, cuando ha pasado el fragor de la competencia por el voto, debemos volver a retomar el diálogo. Es imprescindible localizar estrategias comunes, puntos de encuentro, que permitan una acción política y social eficaz, pase lo que pase con la Constitución Europea. Eso es posible, entre la izquierda democrática y europeísta, como está siendo posible forjar una amplia de unidad de acción contra la actual redacción del proyecto de directiva sobre liberalización de servicios.

8. Se aproxima el referéndum en Francia. La incertidumbre es total. Los últimos sondeos dan mayoría al "no". Del lado del "sí", la derecha agrupada en torno a Chirac, la mayoría del Partido Socialista -que se pronunció a través de un democrático referéndum interno-, Los Verdes... Del lado del "no", una parte de la derecha "nacionalista" (Pasqua), la extrema derecha (Le Pen), una minoría significativa del Partido Socialista (que agrupa a sectores de su ala izquierda y de su ala derecha), el Partido Comunista... Los sindicatos, divididos.
A favor del "no" juega la creciente furia contra el gobierno Raffarin. En esas condiciones, resulta tentador utilizar el referéndum como vía para darle un revolcón. Desde luego, creo que es una tentación extremadamente peligrosa. Un "no" de Francia pondría la Constitución Europea en una situación extremadamente difícil. No creo que eso sea bueno ni favorezca la lucha en pro de más democracia para Europa. En este caso -y para este caso- mi solidaridad es con quienes desde la izquierda promueven el "sí", pese a mi alta valoración de la capacidad y de la aportación de algunos de quienes promueven allí el rechazo del Tratado.
En todo caso, las francesas y los franceses tomarán la decisión que quieran. Sea cual sea, habrá que seguir trabajando para que la Unión Europea progrese en su unidad política, ampliando los derechos de ciudadanas y ciudadanos y progresando en democracia y solidaridad. Y no es fácil, porque la UE expresa una muy especial variante de "desarrollo desigual y combinado". Lo radicalmente nuevo surge en estrecha y conflictiva combinación con "lo que hay". Una identidad abierta y cosmopolita se construye en convivencia e interrelación con materiales en claro proceso de deterioro pero que están muy lejos aún de ser "ruinas" (los Estados) y con una crisis de las formas de representación de una sociedad en la que, afortunadamente, crece el número de individuos que sienten que nadie puede representarles "en todo" y "para siempre", y que prefieren hacer a delegar. No es fácil, pues, pero sí apasionante... Un viaje para el que no hay mapas y cuyo destino será creado por la propia travesía.